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Después de graduarse en Medicina en la Universidad Autónoma de Barcelona, y mientras cursaba el MIR en la especialidad de Medicina Interna, Vicente Soriano, “al igual que otros muchos compañeros residentes”, decidió que quería dedicarse a pelear contra las enfermedades que se estaban cebando con toda una generación. Se trataba del SIDA. “Veíamos como gente de nuestra edad moría sin poder hacer nada”, recuerda el que hoy es una de las referencias nacionales en enfermedades infecciosas, sobre todo en hepatitis y VIH.

Tras completar una estancia posdoctoral en la FDA (Bethesda, Estados Unidos), obtuvo una plaza en el Servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Carlos III de Madrid. Ha sido asesor del Plan Nacional de SIDA y de la OMS en VIH/SIDA y en hepatitis víricas. Recientemente, Vicente Soriano ha pasado a ser profesor de la Facultad de Ciencias de la Salud de la UNIR.

Aunque hace tiempo que el SIDA dejó de aparecer en la portada de los periódicos, Soriano recuerda que 38 millones de personas conviven con un virus que ha segado la vida de otros 40 millones en todo el planeta. Ahora, de nuevo sin esperarlo, también un virus ha metido el dedo en el ojo de nuestra vulnerabilidad.

“Es una cura de humildad para todos, también para los médicos. Veníamos de hablar de alcanzar una esperanza de vida de 150 años, de terapias génicas, de medicina personalizada… Al COVID-19 le han bastado tres meses para poner el planeta patas arriba y hacernos caer en la cuenta de lo frágiles que somos”, apunta Vicente Soriano.

Un otoño más tranquilo

Más de tres meses después del estallido de la pandemia, Vicente Soriano reconoce que aún toca que nos codeemos con altas dosis de incertidumbre en cuanto a los movimientos del coronavirus. “El horizonte está marcado cada dos semanas; el ciclo de reproducción del virus”. Sin embargo, sí se atreve a avanzar que en otoño no habrá una segunda ola, al menos no con la violencia de la sufrida en marzo.

“El sistema está sobre aviso. Los médicos infectados están recuperados y dispondrán de los equipos de protección necesarios. Además, se ha incrementado la dotación de camas”. Soriano añade que, además, ciudades como Madrid alcanzan ya el 20 % de infectados entre su población, lo que estrecha la dispersión del virus. “Las medidas de distanciamiento social dan buenos resultados. Seguirá el goteo de casos y algunas actitudes imprudentes pero, por lo general, el comportamiento de la población es el adecuado”.

Ante los numerosos focos surgidos en todo el país a lo largo de los últimos días, Soriano opina que hay que procurar identificar con rastreo a las personas de cada brote y aislarlas dos semanas. “Suele darse un evento en un espacio cerrado en el que todas han coincidido. La mayoría de las nuevas infecciones no son graves, no requieren hospitalización y apenas hay muertes, por lo que el temor a un nuevo confinamiento debe desaparecer”.

El doctor afirma rotundo que “no podemos causar más daño económico con incertidumbres no justificadas. Hay que transmitir un mensaje alto y claro: el COVID-19 ha venido para quedarse, pero con todo lo que hemos aprendido -ciencia y ciudadanía- ya no es grave ni mata”.

El virus no pierde fuerza, pero lo conocemos mejor

Desde el murciélago o el pangolín, el SASR-CoV-2 encontró en el ser humano un nuevo huésped. “Lo lógico es que acabe adaptándose a nosotros, ya que su finalidad es tener progenie y sobrevivir. Si mata al huésped, como el Ébola, es más fácil controlarlo y acabar con él. El problema es que ese proceso de adaptación antes de dejar de hacernos tanto daño puede tardar años”.

En el plano positivo, y aunque este coronavirus tenga una gran capacidad de mutación –es un virus con un genoma de gran tamaño, con el triple de nucleótidos que el VIH o la hepatitis C- incorpora una enzima correctora que hace que, cuando infecta, haya menos virus defectivos, algo que lo convierte en un virus ARN muy estable. “Hoy es igual de agresivo y contagioso que al principio, pero la inmutabilidad es muy buena para que la vacuna sea exitosa, incluso para que sea una vacuna universal desde muy pronto”.

COVID-19: vacunas y antivirales

El experto es optimista con la consecución de una vacuna. Coincide con otros colegas, como Adolfo García-Sastre, al afirmar que la primera en llegar a la meta no será ideal, pero sí bastará para frenar la expansión del virus de modo notable. “Después vendrán 4 ó 5 versiones más perfeccionadas. Aún así, no creo que tengamos nada antes de Navidad”.

Entretanto, en el paso intermedio de aplicar un tratamiento antiviral efectivo, Vicente Soriano atisba menos señales alentadoras. “Los antivirales funcionan bien en infecciones crónicas producidas por virus como los de la hepatitis B y C, o el VIH, restándoles capacidad dañina y el desarrollo de la enfermedad (SIDA para el VIH y cirrosis para las hepatitis). En la hepatitis B, no lo erradicamos pero suprimimos que el virus replique, y el paciente pueda alcanzar morir con 90 años por otras causas. En el caso de la hepatitis C, hemos logrado curar la enfermedad con antivirales”.

El problema con la gripe o el coronavirus es que no provocan infecciones crónicas, sino autolimitadas. “Es decir, duran en torno a 10 días y, aunque suene duro, o sobrevives, o mueres. No hay margen para situaciones intermedias. Por tanto, el papel que puede jugar un antiviral es muy limitado, ya que deben ser suministrados muy al principio de la enfermedad y sus efectos no van más allá de frenar parcialmente el empeoramiento o la duración de los síntomas”, detalla Vicente Soriano.

Para el profesor de la UNIR, el alboroto generado en torno al potencial del Remdesivir frente al COVID-19 hay que leerlo entre líneas. “Con el SARS-CoV-2 no ha quedado más remedio que probar con los antivirales ya existentes mediante una estrategia de drug repurposing. Desarrollar uno específico nos llevaría años (con el VIH fue más de una década). Me temo que el recorrido del Remdesivir es corto. No tiene punch comercial. Su efectividad en pacientes graves exige un suministro intravenoso, así que es imposible su distribución masiva. Lo publicado hasta el momento en cuanto a sus eficacia es muy pobre como para depositar en él muchas esperanzas”.

VIH y las buenas noticias

En su campo de acción más directo, Vicente Soriano explica que la situación de los pacientes VIH+ ha cambiado “radicalmente” en los últimos tiempos. “Por ejemplo, con la prometedora administración de algunos antirretrovirales una vez al mes o incluso solo una vez al año, tal como acaba de publicarse con nanoformulaciones de cabotegravir”. Puede ser revolucionario tanto para tratar infectados como para prevenir la infección, especialmente en comunidades propensas a que el virus campee de forma descontrolada, sobre todo en el África Subsahariana. “Con un test rápido detectamos si están infectados por VIH. Con una inyección de estos antirretrovirales long-activebasta como tratamiento efectivo. Será muy útil entre la población más joven de riesgo para evitar la transmisión por vía sexual”.

De manera adicional, millones de pacientes en todo el mundo, han sobrevivido pero a costa de toxicidad por la polimedicación. Ahora ven como los tratamientos se perfeccionan y centralizan. “Su calidad de vida ha mejorado mucho. De la terapia triple, hemos pasado a la terapia doble”, concluye.

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