«Uno trabajando y los demás mirando». Algo así suele escucharse en el refranero español y, aunque puede considerarse una generalidad o un prejuicio, tristemente, a veces es cierto. Eso pasa en las escuelas de Formación Profesional (FP), donde las prácticas, sin desprestigiar a la teoría, son la base de todo. Alumnos que se convierten en profesionales a base de trabajar antes de trabajar.
El centro EFA Moratalaz, en Manzanares (Ciudad Real) tiene dos ramas: informática y mecánica. Y, como cuenta el profesor de la primera de las áreas, Jesús Santiago Rico, se dieron cuenta de que los estudiantes de la segunda no podían llevar a cabo según qué cosas debido a la falta de materiales. No hablamos de bolígrafos y papel. Hablamos de motores de coches.
«La cuestión es que en una clase de 30 no puedes tener 30 motores de coche para ensamblarlos, es inviable. Y no pueden estar todos mirando al que lo trabaja porque no es lo mismo, en absoluto», explica. Así es como solicitaron entrar en el proyecto europeo VR4INCLUSIVE in VET, en el que participan cinco países: España, Lituania, Chipre, Italia y Portugal. La idea es sencilla: conocer el potencial de las nuevas tecnologías, aplicarlo en enseñanzas técnicas y contar con un aprendizaje más inclusivo. La clave la encontraron en la realidad virtual.
Cada uno a su ritmo
En EFA Moratalaz ya habían participado en proyectos europeos, pero nunca relacionados con la realidad virtual. Ahora, con las gafas, ya no tienen que estar alrededor de uno: todos pueden hacerlo. Y lo que es mejor, como apunta Rico, a su ritmo.
«El montaje del motor lo dividimos en seis pasos. Y, como es normal, cada uno tiene sus tiempos. Unos van más rápidos; otros, más lentos, pero no pasa nada. De este modo, el proceso de aprendizaje está más personalizado». Al fin y al cabo, en una FP buscan preparar a los alumnos para una salida laboral. «Y que sea lo más práctico posible, sin olvidar la teoría —insiste—. Ahora pueden hacer lo que les gusta: toquetear, manipular el motor y todo ello sin ningún riesgo. Había que tener cuidado con que se pudieran hacer daño. Ese miedo ya no existe».
El profesor de Informática asegura que la sensación con los alumnos ha sido bastante buena. «Sólo con ponerse las gafas ya les motivaba», indica. Pero es que, además, este proyecto les ha permitido que los de informática también puedan participar en él. Porque aplicaciones para montar motores, y con seis pasos, no existen. Hasta que ellos entraron en juego.
«Buscamos un socio universitario en Lituania para ayudarnos a crear esas aplicaciones y, quien quisiera, pudiera hacerlo», recuerda. De hecho, el comienzo del proyecto fue que los alumnos de informática asistieran a un curso para realizar esas aplicaciones que luego les servirían a los de mecánica
«Todo queda en casa —finaliza—. Y tanto a una parte como a otra les ha motivado bastante. Digamos que los mecánicos no estaban tan acostumbrados a cosas tan innovadoras. Y con este proyecto ahora pueden entrar en un taller y, con más práctica que antes gracias a la realidad virtual, empezar a montar un motor». En definitiva, mejor preparados para la entrada al mercado laboral.




