José David Fernández

Teletrabajo: ¿pantomima o realidad?

Por José David Fernández, consultor de modelos de negocios tradicionales

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Hace justo un año por estas fechas se publicó una entrevista en medio nacional a la ministra de trabajo Yolanda Díaz.

Se estaba terminando el primer verano desde la llegada del Covid-19 a nuestras vidas. Fue un verano extraño, sin grandes desplazamientos turísticos, con la actividad empresarial y social tomando fuerza y quizás, incluso alguno tuviese ese primer amor de verano.

Por aquellas fechas, se hablaba mucho de que el teletrabajo ayudaba a la conciliación familiar o que los trabajadores eran más productivos.

Eso llevó al gobierno, y más concretamente a la Ministra de Trabajo, a plantear la ley del teletrabajo que posteriormente se aprobó y sobre la que giró la entrevista que te mencionaba anteriormente.

En aquel escenario, parecía que cualquier posición que fuese en contra del teletrabajo te posicionaba casi como un explotador, o lo que sería peor, un peligroso cavernícola que estaba en contra de la evolución.

La realidad un año después, es que el teletrabajo ha sido como ese amor de verano. Ese amor que disfrutas mientras estás con él o ella, pero que cuando vuelves a tu casa y a tu rutina enseguida olvidamos.

Pero esto no es porque yo lo diga, sino porque las empresas que más controlan la productividad de sus trabajadores han visto que el negocio funciona mejor cuando los trabajadores están en un centro de trabajo.

Amazon o Google ya indicaron hace unos meses su apuesta por volver a las oficinas. Y es que ambas multinacionales comparten la idea de que su cultura de innovación no se puede construir desde los despachos aislados que sus trabajadores tienen en sus casas.

Estas empresas consideran que estar en la oficina es más operativo y genera más valor. Cuando una empresa genera más valor es más competitiva, y cuando es más competitiva es más rentable, y cuando es más rentable genera más trabajo. En definitiva, todo marcha mucho mejor.

Nosotros, como trabajadores, podemos dar argumentos emocionales del tipo que si teletrabajamos ganamos en calidad de vida, que podemos conciliar, que tenemos más tiempo para nosotros y sobre todo, que somos más productivos.

Pero los datos demuestran que la realidad general es diferente.

Es tan diferente, que Google, con casi toda probabilidad va a adquirir un edificio en el centro de Manhattan para abrir unas nuevas oficinas. Una inversión de 2,1 billones de dólares. Pero claro, quizás Google no sea una empresa suficientemente avanzada, quizás sea una empresa que o se adapta a las nuevas circunstancias o desaparezca. No lo sé. Quizás.

Los negocios van a tomar las decisiones que más les favorezcan. Si lo que más les favorece es que la gente teletrabaje, teletrabajarán. Pero si es lo contrario, también lo harán y enviarán a los trabajadores a las oficinas. De hecho, ninguna de las empresas con las que trabajo tiene en sus objetivos instaurar el teletrabajo en estos momentos, más bien al contrario, buscan cada vez poder verse y compartir juntos cara a cara.

Hay una cuestión que es especialmente llamativa en todo lo referente al teletrabajo.

Hasta marzo de 2020 había una corriente de trabajo en equipo, de que las organizaciones debían de realizar actividades y fomentar la interrelación de los trabajadores. Toda empresa que se preciase y que quisiera destacar tenía que tener una zona de relax para sus empleados, futbolines, pizzas, cervezas, cestas de fruta… eran formas de retribución a los trabajadores. Y muchos trabajadores aspiraban a que esas cosas llegasen a sus centros de trabajo.

De repente, el trabajador demanda el teletrabajo, ya no quieren socializar físicamente con sus compañeros y probablemente haya una parte de miedo a contagiarse, eso lo entiendo y hasta lo comparto.

Pero en bastantes ocasiones, veo el teletrabajo como una forma de evitar el control de las organizaciones, de sentirse más libres. Una libertad de la que antes no disponían, y quizás la demanda del trabajador vaya más por esa línea que por la de no ir a la oficina.

Una conciliación que la hemos idealizado como un bien individual, y no como un bien colectivo.

Cuando ese teletrabajador es cliente de un negocio, desea que lo vuelvan a atender dentro de su conciliación, con el horario habitual y de la mejor forma. pero ellos también quieren conciliar.

Este amor de verano nos ha servido como primera vez, pero como sucede en el amor, solamente muy pocos se enamoran de por vida.

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