La historiadora estadounidense, Londa Schiebinger. Foto: CSIC.

Hace unos años, tras un viaje a España, Londa Schiebinger (Lincoln, Estados Unidos, 1952) utilizó Google Translate para traducir los artículos que hablaban sobre ella. Para su sorpresa, estos hablaban de él y no de ella. Según la historiadora de la ciencia de la Universidad de Stanford, el programa tenía un “sesgo de género inconsciente”. El problema es que a quienes programan esos sistemas “no se les enseña cuestiones de género”, ha criticado este martes en una conferencia en la sede central del CSIC, en Madrid.

La ponencia de la primera mujer que obtuvo el premio Alexander von Humboldt de investigación se enmarca dentro de los actos de conmemoración de los 80 años del CSIC, y ha sido presentada por la presidenta de la institución, Rosa Menéndez, y el ministro de Ciencia, Innovación y Universidades en funciones, Pedro Duque. 

Este sesgo es evidente cuando una persona busca en internet la palabra “novia”. Le va a aparecer en la pantalla una mujer blanca norteamericana, lo mismo si está en España o en India, cuya población representa un 36 % de la mundial. La tecnología “imita los comportamientos humanos”, ha subrayado Schiebinger. 

Otro caso es el de las aplicaciones para diagnosticar cáncer de piel, que no funcionan igual en personas con distintos tonos de piel. Una vez más, el problema es “un sesgo en los datos”, ha sostenido la investigadora, investida honoris causa por la Universidad de Valencia el año pasado.

Para ella, cada vez que los investigadores recogen datos para un proyecto es necesario que vean si son realmente representativos o si tienen sesgos sistemáticos. “La tecnología moldea a la sociedad y la sociedad moldea a la tecnología”, ha sentenciado.

El desarrollo de los robots plantea problemáticas similares. ¿Debemos diseñar robots de acuerdo con los estereotipos sociales? ¿Un robot-enfermero tiene que ser mujer? De ser así, se estaría reforzando la idea de que las mujeres son asistentes y que siempre están para ayudar, ha señalado la investigadora. “Queremos tecnología responsable”, ha afirmado. 

Para la directora del proyecto de investigación Gendered Innovations, “hacer investigaciones mal cuesta vidas y dinero”, como demostró en Estados Unidos la existencia de diez medicamentos, ya retirados del mercado, que ponían en riesgo la vida de los consumidores, de los cuales ocho fallaban más a menudo en mujeres. 

El sexo influye en los resultados de las investigaciones. Por ejemplo, según una de las investigaciones citadas por Schiebinger, los ratones no muestran su dolor en presencia de un hombre, al que distinguen al oler sus feromonas.

Otro estudio descubrió que las células madre femeninas son diferentes a las masculinas y que esto influye en los trasplantes de órganos. Estos son tan solo una muestra de la importancia de incorporar el análisis de sexo y género en los métodos de las ingenierías y en las ciencias básicas.

Sin embargo, según la autora de ¿Tiene sexo la mente? Las mujeres en los orígenes de la ciencia moderna, en la mayoría de las investigaciones, “el sexo no está considerado como una variable”. Para la experta, este análisis es algo que hay que incorporar no solo en las universidades, sino en todos los niveles y al mismo tiempo.

Y no solo el sexo, el género (las características sociales que se le asignan a hombres y mujeres) también influye en lo que se investiga, como en la elección de los temas. Aunque socialmente se han establecido dos géneros, estos son solo “artefactos culturales”, existen muchos tipos de identidades de género.

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