BSC coronavirus
MareNostrum 4. (Imagen: Barcelona Supercomputing Center)

Todos los países afectados por el COVID-19 trabajan a contrarreloj para encontrar una vacuna a este coronavirus. Tanto la administración pública como el sector privado están luchando para paliar la epidemia, e instituciones como el Barcelona Supercomputing Center (BSC) no se quedan atrás. De hecho, el centro está investigando el genoma del virus para combatirlo; sus armas: la supercomputación, la bioinformática y la Inteligencia Artificial.

Desde el BSC destacan que su superordenador, el MareNostrum 4, “sigue en plena actividad pese a las circunstancias actuales”. Este, que cuenta con 13,7 petaflops, capaz de realizar más de 11.500 billones de operaciones por segundo, como ya explicaron a Innovaspain, será el que aporte la capacidad de cálculo necesaria para acelerar las investigaciones en marcha contra el coronavirus.” El proceso de estos datos requiere gran capacidad de cálculo y por ello se utilizan los recursos de computación de altas prestaciones del superordenador”, subrayan.

Y de ello se está encargando el Departamento de Ciencias de la Vida del BSC, que apoya tanto a investigadores internos como externos. “Lo está utilizando para sus investigaciones –indican–, pero también se ha puesto a disposición de equipos de investigación o entidades externas que necesiten computación de altas prestaciones para sus investigaciones contra el coronavirus”.

“Comprender cómo ha evolucionado el virus a lo largo de distintas epidemias es importante porque nos permite intentar entender cómo es posible que el virus pase de una especie a otra y qué cambios tiene que experimentar para llegar a hacerlo. Nos da luz sobre su modo de transmisión y los mecanismos que utiliza para interactuar con nuestro sistema de defensas o el de otras especies animales. Esta resulta crucial a la hora de buscar tratamientos y para la prevención y predicción de brotes futuros”, reza la información proporcionada por el BSC. 

Entonces, ¿dónde buscan los datos? Según el BSC, los datos sobre el coronavirus –y de epidemias anteriores como la epidemia SARS en 2003, MERS en 2012, o la actual COVID-19–, salen de la información disponible en bases de datos públicas “que albergan secuencias genómicas de las diferentes mutaciones del virus y de diferentes especies animales”. Tras eso, analizan estos datos con diferentes programas informáticos que están diseñados de forma específico para ello –unos del BSC, otros por equipos externos–.

El segundo de los puntos de trabajo del BSC, la bioinformática, está considerada como una “herramienta indispensable” para los laboratorios que están investigando el coronavirus. Por ello, el BSC también utiliza simulaciones informáticas para “reproducir” las posibles vías por las que puede atacar el virus. 

El centro explica que este proceso se conoce como “docking, o acoplamiento, y consiste en simular en el ordenador las interacciones entre el virus y moléculas que podrían servir para fabricar vacunas, tratamientos con anticuerpos o tratamientos con fármacos […] La búsqueda o cribado de fármacos por ordenador es muy útil para acelerar el proceso de encontrar y validar tratamientos y vacunas para enfermedades, puesto que recorta en gran medida el tiempo y la inversión necesarios para la primera fase de esta investigación”.

Son dos son los proyectos de investigación sobre el coronavirus y sus posibles tratamientos: en primer lugar, EXSCALATE4CoV (E4C), del marco H2020, y que está dirigido a la investigación básica y aplicada para la búsqueda de fármacos; y, en segundo lugar, la colaboración con los centros IrsiCaixa y CreSa-IRTA, enfocados a la búsqueda de terapias inmunológicas apoyada en la investigación genómica y las herramientas bioinformáticas.

El último punto, la Inteligencia Artificial, está encuadrado dentro de otra colaboración: la del grupo de investigación ‘Inteligencia Artificial de Altas Prestaciones (HPAI) del BSC’ con UNICEF e IBM. Un grupo internacional de 40 personas de ocho países focalizacadas en tres ciudades –la propia Barcelona, Nueva York y Tokio– cuyo objetivo es “encontrar indicadores, patrones y estadísticas de impacto que sirvan a la ONU y a los responsables locales para tomar mejores mediciones y más rápidas”. 

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