El doctor Ignacio Melero, el pasado viernes, en la Fundación Ramón Areces, en Madrid.

Ignacio Melero, médico especializado en inmunología del cáncer, espera poder ser testigo (y partícipe) de los avances más prometedores en la lucha contra esta enfermedad, una de las principales causas de muertes en el mundo (18 millones en 2018). Y es que a sus 55 años, todavía le quedan al menos 15 años, según sus cálculos, antes de jubilarse para poder presenciarlos. “Yo creo que en inmunoterapia, y en terapia contra el cáncer en general, lo mejor está por venir”, asegura convencido el codirector del departamento de Inmunología e Inmunoterapia de la Clínica Universidad de Navarra (CUN).

Al también investigador senior del Cima, el centro de investigación en medicina aplicada de la clínica, el horizonte se le antoja prometedor: “Estamos a mitad de la explosión de la ola”. Según él, “los mayores éxitos hoy por hoy se están consiguiendo combinando inmunoterapia con estrategias convencionales”.

Actualmente existen más de 2.000 ensayos clínicos que combinan inmunoterapia con otras, como la quimioterapia o la radioterapia, muchos de ellos “en fase avanzada”, según el médico. “A lo largo del próximo año vamos a tener cantidades ingentes de información sobre qué tratamientos están disponibles y para qué tipos de pacientes”, destaca en conversación con Innovaspain en la Fundación Ramón Areces, donde este viernes y sábado se ha celebrado el simposio internacional ‘Hechos y esperanzas en la inmunoterapia contra el cáncer’, un encuentro organizado por el CUN y el Cima, que ha aglutinado a más de 400 especialistas.

Junto a su equipo del Cima, Melero está trabajando en varias líneas de investigación. Una de ellas está relacionada con la proteína CD137 que actúa como un acelerador en la membrana de los linfocitos T (un tipo de glóbulos blancos que pertenecen al sistema inmunitario y que, por tanto, ayudan a proteger el cuerpo de las infecciones). En combinación con otros anticuerpos funciona “con más potencia”. Según Melero, es como “liberar los frenos y pisar el acelerador al mismo tiempo”.

“En nuestro centro tenemos cuatro ensayos clínicos y estamos intentando buscar estrategias para maximizar el efecto sobre todo a través de combinaciones”, enfatiza Melero. Unas 11 compañías farmacéuticas también trabajan con este tipo de estimulación de los linfocitos, de acuerdo con el doctor.

Melero se encuentra, asimismo, trabajando con una terapia celular adoptiva (mediante extracción de células T de la sangre o el tejido tumoral del paciente, que se copian en el laboratorio y se devuelven al paciente), que en vez de inyectarse por vía intravenosa, se inyecta dentro de los propios tumores. Estos avances son especialmente prometedores en el melanoma (el tipo más grave de cáncer de piel), el cáncer renal, de ovario y en el de cuello uterino.

Pese a estos progresos, Melero confiesa que la falta de financiación sigue mermando la investigación. “Necesitamos la financiación adecuada para ayudar a los pacientes con el mejor tratamiento... Invertir en investigación y conocimiento es invertir en que ese valor añadido revierta en la economía del país”, destaca.

Otra de las limitaciones son las trabas burocráticas que prolongan el lapso entre la aprobación de un tratamiento y su disponibilidad para los pacientes. “Pasa demasiado tiempo y eso habría que acortarlo”, señala.

Una de las asignaturas pendientes, y causa de las más grandes frustraciones en los médicos, son los biomarcadores, los indicadores que, mediante el perfil genético del paciente y el tumor, permiten predecir si un tratamiento será eficaz o no. “Somos capaces de predecir poco”, afirma Melero.

Aún hoy en día estos biomarcadores no permiten saber de un modo categórico si un paciente se va a beneficiar o no con un tratamiento. El valor predictivo que los médicos pueden dar con base en estos “es bastante peor que el de los meteorólogos”, confiesa Melero. El problema es que un tratamiento mal aplicado, además de ser costoso, puede implicar grandes riesgos de toxicidad para el paciente.

Otra de las dificultades que presentan los biomarcadores es que estos se comportan de manera diferente en cada combinación de tratamientos. “Cuando ponemos una combinación de varios tratamientos, por ejemplo, de inmunoterapia con quimioterapia, el valor predictivo del biomarcador de repente se cae y deja de funcionar”, detalla.

Efectos psicológicos

El cáncer sigue teniendo “un tinte especialmente dramático”, reconoce Melero, pese a que la medicina es capaz curar varios tipos de tumores gracias al diagnóstico precoz, a las cirugías y a los distintos tratamientos.

“Desde el punto de vista psicológico, el cáncer conlleva muchos problemas, incluso en etapas de la enfermedad que podemos curar”, comenta Melero. En el caso del cáncer de pulmón, una de cada cuatro personas enfermas se ven totalmente afectadas emocionalmente, como lo demuestra un estudio publicado recientemente por la Asociación Española de Afectados de Cáncer de Pulmón (AEACaP) y la Fundación MÁS QUE IDEAS.

Antes de jubilarse, Melero espera poder ver avances definitivos y“que enfermedades que hasta ahora se consideraban no curables, “entren en el rango de enfermedades curables”.

Más de veinte años de investigación

Melero lleva 20 años construyendo una trayectoria allí mismo donde nacieron sus inquietudes sobre los principios del sistema inmunitario para tratar las enfermedades malignas, en la Universidad de Navarra. Pero cuando él empezó parecía que “todo era promesa y nada realidad”. El catedrático en medicina interna Jesús Prieto Valtueña, Premio Nacional de Investigación en Medicina “Gregorio Marañón” 2014, fue una de las figuras que más le inspiró para seguir este camino.

Antes de incorporarse a la universidad como profesor, y como médico en la clínica, trabajó durante cuatro años en un instituto de investigación de la farmacéutica Bristol Myers en Seattle (EE. UU.).

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