miquel marti

BARCELONA. En 2013, Miguel Vicente y un grupo de pioneros decidieron poner en marcha una iniciativa privada que aglutinara y diera voz a cualquier agente con algo que decir dentro del emprendimiento digital: startups, grandes corporaciones, inversores, aceleradoras, universidades, escuelas de negocios, administraciones públicas y los propios emprendedores. Barcelona Tech City tenía como premisa crear un entorno de colaboración adecuado para impulsar el ecosistema tecnológico, atraer inversión a Barcelona (a la vez que promocionaba a la ciudad como marca tecnológica) o conectar al talento local e internacional con las empresas.

Hoy, la asociación cuenta con más de 700 miembros y en ella están representadas más de 800 compañías (en torno al 80% de las empresas digitales con base en la ciudad) pero, en su momento, el equipo fundador saltó sin red, o casi. Ese colchón de seguridad se llama Miquel Martí, actual CEO de Barcelona Tech City y primer ‘ejecutivo’ fichado por la asociación.

Su experiencia previa le avalaba. En Biocat, la entidad que coordina y promueve el sector de las ciencias de la vida y de la salud en Cataluña, Martí había logrado un equilibrio estable entre gestión y finanzas; ayudó a asentar estructuras y procedimientos que después tendrían su réplica en Barcelona Tech City. “Tenía un trabajo relativamente cómodo, pero cuando me propusieron el cambio me gustó el reto, que no era poca cosa: convertir a Barcelona en referencia del emprendimiento tecnológico”.

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Con un papel, un boli y algún que otro “pero dónde me he metido”, Martí no tardó en percibir que se trataba de un proyecto en el que “si hacíamos las cosas bien, podíamos tener muchas alegrías”. Mientras Miguel Vicente sumaba a players que facilitaran el arranque, la primera gran recomendación del CEO de Barcelona Tech City tuvo que ver con ampliar miras e ir mucho más lejos del planteamiento inicial, de algún modo ligado al área del ecommerce. “Hablemos de tecnología, de sector digital pero no trabajemos en cajones”. El trecho recorrido en Biocat fue viento a favor para echar a andar. “En el fondo, el esquema es parecido: empresas que cohabitan con una agencia, y aquí funcionamos como un ecosistema cuya vocación es ayudar”. 

Todo esto en un momento en el que el conocimiento de lo que implica emprender, de las tecnologías exponenciales o de la transformación digital aún andaba en pañales. Un contexto que no resultó determinante para que empezaran con buen pie. “Nos dimos seis meses para ver qué pasaba”, recuerda Martí.

“La gente venía y nos dejaba claro que tenía ganas de compartir, de estar juntos de manera organizada”. Así, siguieron pautas similares a las de una startup: prueba de concepto y existencia o no de clientes. “En ese medio año teníamos más asociados que cualquier otra iniciativa parecida de la ciudad”. Desde entonces el crecimiento ha sido orgánico, un ascenso que no estaba dimensionado “porque ni sabíamos ni sabemos dónde está el techo”. 

Al igual que en Barcelona Tech City, el cambio sin precedentes que estaba a punto de ocurrir sí fue anticipado por algunas grandes corporaciones, con músculo suficiente para asumir riesgos y dotarse de nuevas competencias antes que sus rivales en el mercado.

La asociación había adoptado la visión transversal recomendada por Martí para atraer a los agentes tecnológicos de referencia y lograr que se sintieran representados y se alinearan. Todo confluía en tiempos e intereses comunes. “Estas empresas sabían que la innovación no les va a llegar por ciencia infusa y que todos, sin excepción, necesitan cambiar sus modelos de negocio o negocios distintos. Las startups les dan un plus para ser competitivos en el futuro”. 

Mirar al mar

Martí insiste en que en la base del proyecto está el anhelo de consolidar a Barcelona como un polo tecnológico “listo para jugar la Champions con Londres, París, Austin, Boston o Singapur”. A su vez, los emprendedores que ponen en marcha la asociación querían devolver a la ciudad parte de lo que la marca ‘Barcelona’ les había dado en sus trayectorias. Martí es realista al afirmar que la ciudad condal es “un sitio espectacular, pero si no tienes un talento preparado, flexible y con visión internacional no llegarás muy lejos”. 

Además de acelerar procesos (al permitir que los emprendedores accedan a tecnología, canales, partners o financiación) u organizar eventos (“porque el conocimiento mejora el delivery”) el apoyo que presta Barcelona Tech City tiene un tercer aliado, y su ‘incorporación’ fue un empeño muy personal de Martí. “Si Berlín tiene The Factory, Boston el MIT o Londres el Southern District, ¿por qué no pensar en algo que hiciera reconocible a Barcelona?”.

Ubicado en Palau de Mar, el Pier01 es la sede de Barcelona Tech City. Un antiguo almacén portuario de final del siglo XIX de 11.000 m2 de superficie, donde más de 1000 personas desarrollan su actividad en las más de 100 organizaciones (startups, aceleradoras, company builders, labs corporativos)  instaladas en el espacio de la asociación. 

