La transformación tecnológica ya no se mide solo en términos de eficiencia. Cultura organizativa, confianza, adaptación o capacidad de cambio se han convertido en variables determinantes para las empresas que aspiran a desenvolverse en un entorno marcado por la incertidumbre y la disrupción.
Sobre estas cuestiones ha girado un nuevo Desayuno de Innovación, organizado por Innovaspain junto a Espacio Futuro, el think tank de Santalucía, celebrado ayer en Impact Hub Alameda (Madrid). En el encuentro han participado Gonzalo Arcones, responsable de Santalucía Espacio Futuro; Íñigo Fuertes, AI Project Manager en Santalucía; y Noelia González, directora de Talento y Cultura en Impact Hub.
La conversación ha abordado la conveniencia de encontrar un nuevo equilibrio entre tecnología, negocio y personas. También la importancia de impulsar una innovación responsable, capaz de mirar más allá de las tendencias pasajeras y desarrollar soluciones útiles y alineadas con las necesidades reales del mercado. “¿Estamos preparadas las personas y las organizaciones para afrontar esta revolución tecnológica?”. Esa es una de las preguntas que, según explicaba Gonzalo Arcones, ocupan buena parte de las reflexiones de Espacio Futuro.
Tensiones entre tecnología y capacidad de adaptación
“La tecnología se puede adquirir, pero la cultura debe evolucionar”, señalaba Arcones. Para ilustrar esta idea, el experto ha recurrido a una reflexión del entomólogo y biólogo estadounidense Edward Osborne Wilson: “Las emociones de los seres humanos son paleolíticas, las instituciones medievales y la tecnología divina”. A su juicio, esta tensión estructural explica buena parte de los desafíos actuales. “Todo avanza a enorme velocidad, pero nuestra capacidad para asumir esos cambios no evoluciona al mismo ritmo”, apuntaba.
También citaba al historiador Yuval Noah Harari para explicar cómo los seres humanos encuentran dificultades para adaptarse a la velocidad que impone la innovación tecnológica. En este contexto, defendía que uno de los grandes retos individuales consiste en aprender y desaprender constantemente sin quedarse fuera de juego. “La resiliencia se ha convertido en una capacidad fundamental”, añadía.
El riesgo de externalizar el pensamiento
Gonzalo Arcones ponía sobre la mesa algunos ejemplos para ilustrar los riesgos asociados a una adopción acrítica de la inteligencia artificial. Recordaba el caso reciente de un magistrado expedientado por utilizar ChatGPT en la redacción de un borrador de sentencia. “Es una paradoja. La persona encargada de interpretar las leyes -por tanto, el regulador- ha externalizado esa tarea en una inteligencia artificial”, reflexionaba.
En un arco temporal más amplio, indicaba que, desde el siglo XIX, las sociedades occidentales han perseguido la maximización de la utilidad y la eficiencia. En un entorno caracterizado por la inmediatez y la incertidumbre, esa tendencia se ha intensificado. Hacer un uso constante de la IA es una tentación a nuestro alcance que gana peso. “Todos buscamos soluciones externas que nos permitan ahorrar tiempo y esfuerzo. El problema es que, en muchas ocasiones, esas decisiones terminan generando brechas de seguridad o comprometen la confianza”, advertía.
IA antropocéntrica
Para organizaciones centenarias como Santalucía, el desafío consiste en incorporar las ventajas de la tecnología sin renunciar a principios fundamentales como la citada confianza o la responsabilidad. Por ello, Gonzalo Arcones defendía un enfoque “claramente antropocéntrico” de la innovación. “Las organizaciones debemos generar espacios de reflexión. No todo puede estar orientado a maximizar la eficiencia. Los empleados necesitan tiempo para analizar críticamente si determinadas decisiones comprometen la seguridad de los datos o la confianza de los clientes”, afirmaba.
En el caso de Santalucía, explicaba, la compañía cuenta con distintos comités de gobierno encargados de supervisar que los proyectos tecnológicos y las iniciativas relacionadas con inteligencia artificial se desarrollen dentro de parámetros éticos definidos. “La velocidad de los cambios tecnológicos dificulta evitar problemas como sesgos algorítmicos, errores o vulnerabilidades de seguridad. Por ello, desde Espacio Futuro pensamos que es importante dotar a los empleados de herramientas seguras y de criterios para utilizarlas adecuadamente. No se trata únicamente de proporcionar tecnología, sino de construir una verdadera moral de la IA”, señalaba.
Arcones explicaba que el objetivo es que cada profesional pueda valorar conscientemente cuándo compartir determinada información con una herramienta de inteligencia artificial y cuándo es preferible recurrir a procedimientos más tradicionales o utilizar únicamente entornos seguros facilitados por la organización.
