“Todo el mundo reconoce un olivo, pero pocas personas conocen su historia evolutiva, su diversidad o las diferencias entre los aceites que consumimos a diario”. Durante la última edición de la feria Madrid es Ciencia, celebrada en La Nave -centro de innovación del Ayuntamiento de Madrid- educadores ambientales del Real Jardín Botánico (RJB-CSIC), entre los que se encontraban Mikel Oteiza e Iñigo Orea, explicaron a los asistentes, en su mayoría estudiantes de primaria y secundaria, las peculiaridades de este “cercano desconocido”.
Oteiza recuerda que el olivo es el resultado de millones de años de adaptación. Sus ancestros, surgidos en el Pleistoceno, prosperaban en entornos subtropicales, similares a los actuales bosques de laurisilva. Sin embargo, los cambios climáticos que transformaron el Mediterráneo en una región más árida, marcaron su evolución.
“La planta que vemos hoy, es una muestra de adaptación a la sequía”, añade el experto. “Hojas coriáceas, perennes y con tricomas en el envés —estructuras microscópicas que reducen la pérdida de agua— son algunas de las claves de su éxito”. Estas adaptaciones convierten al olivo en un modelo de resistencia frente al estrés hídrico. Antes de su cultivo, predominaba el olivo silvestre (acebuche). “Es algo así como comparar un perro con un lobo”.
Las investigaciones apuntan a que el olivo fue domesticado hace unos 6.000-8.000 años en el Mediterráneo oriental. Desde allí, su cultivo se expandió con griegos y romanos, hasta consolidarse en la península ibérica. “Desde el principio, aquellas poblaciones fueron conscientes de la importancia del aceite, quizá no como alimento, pero sí con fines cosméticos y como fuente de iluminación”.
Un avance decisivo
De las cerca de mil variedades de olivo identificadas, unas 200 de cultivan en España, aunque la mayoría se corresponde con la variedad Picual, Cornicabra, Arbequina, Hojiblanca o Manzanilla. El Real Jardín Botánico lleva estudiando el olivo más de tres décadas. En 2016, estas aproximaciones dieron un salto cualitativo tras la secuenciación del genoma de distintas variedades de olivo.
Como detalla Iñigo Orea, ahora pueden comparar variedades, entender mejor su evolución y mejorar la genética. “El conocimiento adquirido permite identificar genes asociados a características agronómicas, desde la resistencia a enfermedades hasta la calidad del aceite”.
El educador ambiental pone en valor el olivo como símbolo ecológico y cultural del paisaje mediterráneo. “Más allá de su importancia económica, su capacidad de adaptación lo convierte en un referente biológico, comparable a lo que en el mundo de la fauna representa el lince ibérico”.
Desde el RJB-CSIC indican que, en un contexto de cambio climático, entender la historia evolutiva del olivo y su diversidad genética no es solo una cuestión científica, sino también estratégica. “El futuro del olivo y de los ecosistemas que representa, dependerá en gran medida del conocimiento que hoy se está generando”.
En Madrid es Ciencia, Orea y Oteiza participaron en los talleres que el RJB-CSIC organizó para los estudiantes. Las actividades incluyeron catas sensoriales de aceite y ejercicios de identificación mediante claves dicotómicas. “Aceite de oliva virgen extra, virgen, refinado o de orujo… son conceptos habituales en el supermercado, pero no siempre comprendidos. Muchos adultos no saben distinguirlos”, reconoce Iñigo Orea.



