“Sin la Grecia clásica no existiría la inteligencia artificial; no solo en el sentido espiritual o intelectual…tampoco en lo material”. Doctor en Filosofía, Marcos Alonso es profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid e investigador especializado en filosofía de la tecnología y bioética.
En su último libro, “Platón contra las máquinas” (Alianza Editorial), Alonso invita al lector a recorrer la historia de desconfianza hacia las máquinas y lo artificial, desde la antigua Grecia hasta los actuales debates relacionados con la IA, la biotecnología y el transhumanismo.
El experto participó la semana pasada en Ametic AI Summit 2026, donde señaló que tratar de tender puentes entre la industria y la academia; entre las humanidades y la tecnología, “es más necesario que nunca”. Recordaba que, aunque la civilización griega fue “profundamente tecnológica” –a ellos les debemos el tornillo, la silla o la grúa- también son el epicentro donde nacieron los actuales miedos y prejuicios respecto a la tecnología e incluso, “aunque no lo crean”, hacia la IA.
«Demonizar la tecnología es un error»
En su intervención desmontó distintos equívocos aún vigentes. “Demonizar la tecnología es un error que la filosofía y las humanidades en general comenten con demasiada asiduidad. Esa visión permea en la sociedad desde la universidad y otros ámbitos cultuales. En lugar de demonizarla, debemos entender nuestra constitución tecnológica: los humanos somos seres profundamente tecnológicos y no podemos escapar a esa realidad”.
Para facilitar la compresión de su teoría, Marcos Alonso se ha remontado a los mitos griegos, “que encapsulan muy bien nuestra reacción primaria a la tecnología”. Si Prometeo simboliza que la tecnología viene a salvarnos, Pandora –un ser artificial- advierte de sus peligros y problemas asociados. “Desde esta comprensión e intuiciones, se ha desarrollado una visión bastante sombría y negativa, casi malvada, que entiende la tecnología como algo perverso y corruptor”.
Si Platón es el padre de la tradición occidental, también lo es de la tecnofobia. “Defendía la expulsión de los poetas (los educadores de su tiempo) y rechazaba a los sofistas, artesanos de la palabra. De hecho, Platón criticó de manera frontal la escritura alfabética; la escritura como tecnología. La percibe como un falso saber que produce imitación y que, en último término, nos hace más incapaces. Hoy escuchamos argumentos parecidos sobre la IA”, apuntaba Alonso.
Alonso aseguraba que con Platón quedó fijada la ecuación en la que la tecnología es igual a maldad y corrupción, donde los peligros se enfatizan por encima de los beneficios. “El algo contra lo que debemos luchar y a lo que nos hemos de oponer. Terminator o Matrix, así como otras muchas obras de nuestro tiempo, vuelven una y otra vez a al leitmotiv de la máquina malvada”.
Problemas reales
Como contrapeso, y para adoptar una mirada hacia la tecnología más equilibrada, Marcos Alonso sugiere arrinconar los grandes problemas indefinidos y poner el foco en los verdaderos desafíos que la IA trae de la mano. “Uno es central: el desplazamiento y la reconfiguración del trabajo. Nadie sabe realmente qué va a pasar, pero atisbamos un periodo transacional que puede ser muy problemático. A diferencia de lo ocurrido en la Revolución Industrial, las máquinas no van a sustituir solo la fuerza física. La IA empieza a asumir responsabilidades intelectuales vinculadas al conocimiento”.
Marcos Alonso señalaba que la inteligencia artificial puede perpetuar manipulaciones y sesgos, además de generar dependencias y manipulación, sobre todo si nos fijamos en modelos accesibles como ChatGPT o Gemini. En cuanto a la ética y la explicabilidad de los sistemas de IA –“verdaderas cajas negras”- el filósofo percibe que es difícil asociar responsabilidades. “Si un algoritmo me deniega un seguro médico o la concesión de un crédito, ¿a quién le pido explicaciones?”

Otras implicaciones negativas son los problemas de vigilancia de pérdida masiva de privacidad o las dificultades para el desarrollo del pensamiento crítico. “Hay aspectos que se mencionan muy de pasada, pero que son críticos, como el impacto medioambiental de la IA”. En 2024, los centros de datos consumieron el 2 % de la electricidad generada a nivel mundial, y no dejan de crecer año tras año, al igual que la basura electrónica (62 millones de toneladas en 2022), que llena de vertederos los países subdesarrollados.
La cuestión identitaria
A pesar de todo lo expuesto, el mensaje de Marcos Alonso no llama, ”ni mucho menos”, a abandonar las tecnologías. “Sí creo que debemos hacernos cargo de los problemas importantes de verdad”. Dentro de una óptica más humanista, el despliegue masivo de tecnologías como la IA suponen una suerte de crisis de identidad. “Es inevitable preguntarnos quiénes somos, cuál es el sentido de nuestra vida o para qué servimos los humanos”.
La IA nos ha superado ya en terrenos que creíamos acotados. “Empieza a ser mejor en algunos aspectos de la educación, la justicia o la medicina”. Acarrea beneficios, pero, más allá de la cuestión meramente laboral, Marcos Alonso exponía sus dudas ante la entrada de la IA en la base de las relaciones humanas. “¿Qué pasa cuando la IA nos sustituye como amigos, como compañeros de trabajo o como amantes? Puede parecer ciencia ficción, pero ya sucede”.
Ante estos retos, el experto se mostraba una vez más optimista. “Toda crisis es también una oportunidad. En este caso, la ocasión es inmejorable para repensar y decidir quiénes somos como personas y como sociedad; para mirar al futuro. Pero, y aquí enfatizo: nunca lo vamos a hacer al margen de la tecnología, sino con ella”.