Más productividad no es sinónimo de más bienestar
En cuanto a la relación entre inteligencia artificial y bienestar laboral, Gonzalo Arcones aseguraba que, aunque circula una idea teñida de cierta utopía, los agentes de IA no harán que necesariamente dispongamos de más tiempo libre. “Sí sabemos que, cuando la IA se utiliza mal, se produce un aumento del burnout y de los niveles de estrés”, afirmaba.
A su juicio, el problema surge cuando las personas intentan asumir ritmos de trabajo similares a los de las máquinas. “La multitarea permanente al ritmo de la IA favorece una auténtica sociedad del agotamiento. Existe un límite a partir del cual la creatividad deja paso al cansancio”.
Educación y deterioro cognitivo
El impacto de la inteligencia artificial sobre la educación es otro asunto prioritario para Espacio Futuro. Arcones hablaba de una “generación sandwich”, caracterizada por nuevas formas de dependencia, no solo físicas sino también cognitivas. Con la vista en lo venidero, aventuraba un escenario en el que las personas más mayores podrían recuperar protagonismo precisamente por su capacidad para combinar conocimiento acumulado -“con toda su pureza”- y apoyo tecnológico razonable y útil. Al mismo tiempo, admitía que la llamada generación alfa se adapta con enorme rapidez a estas herramientas, llegando incluso a desarrollar sus propios agentes de inteligencia artificial en pocos meses.

Desde su faceta más personal, como padre, Gonzalo Arcones exponía la complejidad de encontrar un equilibrio adecuado. “Intento ofrecer a mis hijos espacios libres de tecnología, pero también soy consciente de que estas herramientas les permitirán desarrollar capacidades extraordinarias”, comentaba.
Entre ambos extremos, advertía del riesgo de que determinadas generaciones experimenten un deterioro cognitivo derivado de una excesiva dependencia tecnológica. “Si dejamos de ejercitar determinadas capacidades porque la IA las realiza por nosotros, podríamos encontrarnos con dificultades importantes en el futuro”. Ante esta casuística, reivindicaba la necesidad de reforzar disciplinas como la filosofía y crear espacios de desarrollo cognitivo, al menos durante las primeras etapas educativas.
Lo siguiente
En Espacio Futuro tratan de anticiparse a las tendencias, aunque ese no sea el propósito principal de la iniciativa de Santalucía. “No es frecuente que una empresa permita dedicar recursos y tiempo a reflexionar sobre escenarios futuros sin la presión constante de acertar en cada predicción”, explicaba.
Sin embargo, admitía que la reflexión estratégica debe traducirse en resultados concretos. “No podemos hablar únicamente del sexo de los ángeles. Existe una tensión permanente entre la creatividad y la necesidad de generar valor para el negocio”, apuntaba. La metodología de trabajo de Espacio Futuro consiste precisamente en transformar grandes tendencias y desafíos emergentes en proyectos tangibles que permitieran evaluar riesgos y oportunidades para Santalucía de forma progresiva y bien medida.
Confianza y ventaja competitiva
Durante el primer año de actividad del think tank, una conclusión se repitió de forma recurrente: la confianza será aún más valiosa dentro de quince años que en la actualidad. Según Gonzalo Arcones, las aseguradoras desempeñan históricamente un papel de intermediación frente a la incertidumbre. En un mundo «algorítmico» y automatizado, esa función podría adquirir una nueva dimensión. “Santalucía puede convertirse en un garante de confianza ética y moral”, apuntaba.
El directivo ponía como ejemplo escenarios en los que una recomendación financiera generada por IA requiera validación humana para certificar su conveniencia. En ese contexto, las organizaciones capaces de construir relaciones sólidas con sus clientes dispondrán de una ventaja diferencial difícil de replicar.
El propósito como hoja de ruta
De cara al futuro, Arcones situaba el propósito corporativo como uno de los elementos que marcarán las diferencias entre organizaciones. “Desde hace años hablamos de empresas con propósito, pero cada vez será más importante que esas intenciones sean auténticas y coherentes”, afirmaba. En el caso de Santalucía, defendía una visión “profundamente humanista” de la innovación. “No hay nada más humano que ayudarnos unos a otros”, recordaba en alusión a la ultima campaña de la empresa. “Las compañías que adopten enfoques antropocéntricos”, concluía, “estarán mejor preparadas para desarrollar tecnologías más éticas y alineadas con las necesidades de las personas”.
Pese a su posición a priori privilegiada a la hora de atisbar la próxima oleada de cambios, Arcones ha preferido no aventurarse con lo que nos deparará el siguiente capítulo tecnológico. “No tengo las respuestas. Todo dependerá de las preguntas que cada organización sea capaz de hacerse”. Para tratar de seguir la dirección correcta, reivindicaba la creación de entornos seguros donde pensar. Espacios en los que los equipos directivos puedan detenerse durante unas horas, alejarse de las pantallas y reflexionar al margen de los resultados trimestrales. “Al principio costaba convencerles. Ahora han entrado de lleno en el juego. Y eso nos permite mirar más allá del EBITDA o de los incentivos individuales para construir valor a largo plazo”, finalizaba.



