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Álvaro Pascual-Leone: “Iremos al médico para que nos cure, pero sobre todo para que nos eduque”

Hablamos con el catedrático de Neurología de la Escuela Médica de Harvard durante su participación en la Jornada de Sociedades COSCE, organizada junto a la Fundación Ramón Areces
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Álvaro Pascual-Leone, en la sede de la Fundación Ramón Areces, en Madrid.

La mayor causa de discapacidad a lo largo de la vida son las alteraciones cerebrales, cuyo gasto anual supone más del 10 % de la riqueza del mundo entero. Se trata de uno de los argumentos de peso que utiliza el catedrático de Neurología de la Escuela Médica de Harvard, Álvaro Pascual-Leone, cuando invita a administraciones, ciudadanía y profesionales de la salud a cambiar el foco para remar juntos en una nueva dirección en lo que respecta al abordaje de la salud cerebral.

 “Tratar enfermedades neurológicas y psiquiátricas es necesario, pero no suficiente. La sociedad tiene que promover la adopción ética y regulada de tecnologías que permitan planear y optimizar el cuidado del cerebro a lo largo de la vida”, asegura. Hablamos con el neurólogo valenciano con motivo de su viaje a Madrid para participar en la Jornada de Sociedades COSCE, donde personal científico de distintas áreas apeló a “la transparencia, el rigor científico y a la responsabilidad colectiva” para encarar los desafíos éticos que entraña la IA. El encuentro se ha celebrado con la colaboración de la Fundación Ramón Areces

Ventajas y riesgos

Coautor del best seller, “El cerebro que cura” (Plataforma Actual), Pascual-Leone detalla que hoy contamos con tecnologías capaces caracterizar con enorme precisión el comportamiento y, por tanto, la cognición o las emociones. “Además, podemos ‘leer’ el cerebro, la actividad cerebral; y también modificarla”.  La innovación ya ha llegado a la clínica en el contexto, por ejemplo, del diagnóstico temprano de trastornos cognitivos y para tratar con fármacos el curso de enfermedades como el alzhéimer. 

El neurólogo apunta además que la estimulación cerebral está aprobada por la FDA en Estados Unidos para tratar la depresión o la ansiedad. “Sin embargo solo estamos viendo la punta del iceberg de los que podrían hacer todas estas tecnologías por la salud cerebral. Su uso debería amplificarse con más formación y adopción. No son tecnologías caras, y por tanto, su escalabilidad es factible. De ahí que exista todo un movimiento para llevarlas directamente a los usuarios”. 

Álvaro Pascual-Leone percibe que, fuera del marco médico, utilizar estos avances puede ser peligroso. “Son muchas las cosas que aún desconocemos sobre los efectos globales de estas tecnologías. Se abre un abanico de riesgos que debemos explorar”. 

En este punto entran en juego también cuestiones regulatorias, éticas, y los vicios que arrastra el propio sistema sanitario, al que aún le cuesta avanzar con agilidad en el terreno de la I+D. “Los desafíos están ahí, pero si dejamos que la penetración de estos nuevos avances dependa solo de los médicos, tardaremos varias generaciones en lograrlo. Habría que formar primero a los propios médicos en nuevas tecnologías. La adopción se retrasaría”. 

Un cambio profundo

La solución, a su juicio, nace de una decisión más política que médica. “Los sistemas sanitarios deben cambiar. Por ejemplo, hay que revisar la estructura de la atención primaria para integrar estrategias de prevención en problemas de salud cerebral. La tecnología nos ayuda a detectar problemas antes de que se produzcan. Y es un asunto que urge, porque la gente es cada vez más consciente del riesgo potencial de estas enfermedades y de la necesidad de actuar para prevenirlas. Si el médico no les da las pautas, ‘tirarán’ por su cuenta. El cambio de raíz es fundamental para evitar ese mal uso. No olvidemos que muchas de estas intervenciones con nuevas herramientas suponen una ganancia en determinados aspectos, pero, posiblemente, también un pérdida. Es un campo donde nos queda mucho por aprender. En esas sombras intuimos que existen peligros. Eso sí, cuando lo tengamos todo más claro, empoderemos al individuo para que sea quien decida hasta donde llegar, pero conociendo los riesgos”.

Este viraje implica para Pascual-Leone una nueva mirada sobre cuál es la responsabilidad de cada uno de nosotros sobre nuestra salud. “Es un cambio también educativo. Con frecuencia pensamos que la demencia, si es que nos toca, llegará cuando seamos muy mayores. No nos damos cuenta del impacto que provoca todo lo que hacemos hoy. Es un sedimento que no se borra. Por eso, los niños que juegan más tienen menos posibilidades de desarrollarla, mientras que un obeso de 30 años es más probable que sí lo haga frente a una persona activa y con peso saludable”.  

Actuar con años de ventaja

El experto cree que ha llegado el momento de traducir todos esos factores en un planteamiento de salud disruptivo donde no cabe esperar a que la enfermedad cerebral aparezca, como ya sucede en otras patologías. “Iremos al médico para que nos cure, pero sobre todo para que nos eduque y nos acompañe en el proceso de definir qué vamos a hacer para mantenernos sanos. Es un cambio muy profundo”. 

Al otro lado, están las multinacionales tecnológicas interesadas en expandirse de manera masiva cuanto antes. “Occidente en general lo quiere todo y lo quiere ya. No es tan fácil. Cuidado con las tecnologías que nos acortan demasiado el camino, que dejan el esfuerzo a un lado. Aún no sabemos, por ejemplo, los efectos de un uso continuado de chat GPT. Necesitamos también una mejor educación para fomentar el humanismo sano dentro del cambio social en el que, sin duda, las tecnologías tienen cabida. Frente a una sociedad insensible, conviene tener más claro qué merece o no nuestra atención. En lo que a los médicos nos afecta, especificar más aún qué debe ser priorizado y definido como patología”. 

Mayor consenso

El Catedrático de Neurología de la Escuela Médica de Harvard es tajante cuando afirma que es necesario un consenso para sacar adelante estos modelos más pronto que tarde. “Más que la innovación, está en juego un importante coste económico y social. El futuro de la sociedad humana depende en gran medida del brain capital. Apostemos por mantener la funcionalidad de cada individuo apoyándonos en tecnologías y sin cortapisar su desarrollo. Debemos anticipar muchas cuestiones y regular cosas que quizá nunca ocurran, pero ante las que hay que prepararse”. 

Resulta casi inevitable preguntar a Álvaro Pascual-Leone por cómo las malas relaciones Trump-Harvard están afectando al curso normal de sus investigaciones y las de sus colegas. “El drama de la sociedad actual, no solo en EEUU, es la polarización. Parece que hemos perdido la capacidad de tener opiniones distintas sin sentirnos atacados personalmente. Debo aceptar que tu punto de vista no es el mío. Y no pasa nada. Cuando todo esto alcanza a la libertad académica o a la investigación es muy peligroso ya que está en riesgo perder mucho de lo logrado. Con Trump muchas veces ocurre que la intención y las formas están muy alejadas entre ellas. Hace falta una mayor predisposición para llegar a consensos respetando al que tienes enfrente”. 

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