Carlota Nelson en Casa América, el pasado 25 de junio,

La directora de cine Carlota Nelson ha pasado de sumergirse en la vida de unos pescadores de la antigua Unión Soviética en Anclados (2010), a zambullirse en el cerebro de los bebés con su más reciente documental, Brain Matters (2019), una producción Colombia-España.

Así como entró en la vida de estos marineros que, tras la desaparición de la URSS, quedaron atrapados en Las Palmas, y los filmó durante tres años, Nelson se empapó de neurociencia para poder realizar su último documental estrenado en la Casa América en Madrid, hace apenas una semana.

La directora nacida en Tokio (Japón) de madre argentina y padre sueco, investigó durante ocho meses antes de la filmación sobre los primeros años de vida de los bebés. Fueron meses de lectura, de hablar con neurocientíficos, economistas –como el premio Nobel James Heckman–, padres de familia, educadores, de visitar laboratorios… Todo con el objetivo de saber cuáles son los factores que determinan a los niños en el desarrollo de su máximo potencial. Más de tres años de trabajo en total en los que viajó a países como Chile, México, Colombia, Estados Unidos, España, India e Inglaterra.

“Hay muchas ideas sobre los primeros años que hemos querido desmitificar”, asegura Nelson sobre el documental, que surgió por encargo de la Fundación Génesis en Colombia. Una de estas ideas preconcebidas es que lo que somos está determinado por los genes o por el coeficiente intelectual. Otra es que el estatus socioeconómico es lo que nos determina. “Lo que está diciendo la ciencia es que eso puede influir pero no determina”, afirma.

Lo que un menor necesita “no tiene que ver con dinero ni cosas materiales” sino “con el tiempo y la dedicación de los padres o cuidadores”, continúa Nelson. “Lo que determina realmente son las experiencias a las que se expone a los bebés desde que nacen, incluso hay muchos que argumentan que es antes de nacer, cuando la mamá está embarazada”, añade.

Algunas de las cosas que más le sorprendieron en este proyecto fueron dos programas educativos gratuitos, uno en México, CENDI, y otro en Colombia, Mis Primeros Pasos, de la Fundación Génesis, en los que se toma en cuenta a los niños no solo desde el punto de vista del coeficiente intelectual, sino de una forma “holística”, tomando en cuenta el desarrollo del lenguaje, el nutricional y sus habilidades. “Uno tiende a pensar que en el primer mundo es donde está lo mejor”, cuestiona Nelson. Unos programas que involucran no solo a los padres, sino también a los abuelos.

Tras rememorar el dicho popular It takes a village to raise a child (se necesita un pueblo para criar a un niño), la directora reivindica la necesidad de que gobiernos, los que elaboran las leyes, empresarios e instituciones, tomen conciencia y no dejen solos a los padres en esta difícil labor.

El documental de 72 minutos, que se estrenó en mayo en Bogotá, no está solo dirigido a los padres, “todos hemos sido hijos”, se exclama Nelson, que pretende hacer reflexionar a los espectadores sobre cómo fueron sus primeros años. Los de ella fueron movidos. Nació en Tokio pero al poco tiempo sus padres y ella se fueron a Argentina. Más tarde, en el 65 se trasladó a España.

La obra muestra cómo el lenguaje es un ingrediente básico en la formación de los menores. “El número de palabras que escucha un bebé determina el número de palabras que luego va a decir a los tres años”, agrega. Por ello, es fundamental hablarles desde que nacen, aprovechar todos los momentos cotidianos, aunque ellos no hablen, según Nelson, “están asociando y trabajando para crear esas asociaciones”. 

Y entre más idiomas se le hablen, mejor. De acuerdo con lo aprendido por Nelson, a los seis meses, un bebé es capaz de distinguir todos los sonidos de todos los idiomas del mundo. Es un mito que si a un bebé se le habla en muchos idiomas se confunde.

El juego libre e intencional, es decir, guiado por adultos, es otro elemento clave. Patricia Kuhl, directora del Instituto para el Aprendizaje y las Ciencias del Cerebro de Washington (EE. UU.), asegura, según Nelson, que no es bueno exponer a los niños de menos de tres años a ningún aparato electrónico. 

Los bebés son expertos en imitar, en leer las caras y el lenguaje corporal, las interacciones cara a cara son muy importantes. “El bebé no aprende de las máquinas, aprende de otro ser humano”, zanja Nelson.

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