Unos de los 32 volcanes de Guatemala

El de 3 de junio del año pasado, el Volcán de Fuego borró por completo del mapa la aldea de San Miguel Los Lotes, en el departamento de Escuintla, al sur de Guatemala. La erupción se cobró la vida de 201 personas y otras 229 siguen desaparecidas. Ante  amenazas como esta, científicos de distintos países, de América Latina y Europa, mantienen esfuerzos conjuntos para desarrollar tecnología con la cual mejorar los sistemas de vigilancia de la actividad volcánica en tiempo real.

El ingeniero Guillermo Cortés, de la Universidad degli Studi, en Udine (Italia), es uno de los integrantes del proyecto europeo VULCAN.ears, en el que participan esta universidad y la de Savoie Mont Blanc (Francia), que desarrolla inteligencia artificial para reconocer automáticamente las distintas señales volcánicas. “Es un sistema que en tiempo real te está diciendo el tipo de señales que tienen los volcanes y que trabaja con datos en continuo, conforme tú los vas obteniendo”, explica Cortés. Semejante a los programas de reconocimiento de voz, permite analizar volúmenes enormes de datos en tiempo real, identificar y clasificar los eventos sísmicos.

El científico español fue uno de los asistentes a un taller de capacitación desarrollado en el Centro Nacional de Alta Tecnología (CeNAT) en San José (Costa Rica) a mediados de mayo en el que se dieron cita informáticos, geólogos, ingenieros y expertos en teoría de señales, de los observatorios de países como México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Perú, Costa Rica, Francia e Italia. “Tenemos un grupo de trabajo con el que pensamos seguir muchos años”, afirma Cortés.

“Este tipo de señales es muy importante porque dependiendo de estas, el volcán puede tener una conducta u otra. Y esta información puede ser útil para predecir erupciones”, agrega el experto sobre el programa que, según precisa, no solo toma en cuenta las señales sísmicas dentro del volcán (que responden al movimiento del magma), sino también los posibles derrumbes de material fuera de este.

El sistema es capaz de describir la forma de onda y puede detallar de diversas maneras las señales sísmicas. Además, para poder ser utilizado, no requiere más que de una estación y una persona, así como unos días de capacitación. Aunque la forma más utilizada para monitorear un volcán es a través de la sismicidad, no es la única, también puede hacerse un monitoreo geoquímico o a través de cámaras.

“Estamos en un momento donde hay que procesar toda la información lo más rápido posible y la única manera es trabajando en sistemas automáticos, en machine learning, de manera que se puedan ir generando resultados lo más rápido posible, procesando grandes cantidades de datos para la toma de decisiones”, añade Mauricio Mora, investigador de la Red Sismológica Nacional (RSN) de Costa Rica, conformada por la Universidad de Costa Rica (UCR) y el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE).

En México, expertos de la Universidad de Colima, entre ellos Raúl Arámbula, empezaron a implementar un sistema muy similar en el Volcán de Colima hace más de diez años. Asistidos por Phillipe Lessage (Francia), y tres investigadores de España, Guillermo Cortés, Carmen Benítez y Jesús Ibáñez, a través del proyecto europeo VOLUME, adaptaron en ese entonces un sistema de reconocimiento de voz a uno de reconocimiento de registros sísmicos y volcánicos.

De acuerdo con el ingeniero en sistemas computacionales del Centro de Estudios Vulcanológicos de dicha universidad, Miguel González, este programa se desarrolló en dos fases. La primera consistió principalmente en etiquetar eventos sísmicos, generar una base de datos, entrenar al sistema y obtener un modelo. La segunda, en automatizar el proceso para que el sistema fuera capaz de registrar la actividad sísmica cada dos minutos. Desarrollaron incluso un mecanismo para recibir notificaciones en su móvil, desde explosiones hasta fallas en las estaciones sísmicas.

“Al final del día el sistema nos entrega un recuento por tipo de evento y una gráfica mostrando con diferentes colores los eventos detectados, así como una gráfica mensual. Esto es muy gratificante para nosotros ya que es una labor de todos los observatorios llevar este tipo de conteo, y ahora lo hacemos de forma automática”, destaca González.

Durante el evento, los expertos hicieron hincapié en la necesidad de fortalecer la vigilancia volcánica en la región centroamericana, especialmente a la luz de la erupción del Volcán de Fuego. Gustavo Chigna, vulcanólogo del Instituto Nacional de Sismología y Vulcanología de Guatemala, manifestó que este significó para ellos compartir experiencias sobre un hecho que cambió sus vidas. "El principal objetivo de este taller es que esto no vuelva a suceder en ninguna parte del mundo", añadió y aseguró que tras la erupción, el país ha mejorado los sistemas de monitoreo, ha contratado a más personal y adquirido nuevo equipo con el apoyo de la cooperación internacional.

No todos los volcanes son iguales, cada uno genera un cierto tipo de patrones, de acuerdo con Mora. De ahí la importancia que tuvo el encuentro para compartir las particularidades de cada uno. Ahora cada país tiene que integrar el sistema en sus propios centros de monitorización y adaptarlo a sus necesidades.

Facebook informa sobre la caída de ceniza

Tras un sismo o una erupción volcánica, muchas personas comparten sus experiencias a través de las redes sociales. Al darse cuenta de que los costarricenses hacían lo mismo cuando caía ceniza con el Turrialba, Daniela Campos, geógrafa del Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica (Ovsicori) y Guillermo Alvarado, vulcanólogo de la RSN, decidieron utilizar esta información para calcular dónde y cuánta ceniza expulsó dicho volcán en el país desde el 2010.

Para ello, utilizaron los datos compartidos por la gente en las páginas de Facebook del Ovsicori y de la RSN, en los que no solo las instituciones informan a los ciudadanos sobre la actividad volcánica –Costa Rica cuenta con cinco volcanes activos–, en ellas las personas también comunican a las autoridades dónde cae la ceniza.

A partir de esta red, los investigadores determinaron que el Turrialba expulsó ceniza un 88 % en puntos de la Gran Área Metropolitana (GAM), lo que significa que el material recorrió un trayecto de hasta 105 kilómetros hacia el suroeste. Las localidades en las que se generaron más reportes de caída de polvo volcánico entre 2010 y 2017, fueron Curridabat, San Pedro de Montes de Oca, Moravia, Goicoechea y Coronado.

A partir de estos mismos reportes, Campos y Alvarado calcularon que, en ese mismo periodo de tiempo, el volcán expulsó un mínimo de entre ocho y nueve millones de metros cúbicos de ceniza, un volumen considerado por ellos pequeño. “Con esta investigación tenemos una idea más clara del volumen y de los lugares donde cayó más ceniza del Turrialba, pues faltaba la sistematización de los datos de esos ocho años”, afirmó Campos.

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