La IA ya ha entrado en las aulas y, lo que es más importante, en la vida cotidiana de los estudiantes. Esta realidad provoca que la pregunta “¿deberían utilizar la IA los alumnos?” se haya quedado obsoleta. El debate ha cambiado el foco. Ya no se trata de hablar de prohibición o restricciones, sino de qué necesitan aprender los jóvenes en un mundo donde esquivar a la IA no será posible ni tendrá sentido hacerlo.
Pau García-Milà, cofundador y co-CEO de Founderz, escuela de negocios especializada en IA, explica a Innovaspain que, en su opinión, la llegada de estas herramientas no plantea solo una transformación tecnológica, sino un cambio en las propias reglas del aprendizaje. “La verdadera revolución de la IA en las aulas no es tecnológica, sino educativa”, asegura.
El experto considera que ya no se trata de decidir si ChatGPT u otras herramientas similares pueden emplearse para hacer un trabajo, resolver un ejercicio o preparar un examen. Lo relevante, sostiene, es qué ocurre con el aprendizaje cuando una máquina puede proporcionar una respuesta casi instantánea y qué rol debe jugar el sistema educativo ante esa imparable realidad.
García-Milà compara el momento actual con otras revoluciones tecnológicas que históricamente abrieron el debate de los riesgos asociados. “Cada vez que aparecen, la primera medida suele girar en torno a cómo limitarla”, explica. Ocurrió con internet, con las calculadoras y ahora vuelve a suceder con la inteligencia artificial. La diferencia es que ahora toca asumir que los estudiantes ya la utilizan.
Y desde este punto de no retorno, solo queda tratar de evitar que la situación se descontrole. “La prioridad no debería ser enseñar a manejar una aplicación concreta. Las herramientas cambian demasiado rápido. Lo que permanece es la necesidad de entender qué hay detrás de ellas y, sobre todo, aprender a utilizarlas con criterio”.
El conocimiento es poder
En esa “urgente alfabetización en inteligencia artificial”, el experto defiende que los estudiantes comprendan el funcionamiento y limitaciones de estos sistemas; cuándo pueden equivocarse o qué papel debe seguir teniendo el criterio humano. García-Milà refuerza esta argumentación con un ejemplo. “Un alumno puede utilizar una herramienta de IA para obtener una respuesta sin haber comprendido absolutamente nada del proceso. En ese caso, la tecnología funciona como un atajo. Sin embargo, también puede emplearla para pedir una explicación diferente, contrastar una información, explorar varios puntos de vista o recibir feedback sobre su propio trabajo”.
En un lado, la IA sustituye el esfuerzo intelectual. En el otro, puede ampliarlo. “La verdadera brecha ya no está entre quienes tienen acceso a la IA y quienes no, sino entre quienes saben utilizarla con criterio y quienes simplemente la consumen”, apunta el cofundador de Founderz.
Esta nueva realidad, lleva aparejados sus propios aprendizajes. “Implica enseñarles a cuestionar las respuestas, contrastar información, detectar errores y reconocer cuándo una explicación resulta poco fiable. También a comprender que una respuesta bien redactada no es necesariamente una respuesta correcta. Si un alumno simplemente copia una respuesta que no comprende, hemos conseguido exactamente lo contrario de lo que debería perseguir la educación”, advierte García-Milà.
Un nuevo docente
Si la IA es capaz de (casi) todo lo que imaginamos como fuente de conocimiento, ¿qué lugar ocupará el profesor? “El docente será todavía más importante”, señala García-Milà. “La IA puede ayudar a personalizar explicaciones, adaptarse a distintos ritmos de aprendizaje o generar actividades, pero no puede sustituir aquello que aporta una persona: acompañamiento, criterio, motivación, capacidad para fomentar el pensamiento crítico o ayudar a desarrollar autonomía”.
El experto sí considera que, “en determinados contextos”, el profesor pasaría de ser el principal transmisor de información a convertirse, cada vez, más en un guía capaz de ayudar al alumno a interpretar, cuestionar y utilizar la información que tiene a su alcance. Añade que la escuela no debería intentar competir con una tecnología capaz de procesar y generar información a una velocidad muy superior a la humana ya que su cometido sería enseñar a los más pequeños a convivir con ella.
En esta línea, cree que para que el cambio sea posible, es condición indispensable que los profesores sean formados en IA. Apunta que “no parece razonable” exigir a los docentes que enseñen un uso responsable de la tecnología (cuya evolución es permanente) sin proporcionarles antes los conocimientos necesarios para comprenderla.
Es aquí donde el emprendedor reclama una mayor implicación de las administraciones públicas. “La propia Unión Europea ha reconocido la importancia de esta cuestión al incorporar la alfabetización en inteligencia artificial como un elemento clave para garantizar un uso seguro y responsable de la tecnología”, recuerda.
¿Otra brecha educativa?
La actual transformación conlleva otros riesgos pegados a la educación, como que la capacidad de utilizar la IA con criterio termine dependiendo de dónde estudia un alumno. García-Milà opina que la alfabetización en IA debería convertirse en una competencia básica, y no en un conocimiento reservado a determinados centros. “No se trata de convertir a los estudiantes en expertos tecnológicos, sino de dotarles de las suficientes herramientas intelectuales para desenvolverse en un mundo atravesado por la IA”.




