Natalia Figueroa y Ana Ferichola ocultan (de momento) su identidad
Natalia Figueroa y Ana Ferichola ocultan (de momento) su identidad

tánata son Natalia Figueroa (Bogotá, 1982) y Ana Ferichola (Madrid, 1980). En Colombia, Figueroa se licenció en Artes Visuales (“una mezcla de Bellas Artes y Comunicación Audiovisual”) mientras Ferichola lo hacía en Periodismo, en Madrid. tánata no es solo un nombre que juega con el de sus creadoras. “Sabíamos que sonaba cercano a tánatos, explica Figueroa, y esa parte nos hacía gracia porque en realidad la materia orgánica desaparece en el horno y queríamos que nuestras piezas tuvieran vida, así que todo encajaba”.

En 2005, Natalia Figueroa vino a Madrid a estudiar un master de Estilismo y Fotografía de Moda y se quedó, y Ana Ferichola estudiaba también en la capital, en la escuela de cerámica Francisco Alcántara, donde finalmente se conocieron en 2007. “Las dos hemos tenido desde siempre inquietudes creativas y, sobre todo, relacionadas con la imagen (el dibujo, la fotografía) y también gusto por el trabajo manual, así que no es raro que acabáramos conociéndonos en una escuela de cerámica”, explica Ferichola, que en ese momento desarrollaba su marca de cerámica artística (anuscapetruca) mientras que su actual socia se ganaba la vida con trabajos de fotografía y diseño gráfico.

Sin ninguna pretensión, en 2010 empezaron a trabajar juntas “por gusto”, pero poco a poco llegan los primeros encargos –de Andrés Gallardo o el IED-, gracias a que no abundan los talleres en los que se trabaje para otros a pequeña escala. Con el mono profesional puesto ya no había vuelta atrás y en 2012 lanzaban una primera colección propia. “Colonizamos la planta baja de la casa de la madre de Ana, explica Figueroa, y siempre tuvimos el apoyo de nuestros amigos”. Ayuda de los más próximos para subir un primer escalón y seguir ascendiendo peldaños. “Lo demás ha sido fruto de mucho esfuerzo y muchas horas de trabajo. A medida que avanzábamos hacíamos mejoras en el taller o invertíamos en material, pero despacio”, añade Ferichola.

Sus jornadas son, según Figueroa, “más largas de lo que nos gustaría”, aunque la artista admite que los fines de semana, salvo contadas excepciones, “son sagrados”. La hora de entrada al taller son las 08:30. Tras repasar las tareas pendientes y revisar el correo hacen las coladas de los moldes, un trabajo que conviene hacer cuanto antes porque no se pueden abrir hasta pasadas varias horas. “Cada día es distinto según las prioridades, explica Ana Ferichola, preparar envíos, reunirse con clientes, repetir moldes ya defectuosos, desarrollar piezas propias y para terceros o tareas relacionadas con la web, sacar fotos o redes sociales” (especialmente Instagram). “Si además es un día de hornada, añade Figueroa, la preparación nos lleva buena parte de la jornada; ya sea porque hay que lijar todo antes o por el esmaltado, que se hace a mano o a pistola, pero pieza a pieza”.

Para tener éxito en la complicada misión de ofrecer una obra reconocible, los esfuerzos que acometen en diseño o en acabados son constantes. “Hacemos piezas que no vemos en ningún sitio, pero todo es fruto de procesos de desarrollo largos y de muchas pruebas”, dice Natalia Figueroa, y argumenta como principal distinción un uso muy particular del color. “Buscábamos una cerámica diferente y cuando empezamos reinaba el blanco. Nos hemos convertido en especialistas en los acabados y tenemos una paleta de colores infinita que usamos con libertad y desparpajo. Queremos que nuestras piezas tengan alma y también sentido del humor; que sean útiles pero entrañables y con un puntito de poesía”.

Como parte de su ideario, en cada colección tratan de renovar objetos cuyo uso ha decaído aunque su utilidad sigue vigente, y lo hacen además con la pretensión de que los clientes mantengan un ‘matrimonio’ duradero con ellos. Una filosofía que engancha con una tendencia que se extiende y que aboga por el buen gusto sin necesidad de entrar en terrenos prohibitivos para el bolsillo. Según Ana Ferichola, “cada vez son más los que lo entienden así, si no, no podríamos sobrevivir. Personas que buscan lo contrario a la producción masiva y barata; productos sostenibles, duraderos y cercanos”. Un modus operandi con el que saltamos generaciones atrás, cuando los objetos tenían valor en sí mismos, practicidad al margen. “Utensilios a los que ya no estamos acostumbrados por la cultura de usar y tirar, pero que antes eran cotidianos. El plástico no mola”.

Defensoras a ultranza de la artesanía en su acepción más tradicional, no rechazan la inclusión de distintos avances que eleven la calidad de su trabajo; programas de diseño y fotografía o impresión 3D para proyectos y prototipos. Pese a todo, reconocen que su aportación más innovadora no está tanto en la técnica –“en el taller el trabajo sigue siendo artesanal”- como en el libro de estilo de la cerámica que buscan.

A caballo entre la venta física y online, tánata se beneficia de un movimiento que se expande en la capital, donde consideran que cada vez hay más tiendas con un concepto similar “de calidad, con creadores, diseñadores y artesanos cercanos”. En paralelo, y aunque el ecommerce gana enteros entre sus ventas, sus piezas están presentes en tiendas fuera de Madrid. Según Natalia Figueroa, tátana necesita ambas corrientes. “En la tienda es donde se puede tocar. A menudo, clientes que compran piezas on line nos dicen al recibirlas que son más bonitas que en la foto”.

Hoy se encuentran en pleno proceso creativo mientras preparan las piezas que verán la luz en primavera y barajan la posibilidad de dejarse ver en alguna feria de diseño importante, como la parisina Maison et Object. “Queremos aumentar la producción y vender fuera de España (tanto en tiendas como en la web)”. En definitiva, sus ambiciones se resumen en esta conclusión de Ana Ferichola: “¡Buscamos poder seguir haciendo lo que nos gusta y no parar de crear!”.

Natalia Figueroa (izqda.) y Ana Ferichola
Natalia Figueroa (izqda.) y Ana Ferichola

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here