Hay una frase que se repite en cada visita a una finca, ya sea en Murcia, en Lleida o en Badajoz. El agricultor coge un puñado de tierra, lo deshace entre los dedos y dice: «Esto antes era otra cosa». Y tiene razón. Buena parte de los agricultores españoles supera los 65 años, y muchos llevan décadas trabajando el mismo campo, de lunes a domingo. No lo saben porque se lo hayan contado, sino porque lo han vivido. Y, por si alguien no se fía de su palabra, los datos le dan la razón.
Entre el 60 y el 70 % de los suelos de la Unión Europea no están sanos, según la Comisión Europea, y su degradación cuesta más de 50.000 millones de euros al año. En 2025, la sequía afectó a cerca de 928.000 km² de Europa, y en 112.000 km² de cultivos el rendimiento no volvió a su nivel habitual, según la Agencia Europea de Medio Ambiente. En España el problema es todavía más grave. Más de dos tercios del territorio son zonas áridas, semiáridas o subhúmedas secas. La Estrategia Nacional de Lucha contra la Desertificación calcula que las tierras agrícolas pierden unas 30 toneladas de suelo por hectárea y año, el triple que las forestales, cuando lo tolerable estaría entre 2 y 3. Algunas estimaciones oficiales apuntan a que, si nada cambia, la productividad agrícola del sur de Europa podría caer a la mitad de aquí a 2050.
Europa ha reaccionado. La Directiva de Vigilancia del Suelo, en vigor desde el 16 de diciembre de 2025, obliga por primera vez a los Estados miembros a medir la salud de todos sus suelos, con el objetivo de que estén sanos en 2050. No impone nuevas cargas al agricultor, pero marca el rumbo. Y en ese rumbo aparece cada vez más una expresión que conviene aclarar antes de que se convierta en un simple reclamo comercial: agricultura regenerativa.
Regenerar no es lo mismo que conservar, ni que producir en ecológico. La agricultura ecológica se define por los insumos que permite y los que prohíbe. La regenerativa se define por lo que consigue en el suelo: que la tierra salga de cada campaña con más vida y más materia orgánica que al empezar. En la práctica se apoya en unos pocos principios concretos: menos laboreo, suelo siempre cubierto, más diversidad de cultivos y rotaciones, y mejor gestión del agua.
Hay quien la ve como una moda ideológica que resta rentabilidad al agricultor. Los números dicen otra cosa. Hoy se pueden regenerar suelos sin complicar el trabajo y ganando competitividad. Incluso se abren nuevas fuentes de ingresos, como los créditos de carbono ligados a prácticas regenerativas.
Un metaanálisis publicado en 2026 en Nature Communications, que revisa 120 años de datos agrícolas, concluye que los sistemas regenerativos dan entre un 20 % y un 78 % más de beneficio neto que los convencionales equivalentes. Advierte además de que los estudios basados en una sola campaña subestiman mucho esa ventaja, que a 20 años puede llegar al 189 %. Es cierto que la transición dura entre tres y cinco años y exige inversión. Pero, una vez completada, el retorno se sitúa entre el 15 % y el 25 %. ¿Por qué iba un agricultor a liderar el cambio hacia una agricultura más sostenible? Porque le interesa. Porque los números salen.
Aun así, el cambio da vértigo, y es lógico: el agricultor se juega su patrimonio en cada campaña. Por eso hacen falta palancas fáciles de adoptar, que no exijan grandes inversiones ni compliquen el manejo. Los insumos biotecnológicos son una de ellas, y en particular los bioestimulantes que regeneran el suelo, que encajan con las prácticas que el agricultor ya aplica.
En este terreno, España juega con ventaja: llevamos décadas investigando y comercializando bioestimulantes de origen natural. Las microalgas son un buen ejemplo. Su composición (péptidos, aminoácidos, polisacáridos, betaínas, carotenoides y compuestos fenólicos) actúa a la vez sobre la planta y sobre la vida del suelo. No en vano, los microorganismos fotosintéticos están en el origen de los primeros suelos fértiles. Los bioestimulantes de microalgas ayudan al cultivo a tolerar el calor, la sequía y la salinidad. También favorecen la salud y la biodiversidad del microbioma del suelo y mejoran el aprovechamiento del nitrógeno y el fósforo. Un grupo operativo murciano, con el CEBAS-CSIC y varias cooperativas, logró reducir un 30 % el abono nitrogenado químico en hortícolas y cítricos con bioestimulantes de microalgas autóctonas, sin perder producción ni calidad.
Es solo un ejemplo entre muchos. La innovación existe y está disponible; el cuello de botella es el acceso. El mercado mundial de bioestimulantes ronda ya los 5.000 millones de euros y crece a doble dígito, mientras el de insumos químicos está estancado. Pero sigue funcionando con la lógica de siempre, la de los químicos: una cadena de suministro larguísima en la que el agricultor acaba pagando la logística y el margen de cada intermediario. El distribuidor o la cooperativa, lejos de la innovación, se limita a despachar lo que le piden en vez de impulsar su adopción con venta técnica.
Hay que acercar la tecnología al campo. Eso significa poner al distribuidor en el centro del tablero, transferirle conocimiento y darle incentivos para que acelere la innovación. Acortar la cadena importa todavía más con productos bioactivos, que pierden eficacia con el tiempo. Por eso fundamos Phoenix Biosolutions, que introduce por primera vez en su sector un modelo TaaS (Technology as a Service) para automatizar y democratizar el acceso a la innovación. Una empresa sola no cambia un sistema, pero sí puede demostrar que otro modelo es posible. Las herramientas existen; falta hacerlas accesibles. Si no, seguirán cogiendo polvo en la estantería del laboratorio, lejos del campo. Y eso, como dicen los datos y los agricultores, no nos lo podemos permitir.



