Más de 2.000 años atrás, un aclamado líder ateniense llamado Pericles, se erigió como uno de los máximos artífices de conducir a la civilización helénica a ser una de las más florecientes de la historia. En esa época, Atenas no sólo era un bastión militar, sino que se transformó en el corazón del pensamiento filosófico, la democracia participativa y protagonizó las más poderosas expresiones del arte clásico.
Durante su famosa oración funeral o “discurso fúnebre”, Pericles atribuyó su éxito a su poder político, visión educativa e influencia cultural. No sólo se trataba de levantar murallas, sino de invertir en la educación de los ciudadanos. ¿Serían estas las mismas virtudes que emanarían de la figura de un líder actual? ¿Estamos educando líderes que desarrollen civilizaciones o que levanten muros? Creo que ha llegado el momento de hacer un análisis con cierta profundidad sobre ello.
Son muchos y diversos los problemas que ya se dibujan en la sociedad actual y que pondrán a prueba el futuro de nuestra civilización. La creciente crisis climática y el inminente colapso medioambiental, la epidemia de la salud mental, especialmente entre los más jóvenes; el envejecimiento poblacional y la brecha tecnológica, la crisis de confianza generalizada por el actual sistema o los conflictos migratorios y la convivencia multicultural son sólo algunos de los desafíos latentes que deberán abordar las personas llamadas a liderar las generaciones venideras.
Al igual que estos retos son consecuencia de una evolución en la coyuntura económica y sociocultural, las habilidades de los líderes del mañana también requieren de un cambio exponencial. Un conjunto de habilidades críticas, complementadas por lo que denominamos habilidades blandas, pueden suponer una base excelente para poder afrontar esta problemática con las suficientes garantías.
Como punto de partida, la visión estratégica y el pensamiento crítico conforman los pilares de una educación de primer nivel, pero son especialmente importantes desde una perspectiva de liderazgo. Ya no basta con que un buen líder posea una notable oratoria o unas buenas habilidades comunicativas: también debe tener excelentes competencias lingüísticas y digitales. Del mismo modo, su poder de negociación o persuasión debe trascender a un modelo de influencia. Y, por supuesto, el patrón de liderazgo autoritario debe dar paso a uno mucho más participativo, inclusivo y empático.
En este sentido, Suiza ofrece un modelo educativo que ha sabido adaptarse a la complejidad del mundo actual, combinando tradición y modernidad. La apuesta por programas que fomentan la diversidad cultural, la mentalidad internacional y la conexión directa con la práctica profesional convierte al país en un referente en la formación de líderes globales. La estabilidad, la apertura al mundo y la excelencia académica suiza no son casualidad: son el resultado de una visión que entiende la educación como un puente hacia la cooperación y la innovación, no como una fortaleza cerrada.
Hoy más que nunca, debemos prestar especial atención al modo en el que estamos formando a una de las generaciones de estudiantes más prometedora de los últimos tiempos. Y digo prometedora porque, comparando generaciones, creo que a cualquiera le hubiera gustado poder contar con muchas de las capacidades que hoy por hoy ya tienen interiorizadas. Pero, siendo justos, también es cierto que se enfrentan a un arsenal de dificultades sin precedente histórico alguno y que harían temblar los cimientos de cualquier civilización, antigua o moderna.
Hoy, formar a un líder pasa por crear experiencias reales desde el aula, fomentar una mentalidad internacional y construir puentes entre el aprendizaje y el mercado laboral. Es un reto urgente en países como España, que deben ser capaces no solo de formar talento, sino de retenerlo y atraerlo desde fuera. Preparar a estos futuros líderes no es solo tarea de las universidades o las escuelas de negocios: también las empresas, las instituciones públicas y la sociedad deben tener un papel clave.
Del mismo modo que el bueno de Pericles entendió que la fortaleza de la sociedad ateniense no residía en su ejército, sino en la educación de su pueblo, es primordial que sigamos poniendo el foco en la formación multidisciplinar de nuestros futuros líderes. Porque el destino de nuestra sociedad pasa por sus manos… y por la educación global, innovadora y conectada que sepamos brindarles.



