Vacuna coronavirus CReSA de IRTA
Trabajo en el laboratorio con MERS-coronavirus

Si hay un protagonista absoluto de estos primeros meses de 2020, ese es el coronavirus, que de un día para otro se ha convertido en un amenaza global muy presente en nuestras vidas. Más allá de la alarmas mediáticas, en el Centro de Investigación en Sanidad Animal (CReSA, por sus siglas en catalán: Centre de Recerca en Sanitat Animal) del IRTA llevan más de cinco años trabajando con esta tipo de virus. Y ahora participan en uno de los primeros estudios moleculares para diseñar una vacuna.

Como señala Júlia Vergara-Alert, miembro de esta unidad del Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias, se pueden diferenciar en la actualidad tres grandes coronavirus. “El primero surgió en 2002 y 2003, era el conocido como SARS, y en poco menos de un año se acabó controlando –explica–. En 2012 apareció el MERS y todavía está activo, aunque a día de hoy hay unos 2500 casos y está bastante localizado en Arabia Saudí”.

Precisamente con esta último variante –que tiene una elevada mortalidad que llega al 35 %– empezaron a trabajar hace cinco años y medio en el IRTA-CReSA, en colaboración con grupos de investigación holandeses y alemanes. Como en muchos otros virus, descubrieron que el ancestro común son los murciélagos y que el huésped intermediario son los dromedarios, así que probaron una vacuna para estos rumiantes, con el fin de bloquear la transmisión animal-humano.

Proteína S

A principios de año aparece este nuevo coronavirus, del cual se publicó muy rápidamente su información genética. Así comprobaron que el de Wuhan utiliza el mismo receptor que el SARS para entrar a la célula e infectarla. Simplemente con eso, y gracias a su experiencia previa, en el centro barcelonés apuntaron, mediante predicciones bioinformáticas, a la proteína diana que tenían que buscar para trabajar en una posible vacuna. 

Se trata de la proteína S, que forma parte de la envoltura de todos los coronavirus. Como se señala en el estudio que acaba de publicarse en la revista F1000Research –en el que también participan científicos del Laboratorio Nacional de Galveston y del Centro Médico de la Universidad de Texas de los Estados Unidos–, se ha identificado la región concreta de esta proteína que sería clave para hacer una vacuna del nuevo eficaz.

Júlia Vergara-Alert, investigadora del IRTA-CReSA

“El siguiente paso es comprobar la eficacia de estas moléculas en el laboratorio para ver si serían buenas candidatas para hacer una vacuna –explica la investigadora y veterinaria–. Una vez hecha, se debería comprobar en modelos animales”.

Plazos para la vacuna

Una vacuna normal puede tardar entre cinco y diez años en salir al mercado. En algunos casos el proceso puede ser más rápido y se reduce a entre dos y cinco años. Cuando hay emergencias, como ocurre en la actualidad, los periodos se acortan aún más. Desde la OMS ya se ha dicho que podría estar en 18 meses.

En cualquier caso, tal y como explica Vergara-Alert, “no va a haber una única vacuna porque somos muchos los grupos que estamos trabajando en ello”. Y eso es, en su opinión, algo positivo porque cada propuesta se puede centrar en una determinada estrategia. En el IRTA-CReSA, por ejemplo, intentan crear una solución que pueda ser común para los distintos tipos de coronavirus, tanto existentes en la actualidad como los que puedan venir en el futuro.

Pollos y civetas

No se ha confirmado todavía si el origen del nuevo coronavirus es animal, pero las predicciones del estudio apuntan a que los pollos y las civetas son los más sospechosos de entre todas las especies animales disponibles en las bases de datos de genomas.

“Para tener la certeza será necesario comprobarlo experimentalmente, aunque no se descarta que haya otras especies de animales potencialmente susceptibles al nuevo virus”, explica Joaquim Segalés, también investigador del IRTA-CReSA y catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB).

Equipo de coronavirus del IRTA-CReSA

“Ya se ha confirmado que los murciélagos llevan, por así decirlo, el ancestro del virus”, afirma Júlia Vergara-Alert. Queda por investigar ahora cuál es el huésped intermediario, igual que en el caso del MERS lo fueron los dromedarios. Comparando la información genética del virus y de las distintas especies de animales, han visto que las civetas (una especie de gato salvaje) y los pollos podrían ser “potencialmente reservorios del virus”. También se ha hablado del pangolín, pero el animal es tan exótico que no se tiene toda los datos necesarios sobre su genoma.

Todo esto aún está en fase de comprobación. Pero, ¿cómo pasa un virus de los animales al hombre? Cuando son respiratorios, el simple hecho de estar en contacto directo puede ser un motivo de contagio. “Aunque a veces se quedan a nivel del tracto respiratorio bajo, es decir, en pulmones, y en ese caso su transmisión es mucho más difícil”, afirma la científica, insistiendo en que estos factores todavía están por comprobar.

Información y desinformación

A la espera de que finalicen dichos estudios, lo que toca es seguir las recomendaciones de la OMS, como lavar las manos frecuentemente, evitar el contacto con animales en el mercado, o no comer animales crudos o poco cocinados, entre otras medidas.

Al ser preguntada sobre la transparencia del Gobierno chino respecto al nuevo brote de coronavirus, Júlia Vergara-Alert considera que han sido “bastante rápidos” a la hora de dar a conocer los datos que tenían. Al menos “en comparación con el primer brote, el de 2002-2003, que también sucedió en China, aunque en otra región, cuando sí hubo bastantes problemas y acusaciones de ocultar información”.

Otra diferencia respecto al caso ocurrido hace 17 años viene marcada por las redes sociales. En su opinión, “la accesibilidad a internet y a leer lo que quieras sin contrastarlo” favorece en muchas ocasiones la desinformación más que la información.

La financiación

En paralelo a la labor investigadora, desde el CReSA trabajan también para conseguir la financiación necesaria para avanzar en esta línea. “Hay grupos que desde el minuto uno pueden empezar a trabajar porque ya tienen financiación”. Y es que, asegura Vergara-Alert, hay países y grandes instituciones que cuentan con con partidas de dinero reservado para emergencias de este tipo.

Ellos han contado con el respaldo económico del IRTA para hacer estudios desde el primer momento que saltó la alarma, un apoyo que no tienen otros grupos de investigación de nuestro país, que tienen que esperar a que se resuelvan las solicitudes de las distintas convocatorias de proyectos –aunque sea de urgencia–. “Si no hay más inversión en ciencia, siempre vamos a ir por detrás”, se lamenta la investigadora en referencia a las diferencias con otros países.

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