“Convencimos al Port de Barcelona y a nuestro partner financiero”. En seis meses lograron llenarlo de empresas. Martí recuerda cómo, en un primer momento, pensaban en algo estilo Google, “menos pista de bolos queríamos meter de todo”, y cómo el empeño de terceros de primera fila por ocupar físicamente parte de las instalaciones les llevó a cambiar esta estrategia inicial. “No le dices que no tres veces al presidente de SEAT”.

Es así como la compañía automovilística abría el SEAT Metrópolis Lab, Naturgy su InnovaHub y Telefónica, junto con 5GBarcelona, ponía en marcha un laboratorio 5G. Mobile World Capital, Wayra, Airbnb, Asics, Accenture, IBM o KPMG son otros de los grandes socios de Barcelona Tech City que han llevado al extremo el contacto con los emprendedores al convivir con ellos codo con codo. Hay ejemplos que dan otra vuelta de tuerca al concepto tradicional de colaboración. Así surgió el Payment Innovation Hub, donde CaixaBank, Visa, Global Payments, Samsung y Arval han sumado fuerzas para abrir nuevas líneas de investigación y mercado. 

A finales de marzo, Damm abría el espacio Estrella Damm Pier01, con el objetivo de convertirse en lugar de referencia para la celebración de eventos centrados en digitalización, innovación y tecnología. Arriba, una terraza con vistas al mar, donde dan por finalizadas las visitas (“unas 20 a la semana, en las que siempre pasa algo) habla por sí sola. “Nosotros ya sabemos que vivir en Barcelona ‘mola’ mucho; la terraza evita que tengamos que explicarlo”.  

Y es que por sus instalaciones pasan inversores, políticos, empresarios, diplomáticos o parlamentarios que quieren entender el impacto del Brexit. “Éste no es un lugar al uso; somos una comunidad que decidió trabajar en un espacio físico,  concebido como un ‘showroom’, una feria permanente; dinámico y donde poder tratar con el emprendedor directamente y en su medio habitual. Queremos ser un espacio de diálogo que no cierre las puertas a nadie”, apunta Miquel Martí. 

Etapa 2

Glovo, Wallapop, Privalia… En el apartado digital, Martí percibe que se han logrado hitos y que los emprendedores tienen role models para seguir con más ligereza los pasos adecuados. “Pero esto no es suficiente y el ecosistema tiene que crecer, lo necesita. Nos toca acercarnos a lo puramente tecnológico para equilibrar la balanza. Si queremos ser atractivos ahí fuera hemos de trabajar con más empresas de base tecnológica y acercarnos con mayor ímpetu a la transferencia tecnológica; y que los inversores lo sepan”. 

En ese equilibro entre lo digital y lo tecnológico, Martí enumera los cuatro pilares en los que han de seguir actuando: consolidar el hub (“inteligencia de mercado, ejercer de lobista en el mejor sentido, poner más en valor la marca Barcelona Tech City”), aumentar la competitividad empresarial (“atraer inversores, talento y compañías internacionales); hacer entender a universidades, colegios y escuelas de negocio que los perfiles laborales son distintos; e internacionalizar el proyecto viajando a numerosas ferias fuera de España donde identificar players interesantes con los que establecer una relación esporádica o continuada en el tiempo”. 

En el orden inverso, Martí explica que “la gran mayoría de las compañías internacionales que vienen a Barcelona a reunirse con la administración acaban pasando por aquí para ver cómo funcionamos. A nivel español, no nos podemos quejar de ningún gobierno, por mucho que el sector tienda a lamentar las decisiones de la administración pública”. “En general”, añade el directivo, “sus intenciones son siempre buenas y su papel es más relevante de lo que la gente cree”. 

En este sentido, Martí admite que Barcelona Tech City es una ola en la corriente favorable que se genera en Barcelona desde el 92 y que ha llevado a la ciudad a situarse entre las cinco primeras de Europa. “A llegar aquí han ayudado el Ayuntamiento, la Generalitat, el Estado (con ENISA, el ICO o el CDTI) o el Mobile World Congress. Nosotros también hemos contribuido a ello, aunque los rankings me los creo relativamente”.  

La asociación quiere potenciar su efecto en el tejido productivo de Barcelona con una estrategia de hubs conectados por toda la ciudad. Se trata del proyecto Barcelona Tech City Campus, que ya ha completado dos incorporaciones: Canòdrom by Peninsula, como hub de industrias culturales y videojuegos, y The Wellness by ASICS, un hub de bienestar, deporte y vida saludable. Dentro de esta red, pronto verá la luz un tercer espacio, que en este caso no estará ligado a terceros, especializado en extraer el máximo potencial a la tecnología blockchain. 

En paralelo, los acuerdos con nuevos partners no cesan. Los más recientes son los sellados con las farmacéuticas Novartis y Ferrer. Según Martí, “el sector de las ciencias de la vida es uno de los de mayor potencial en Barcelona y, en el ámbito farmacéutico, la mitad de la inversión destinada a I+D se realiza a través de colaboraciones; por eso la alianza con nosotros les puede llevar a un desarrollo más acelerado de nuevos modelos de negocio”. 

Esta entrevista ha sido publicada en la edición impresa del Anuario de la Innovación en España 2018

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