El Jardín de las Delicias, de el Bosco, tiene más de quinientos años y, sin embargo, representa mejor que nadie la realidad operativa de la mayoría de proyectos de IA actuales.
Su obra se divide en tres escenas que explican de forma sorprendentemente clara las tres fases por las que atraviesan muchos de estos proyectos: el paraíso, el jardín de las delicias (la realidad) y, finalmente, el infierno.

El paraíso
En el paraíso vive buena parte de la consultoría actual. Es donde habitan los PowerPoints repletos de casos de uso, las demos que soportan casi cualquier fantasía y las estimulaciones de ROI que hacen que todo parezca extraordinariamente sencillo.
Aquí nace la tan deseada POC (prueba de concepto): datos acotados, variables manejables, un proceso concreto a eficientar y un entorno suficientemente controlado como para asegurar que aquello va a funcionar.
La demo funciona, la POC arroja buenos resultados, se presenta al comité y, entre aplausos y entusiasmo, se decide avanzar.
Hasta aquí, todo bien. El problema empieza cuando confundimos haber demostrado que algo puede funcionar con haber demostrado que está preparado para funcionar dentro de una organización.
Porque entonces toca abandonar el paraíso.
La realidad operativa
Al igual que en la escena central de El Jardín de las Delicias, una organización no vive en un lugar donde todo es orden, serenidad y pajaritos cantando.
En la realidad operativa están los procesos de verdad. Las personas que interactúan con la tecnología (con sus virtudes y defectos). El legacy tecnológico. Los problemas de calidad del dato. Las integraciones. La seguridad. Las excepciones. Y todos esos pequeños detalles que, casualmente, no aparecían en la POC.
No significa que algo haya fallado ni que la organización sea un caos. Simplemente significa que hemos llegado a la realidad.
Y es precisamente aquí donde deberían empezar los proyectos de IA. Especialmente cuando hablamos de proyectos de IA generativa.
Aquí es donde empiezan a aparecer las preguntas que la POC podía permitirse ignorar: cómo se integra en el proceso real, qué pasa cuando falla, quién supervisa el resultado o cuánto cuesta cuando dejamos de hablar de una demo y empezamos a hablar de escala.
Son preguntas bastante menos atractivas, pero mucho más importantes.
Y es aquí donde aquel proyecto que iba a disparar la eficiencia empieza a encontrarse con algo incómodo: la tecnología quizá sí funcionaba. Lo que no estaba preparado era todo lo que había alrededor.
Entonces toca mirar hacia la escena de la derecha.
El infierno
Está la parte del cuadro donde nadie quiere mirar.
Aquí es cuando los costes se disparan, cuando aparecen soluciones técnicamente perfectas que no terminan de encontrar su sitio en la forma de trabajar con los equipos. Problemas que antes no existían y que ahora hay que gestionar. Costes que se disparan y nunca se contemplaron en la POC y que no se pensaron a escala real.
Este es el infierno operativo de la inteligencia artificial. Es la parte que más dinero cuesta y la que casi nunca se enseña en la diapositiva del piloto.
Muchas veces se llega hasta ahí no porque la tecnología haya fallado, sino porque la adopción nunca se tuvo realmente en cuenta. Adoptar una tecnología no significa desplegarla o dar acceso a una herramienta. Significa cambiar procesos y, sobre todo, la cultura de una organización. Y ese reto es mucho más ambicioso que cualquier aspiración tecnológica.
Un reto que, en la mayoría de las ocasiones (se estima que en más del 70% de los proyectos de IA generativa), lleva el proyecto a morir.
Empezar desde la realidad
La forma de evitar ese infierno no consiste en quedarse para siempre en el paraíso del piloto. Consiste en empezar desde abajo. Con los equipos que están en el barro y conocen dónde se atascan las cosas de verdad. Entendiendo cómo funcionan los procesos (no solo cómo aparecen dibujados), dónde están las excepciones, qué depende de quién y qué pequeñas dosis de caos organizativo forman parte inevitable del día a día.
Porque esa es la realidad de cualquier empresa. Y cualquier proyecto debería nacer desde ahí, no desde un PowerPoint.
Cuanto mejor entendamos ese particular Jardín de las Delicias, mejor preparados estaremos para lo que venga después. Porque tarde o temprano tocará bajar al infierno y enfrentarnos a todo aquello que no pudimos contemplar de inicio.
Conocer bien la realidad no hará que el infierno desaparezca. Pero hará que esté un poco menos oscuro y que dé bastante menos miedo.
Y, si hacemos bien las cosas, cuando volvamos a la realidad quizá consigamos algo todavía mejor: que desde nuestro particular Jardín de las Delicias empiece a verse un poco de la luz que prometía el paraíso.



