Me entusiasma que hablemos de “soberanía estratégica”. Pero seamos francos: sin soberanía sobre cómo convertimos la ciencia en impacto, el concepto se queda en póster. España es extraordinaria captando fondos europeos —lo celebramos cada año— y, sin embargo, seguimos siendo un “innovador moderado” en los rankings globales.
¿De verdad alguien cree que esto se arregla con otro programa más y un press release optimista? Trabajo donde duele: en el hueco incómodo entre el paper y el mercado. Desde la Fundación General CSIC y con el modelo Venture Business Builders (VBB), nuestro oficio es brutalmente simple: hacer invertibles los mejores resultados de la ciencia para que lleguen a la sociedad. No “promocionar la innovación”, no “sensibilizar”. Hacer compañías. Hacer contratos. Hacer productos. Hacer impacto.
¿Por qué cuesta tanto? Porque nuestra arquitectura de financiación está pensada para proyectos, no para trayectorias. En España abundan convocatorias brillantes y fondos con nombres largos, pero falta lo esencial: continuidad y paciencia. La ciencia aplicada tarda, tropieza, pivota. Un deep tech serio no cabe en un calendario trimestral ni en la ansiedad de un fund que necesita multiplicar en cinco años. Y aquí está el corazón de la soberanía: si los tiempos del conocimiento son rehén de los tiempos del capital, la estrategia la dicta la hoja de Excel, no el interés del país.
“Propongo una herejía sencilla: que lo público y lo privado converjan no solo en la cuantía, sino en el horizonte temporal”
Además, no podemos copiar y pegar el manual de Silicon Valley: somos un país de pymes. El 99% del tejido empresarial no va a absorber tecnologías complejas por osmosis. Necesitamos un mecanismo de traslación que tome la ciencia, la envuelva en un modelo de negocio comprensible, la de-riesgue técnicamente y la coloque al alcance de una pyme que no tiene un departamento de I+D de 200 personas.
Eso es lo que hace VBB: construir empresa alrededor de la tecnología, con gestores, mercado, regulación y go-to-market desde el día uno, y acompañarla hasta que un inversor privado razonable quiera entrar… sin hacerse el harakiri. Propongo una herejía sencilla: que lo público y lo privado converjan no solo en la cuantía, sino en el horizonte temporal. Lo público debe financiar el tramo más incierto, pero también comprometer estabilidad: menos picos y valles, más rampas. Lo privado debe aceptar que la innovación basada en ciencia no es fintech de fin de semana; requiere capital paciente y criterios de éxito que incluyan independencia tecnológica, capacidad industrial y bienestar social, no solo IRR.
Si no alineamos incentivos y calendarios, seguiremos en el teatro de la innovación: mucho titular, poco producto. También toca sincerarnos con nuestras métricas. Medimos lo que sabemos medir: papers, patentes, proyectos concedidos. Pero la pregunta estratégica es otra: ¿cuánta ciencia se ha convertido en poder resolver problemas del país (energía, salud, datos, materiales, defensa) y en capacidad industrial propia? Si el resultado es discreto, la culpa no es de los investigadores —que son excelentes—, sino del sistema que les obliga a jugar al Tetris de convocatorias mientras el mercado corre por otro carril.
“Brillamos solicitando a Europa y fallamos en capturar valor”
VBB existe porque me niego a aceptar que el valley of death sea un fenómeno natural. No lo es. Es un fallo de diseño. Nuestro modelo, insertado en FGCSIC, toma las mejores oportunidades y las somete a un proceso que el capital entiende: problema, solución, tracción, unit economics, cap table, regulatory path, IP strategy, manufacturing readiness.
No hacemos de inversores; preparamos a las compañías para que lo sean. Y aquí vuelvo a la soberanía: una nación es soberana cuando decide qué tecnologías estratégicas quiere dominar y construye el puente para que ocurran aquí, con empleo y cadena de suministro aquí. ¿Y la gran paradoja española? Brillamos solicitando a Europa y fallamos en capturar valor. Tal vez porque esperar a que “caigan” fondos es una táctica, no una estrategia.
La estrategia es una red consistente: dealflow desde la ciencia, ventanilla única para el investigador “que-quiere-emprender-sin-perderse, vehículos que combinen subvención, préstamo y equity, procurement público inteligente que traccione adopción, y grandes empresas actuando como primer cliente, no como jurado de pitch day. Si montamos esa red, dejaremos de jugar a la lotería de la innovación.
No pido fe, pido método. Declarar la “soberanía estratégica” y luego medir el éxito por el número de notas de prensa es domesticar la ciencia. Prefiero lo difícil: financiar trayectorias, no fotos; alinear calendarios, no parches; construir empresas, no relatos. Si lo hacemos, dejaremos de ser excelentes en captar fondos para ser excelentes en algo más importante: convertir conocimiento en autonomía. Y ese día, Europa y España no solo hablarán de soberanía; la ejercerán.


