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Está claro que la actualidad está llena de ejemplos sobre la mala resolución de casos que, precisamente por esto, llegan a convertirse en problemas. O a interpretarse como tales,  cuando no lo deben ser. En consecuencia, la toma de malas soluciones llevan a un problema más difícil de resolver pero, fue en una jornada familiar con niños cuando te das cuenta de que el tema está relacionado con una educación que no ayuda a resolver problemas y, mucho menos, a estudiar las causas.  

Acostumbrados a los mecanismos de respuesta rápida (para casi todo) que les rodean se despreocupan de pensar en qué solución dan a las cosas, lo que deriva en frustración. Lo peor, a mi entender, es que como están rodeados de mayores, a diferencia de los chicos de mi generación, que estábamos siempre rodeados de otros niños, son raros los casos donde existe una cierta reflexión. El tema está tan generalizado que demasiada gente, y desde hace ya tanto tiempo, ante un caso determinado reacciona mal.

La velocidad de la vida desde hace algunos años, nos llevó a caer en la mala costumbre de atender lo que creíamos urgente y dejar pasar lo importante. En las empresas también lo he vivido, y pensaba que era un problema solamente de gestión, que lo es, pero lo importante es que es un problema de educación.

Para afrontar la innovación es esencial tener claro la secuencia de marcar el desarrollo de una idea y, cómo no, de un producto o servicio, en el que ya implicas a más personas, dinero y, lo que es más importante, tiempo. La revolución tecnológica nos da muchas posibilidades, pero no es de extrañar que solo las que siguen un determinado proceso son las que tiene éxito; es decir, llegan a ser innovación.

Las ideas fluyen, pero no todo vale. En un artículo que escribí hace tres años para Kown Square, y que titulé 'La capacidad de soñar' incluí una frase de Kundry, el personaje femenino de 'Parsifal', que me parece muy adaptable al tema de hoy: “El saber convierte las locuras en algo con sentido”. Ahora estamos rodeados de locuras, dicho sea en el mejor sentido de la palabra, pero antes de empezar a desarrollar una idea debes conocer dónde se puede aplicar esa idea. La solución a ese dilema no suele surgir al principio de la reflexión, sino después de dar muchas vueltas al tema. 

Lo urgente no tiene que desviarnos de lo importante y eso lo vemos muy bien en reuniones donde se juntan varios pequeños jugando. Para ellos todo es rápido y todo es precipitado. Nosotros mismos exigimos esa rapidez. Veo a muchos padres desesperados porque sus hijos no han aprendido a hablar, a leer a unos años determinados y veo a supuestos especialistas equivocándose a la hora de tratar estos asuntos. 

Queremos que los niños sean mayores y exigimos a los más pequeños cosas que después no somos capaces de exigir a los mayores. Trasladando el tema al ambiente educativo, es mucha exigencia en primaria y escasa en secundaria y bachiller. Ver a niños tan pequeños cargados con mochilas o con deberes a los cuatro años, como lo he visto, es una auténtica deformación educativa. 

Eso afecta a la capacidad de innovar que, al fin y al cabo, es la resolución con éxito de determinados problemas y con ellos nos encontramos todos los días. Hace unos días hablaba de innovación abierta e intraemprendimiento; otros días hablamos de investigación y de desarrollos que pueden fructificar en nuevos productos y servicios de éxito. Detrás de todos ellos, hay tiempo, y muy probablemente se cumple aquella frase de Einstein que recomienda que, si se tiene una hora para resolver el problema hay que pasar 55 minutos pensando en el problema y dejar cinco para pensar en la solución. 

Esta enseñanza es vital en un momento de cambio tan brutal como al que estamos asistiendo. Adoptar soluciones rápidas no garantiza su oportunidad ni su éxito, más bien al contrario; no estudiar el problema, si es que existe, es el mejor camino para el fracaso. 

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