Científicos desaparecidos, propaganda política para encubrir accidentes nucleares, distancia o acercamiento por intereses militares y económicos. La historia de la relación entre Estados Unidos y España en el ámbito de la investigación científica ha tenido distintos capítulos que son analizados en el libro De la Guerra Fría al calentamiento global. Estados Unidos, España y el nuevo orden científico mundial, editado por Catarata, con la colaboración del Centro de Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y el Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá (UAH).

Estados Unidos sigue determinando el rumbo mundial de la ciencia y de la tecnología. Esto es lo que piensa el catedrático del Departamento de Ciencias de la Computación de la UAH y subdirector del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos, Francisco Sáez de Adana, uno de los tres editores y uno de los 12 expertos que analizan la influencia militar y económica de EE. UU. en la investigación científica en España, desde el inicio del franquismo hasta la transición democrática.

La hegemonía estadounidense también afecta a España. Aunque reconoce que la dependencia hacia EE. UU. ha disminuido y se ha incrementado la capacidad de la ciencia española, considera que España sigue siendo “un país importador de tecnología de Estados Unidos y muy poco exportador”.

Incluso frente a grandes proyectos europeos como la Agencia Espacial Europea, la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) o el Laboratorio Europeo de Física de Partículas Elemental, el investigador considera que el país norteamericano, impulsado por el desarrollo militar, sigue teniendo una ventaja.

La relación entre ambos países no ha sido siempre la misma. “Al inicio del franquismo, EE. UU. no apoya la investigación en España, sino todo lo contrario”, ha detallado Sáez de Adana, debido a la colaboración del régimen franquista con la Italia fascista y con la Alemania Nazi. “Esta primera época es prácticamente de no existencia de relación e incluso de limitaciones para la importación de determinados elementos tecnológicos”, ha añadido.

Fue el caso con los radares a principios de los años cincuenta. Este sistema de ondas electromagnéticas utilizado, entre otras cosas, para la navegación marítima, le fue vetado a España por Gran Bretaña, Francia y EE. UU. por temor de que lo utilizara para fines militares.

Para subsanar dicha prohibición, el Gobierno español contrató a un grupo de investigadores alemanes que había colaborado con el régimen nazi y que, junto a un grupo de ingenieros españoles, fabricó unos prototipos de radar, ha explicado el profesor y autor del capítulo en el que analiza aquel episodio entre ambos países.

A raíz de los Pactos de Madrid en 1953, cuando España se alínea con el bloque occidental, las relaciones cambian, se abre el intercambio mercantil y el sistema científico del país se somete a las influencias de la potencia norteamericana. “EE. UU. se da cuenta de que España tiene una situación estratégica para situar bases militares con el fin de controlar lo que suceda en la zona comunista del este”, ha puntualizado el investigador.

Aquel pacto trajo consigo, entre otras cosas, el desarrollo de centrales nucleares. “Muchas se compraron con lo que se llama el llave en mano, centrales que se desarrollaban en EE. UU. y que se traían directamente a España”, ha explicado.

La obra dedica precisamente un capítulo, escrito por la investigadora de la UAB, Clara Florensa, al accidente nuclear de Palomares ocurrido en 1966 en el que dos aeronaves de la Fuerza Aérea americana colisionaron en un vuelo que provocó el desprendimiento y la caída de cuatro bombas termonucleares.

En aquel entonces las autoridades locales y la embajada americana orquestaron una campaña mediática, según arroja la investigación de Florensa, mediante políticas de marketing americanas similares a las de empresas como Pepsi Cola, para intentar mostrar que las bombas que habían caído no suponían ningún daño.

El libro cierra con un capítulo dedicado al científico de la Unión Soviética Vladimir Alexandrov, desaparecido en Madrid en 1985, escrito por la historiadora italiana, Giulia Rispoli. Aunque su desaparición sigue siendo un misterio, se sabe que Alexandrov había tenido acceso a unos superordenadores estadounidenses para hacer cálculos relacionados con el cambio climático.

El científico alertó entonces de los efectos catastróficos que una guerra nuclear tendría en el clima de todo el planeta: si EE. UU. y la URSS utilizaran un tercio de sus arsenales atómicos para bombardear ciudades enemigas, una enorme nube de polvo cubriría la atmósfera durante meses impidiendo el paso de la luz solar y las temperaturas caerían hasta 30 grados bajo cero, lo que conllevaría el fin de la vida en la tierra.

Una precaria inversión científica española

El desarrollo científico y tecnológico fue fundamental en la construcción del nuevo orden mundial y lo sigue siendo. Sin embargo, la inversión española en ciencia y tecnología es baja, considera Saéz de Adana. Pese a proyectos como el de #CienciaEnElParlamento en el que científicos buscan influir en la agenda de los políticos, todavía no existe una oficina científica en el Parlamento. “A veces la ciencia no da los resultados que los políticos querrían, ellos viven en periodos de cuatro años y a veces una investigación científica puede tardar más”, ha apuntado.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here