Gemma Galdon

Especializada en investigación responsable, Gemma Galdón es cofundadora de la empresa Eticas Research and Consulting, que promueve un uso ético de las tecnologías. Asesoran a organismos públicos y empresas sobre cómo hacer un buen uso de los datos, de tal forma que se pueda extraer el rendimiento requerido sin caer en prácticas poco responsables.

Asimismo, Galdón también aboga por un uso de las nuevas tecnologías que ayuden a sus usuarios en sus tomas de decisiones y no al revés. Por eso cree que la innovación debe buscar respuestas a problemas que ya existen, no partir de una solución y “crear un mercado para que alguien la compre”.

Una actitud emprendedora e innovadora que le ha valido su nominación como finalista al Premio europeo a las Mujeres Innovadoras. Un camino que, sin embargo, no ha estado exento de dificultades, algunas de ellas por el hecho de ser mujer, como por ejemplo, la falta de referentes.

Este premio reconoce la labor de las mujeres emprendedoras e innovadoras a nivel europeo, pero da la sensación de que aún hay pocas…

Es que es durísimo, es una heroicidad por muchos motivos. Hay una parte de falta de referentes; a mí me ha costado un montón saber quién quería ser como jefa, como empresaria, porque no tengo modelos positivos de mujeres que lideren. Con lo cual estás siempre sin saber por dónde tirar y con muchas inseguridades. Es decir, que la falta de referentes lo hace aún más difícil porque además la sociedad te devuelve constantemente un recelo, una falta de confianza, ponerlo todo en duda…

A mí me ha sorprendido mucho eso, ver empresas mucho menos sostenibles que la nuestra, con muchos menos ingresos y un plan de negocio peor trabajado, recibiendo una atención y cantidad de alabanza y apoyos… y yo, cada vez que abro la boca para explicar lo que me pasa, la gente me mira como diciendo “no será tanto”. Por lo tanto somos pocas, porque por desgracia aún sigue siendo más duro liderar una empresa como mujer que como hombre.

En tu empresa, Eticas Research and Consulting, promovéis la investigación y la innovación responsables en el desarrollo y uso de la tecnología de datos. ¿Cómo lo hacéis?

Lo que hacemos es intentar entender el contexto social en el que se inserta la tecnología e incorporar las preocupaciones de la sociedad. Los temas legales, sociales y éticos que identificamos los incorporamos en las especificaciones técnicas, es decir, desarrollamos tecnologías para que sean más responsables y respondan más a las necesidades de la población.

Un ejemplo: los coches pueden ir a 200 kilómetros por hora si se quiere o pueden no usarse los cinturones de seguridad… Pero no hacerlo son consensos sociales a los que hemos llegado para que el coche sea más responsable. Pues nosotros construimos el equivalente a límites de velocidad y a cinturones de seguridad en tecnologías de datos.

¿En qué se traduce todo esto, qué aplicaciones prácticas tiene?

De momento lo que hacemos son las especificaciones técnicas: cómo recoges los datos, cómo los tratas. Si estás trabajando con datos médicos por ejemplo, pues asegurar que quien los requiera pueda tener acceso a la información que quiere pero sin que eso ponga en vulnerabilidad a la persona que ha cedido los datos, para que luego ninguna empresa o administración haga un mal uso. También custodiamos que los dispositivos que capturan y analizan datos, hagan realmente lo que deben, que algunas veces nos hemos encontrado que no es así. Es decir construir tecnología más responsable, ponerla al nivel de lo que espera la sociedad que haga.

Siguiendo con el ejemplo de los vehículos, está el tema de los coches autónomos, cómo se toman las decisiones cuando uno de ellos tiene un accidente. ¿A quién se salva, al conductor o al peatón? Este tipo de decisiones las tenemos que construir dentro de los dispositivos, es lo que llamamos la discriminación algorítmica.

