Aunque no seamos conscientes, cualquier profesional tiene dos identidades: una física con la que estamos más acostumbrados a tratar y una segunda virtual que se define a través de nuestras acciones en el ámbito digital a las que en muchos casos no prestamos atención como mandar un email, recomendar un producto o publicar una foto en una red social.

Podemos definir formalmente la identidad digital como el conjunto de rasgos que caracterizan a un individuo en un entorno tecnológico, aunque podemos quedarnos con una definición mucho más simple: nuestra identidad digital es todo lo que devuelve un buscador, cuando tecleamos nuestro nombre. Nuestra identidad digital, por tanto, está definida por el contenido publicado, los comentarios, los perfiles personales e incluso los contactos que tenemos en dichos perfiles.

Lo aconsejable es que ambas identidades, la física y la digital, vayan de la mano, aunque hay casos en los que no es así: un neurocirujano especializado que no usa con regularidad ninguna herramienta digital ni tiene presencia online es un “indigente digital” aunque en el mundo físico sea una eminencia. De la misma manera, un hacker puede ser un ídolo online y un perfecto desconocido de perfil asocial en el ámbito físico.

Al igual que cuidamos nuestra apariencia física o nuestra red de contactos, la identidad digital puede abriros muchas puertas ya que conformará los cimientos sobre los que construiremos nuestra reputación profesional y nuestra marca personal. Da igual a lo que nos dediquemos y el cargo que tengamos, si somos una empresa o un particular. Cada vez es más habitual que ante un proceso de selección de personal o un primer contacto de negocios, nuestro interlocutor haga el ejercicio previo de buscar nuestro nombre en Google. Los resultados que obtenga pueden facilitarnos las cosas o complicarlas de forma irreparable.

En la actualidad hay padres que buscan en Google las combinaciones de posibles nombres de su futuro hijo con su apellido para ver qué ofrece el buscador. Aquellos padres que consideren importante la futura identidad digital y visibilidad de sus hijos buscarán una combinación de nombre y apellidos cuyo correspondiente dominio en Internet esté libre y devuelva pocos resultados en el buscador. También evitará elegir una combinación que coincida con personajes históricos o celebrities para evitar que sea eclipsado por ellos. Otros padres sin embargo, asustados por el efecto que la pérdida de privacidad puede suponer sobre el futuro de sus hijos decidirán adoptar nombres muy extendidos que permitan a sus hijos diluirse entre las búsquedas. Por ejemplo, si te llamas “Wenceslao Madrid” podrás construir una potente identidad digital y si te llamas “Juan García” te será muy fácil pasar desapercibido.

Pero la identidad digital extiende sus tentáculos mucho más allá de lo estrictamente profesional ya que en la actualidad, la exposición pública generalizada en el ámbito digital es aceptada de buen agrado, en especial por las generaciones más jóvenes de nativos digitales, hasta un nivel que nos cuesta entender a todos aquellos que nacimos y crecimos con un sentido mucho más estricto de la privacidad.

El éxito de muchas redes sociales como Facebook o Instagram tiene su origen en este cambio de mentalidad del público más joven que no dudan en sacrificar su privacidad a cambio de notoriedad. Todos estamos aprendiendo a movernos en este nuevo entorno digital y debemos comprender las consecuencias que supone en el largo plazo, una exposición irreflexiva, visceral o poco responsable. Este riesgo lo resume muy bien una frase de Eric Schmidt, presidente de Google: “en el futuro habrá personas que tengan que cambiar de nombre para huir de su pasado digital”.

Pero el control que tenemos sobre nuestra identidad digital irá disminuyendo. A medida que crezca la automatización y la capacidad de proceso, ya no valdrá con borrar unos cuantos tuits para lavar nuestra imagen. A día de hoy, nuestra identidad digital queda definida por lo que publicamos, algo así como “somos lo que decimos”, por lo que nos basta con no publicar nada que no queramos que sea usado en una futura entrevista de trabajo, sacado a la luz en un juicio o publicado por un periódico. Pero el rastro digital que dejan nuestras acciones va a ser cada vez mayor y nos resultará mucho más difícil controlarlo.

Para añadir otro componente más de complejidad, la identidad digital no sólo se genera con lo que publicamos sobre nosotros mismos, sino también por lo que terceros pueden publicar sobre nosotros. Por tanto, no podemos dejar que nuestra identidad digital dependa sólo de lo que opinen terceras personas, ya que puede influir muy negativamente sobre nuestra reputación profesional.

Sobran las razones para cuidar nuestra identidad digital, sin caer en el exceso ni en lo irresponsable, y no es algo que se pueda cambiar de la noche a la mañana. Así que no esperes más. Empieza a pensar ya en ese “yo virtual” que quizás no haya recibido el suficiente cariño por tu parte. Empezar es tan sencillo como buscar tu nombre en Google. Haz la prueba: ¿Los resultados son lo que esperabas?

José Manuel Vega es autor del libro “Intraemprendedores. Reinventa tu empresa con espíritu startup” (Ed. Libros de Cabecera) en el que entre otros temas, revisa la importancia de la identidad digital para los profesionales intraemprendedores. Más información en www.librosdecabecera.com

No hay comentarios

Dejar una respuesta