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Claro, porque a veces da un poco la sensación de que nos hayamos vuelto locos con la tecnología y queremos siempre ir a más, pero tampoco nos estamos planteando cómo se está haciendo… No es tanto plantearse qué se está haciendo como la forma.

Exacto, porque cuando lo vemos suele ser demasiado tarde. Nosotros intentamos precisamente evitar eso, y trabajamos con empresas que se empiezan a dar cuenta que una parte importantísima de la confianza de sus clientes pasa por que puedan ser responsables con lo que hacen. Lo que intentamos es ayudar a tomar mejores decisiones cuando la tecnología está involucrada.

¿Es casi como ser el antihéroe de la tecnología?

Una cosa que me sorprendió mucho cuando empecé a trabajar en estos temas es que decimos mucho que la tecnología nos permite tomar mejores decisiones, pero al final estamos tomando peores decisiones por la tecnología. Somos muy crédulos y cuando nos dicen que un dispositivo hace A, B o C, nos lo creemos a pies juntillas, no pedimos que nos lo demuestren; paramos y nos lo creemos y si no funciona pensamos que el problema somos nosotros.

En muchos otros ámbitos somos mucho más críticos y somos más capaces de valorar lo que nos están vendiendo, si nos están tomando el pelo o no. En tecnología, como es una caja negra y no sabemos cuáles son los procesos de datos, acostumbramos a comprar sin cuestionarlo. Por eso hay mucha decisión que se toma alrededor de la tecnología que es peor que la que tomamos en otros ámbitos. Eso es lo que intentamos solventar.

Se habla mucho de todas las tecnologías de datos como algo del futuro, ¿pero no es más bien el presente?

Es el presente y es el futuro. La capacidad que tenemos de gestionar y cruzar datos aumenta de forma exponencial desde hace muchísimo tiempo, somos más capaces de poner datos en relación. El problema es que los datos, si los ‘torturas’ suficientemente, te van a decir lo que tú quieras.

El problema no es tanto el dato, y el discurso del big data está centrado en que necesitamos tener muchos datos, cuando la clave no es ésa. Lo importante está en qué preguntarle a los datos. Pero introducir esa forma de pensar, que parte de los problemas y no de las capacidades tecnológicas, sigue siendo una anomalía en muchos ámbitos, de ahí el valor de empresas como la nuestra que hace un acompañamiento para ver si la forma de relacionarse de las empresas con la tecnología es la más sana y eficiente para sus propios objetivos.

En cuanto a los datos, ¿cuál es el siguiente paso, pasa por el internet de las cosas?

Internet de las cosas, seguramente no. Habrá muchos más dispositivos conectados, pero a nivel de modelo de negocio y de capacidad de crear beneficios, está habiendo muchísimos ejemplos de fracaso. Hay poco consumidor que opte por un servicio o una tecnología inteligente porque le cuesta ver el valor añadido.

En lo que sí vemos bastante futuro es en el tema de la autonomía: el coche autónomo, la toma de decisiones autónomas… En EEUU se está ya experimentando con la toma de decisiones jurídicas en base a algoritmos o diferentes parámetros. En la decisión autónoma sí que vemos que hay un recorrido bastante importante. En cambio, en el internet de las cosas a nivel usuario de consumo parece que las expectativas no se están cumpliendo.

Tú siempre has llevado una trayectoria muy ligada a la. ¿La innovación es una actitud?

Sí. La mejor definición de innovación es que consiste en intentar resolver problemas que existen. Cuando planteas un problema y piensas que puedes ayudar a solventarlo de una forma innovadora que nadie ha hecho hasta ahora, creo que eso es innovación, es la que más funciona y es la más agradecida.

Hay mucha innovación que se vende como tal, cuando en realidad es inventarse problemas. Parten de una solución y crean un mercado para que alguien la compre. Esa forma de innovar desgasta mucho y no es la mejor definición. Creo que una de las cosas que más nos unía a las finalistas del premio es que todas estamos solucionando problemas reales, son modelos de negocio basados en una necesidad real y no en necesidades inventadas.

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