Sandra Uve
A la izquierda, Concha Monje, en conversación con Sandra Uve ayer en el Espacio Fundación Telefónica. (Imagen: Sofía Calero)

“Todos somos puntos de conexión, bombillas llenas de energía que iluminamos a otras bombillas para generar nuevas ideas”. En 2015, la escritora, ilustradora y divulgadora Sandra Uve arrancó el proyecto que hoy se ha convertido en el centro de su actividad. Supermujeres, superinventoras’, era y es “una propuesta fundamentalmente educativa que pone sobre la mesa desigualdades de género tanto cuantitativas como sociales”.

“Muchas de las mujeres de las que hablo en el libro carecían de derechos civiles que les permitieran patentar sus inventos”. Lograr ese reconocimiento abrió otras muchas puertas. De paso cambiaron el mundo. “Acciones de lucha que las convirtieron en referentes para las siguientes generaciones de mujeres”, explicaba Sandra Uve en la presentación del ‘Anuario de la Innovación en España 2018’  (editado por Novus Innovación Digital, al igual que este diario).

La investigación de Sandra Uve sigue abierta, y sus conferencias y talleres se enriquecen progresivamente ya que asegura no haber parado de “desenterrar el trabajo de mujeres olvidadas”. Una labor “titánica” (en la que ya maneja 3.000 nombres) que se topa con la ausencia de información, sobre todo cuando ejercieron antes del Siglo XX. “Tengo la suerte de trabajar también con mujeres vivas, y de conocerlas en persona”.

Una de estas figuras femeninas de bombilla bien iluminada y con la que es posible dialogar en tres dimensiones es Cocha Monje, flamante Premio Ada Byron a la Mujer Tecnóloga 2019, un galardón que concede la Universidad de Deusto y que viene a echar más leña al fuego a un completo currículum. Investigadora en Robótica y Control de Sistemas en RoboticsLab de la Universidad Carlos III de Madrid, Monje es una de las artífices de Teo, un robot humanoide único en su ‘especie’.

Educar

Dentro del cambio de paradigma, diferentes señales indican que la robótica es un área que está en condiciones de romper moldes en las escuelas gracias a una serie de intangibles. “Introducir la robótica en clase es un boom relativamente reciente. Lo importante es que va más allá de la diversión y que lleva a desarrollar habilidades que posicionan a los más pequeños en una situación ventajosa para enfrentarse al mundo que nos espera”, señalaba Monje.

Para la investigadora, a la vez que programan un robot, los niños aprenden conceptos generales de ciencia a través del juego. “Ayuda a trabajar en equipo, a establecer un pensamiento crítico, a resolver grandes problemas sin apenas darse cuenta… Amueblan la cabeza de modo productivo y eficiente. Hay que extender esta tendencia”.  Sandra Uve coincidía con Monje en los beneficios de inculcar estos conocimientos, “mejor hoy que mañana”. “Hay que hacerlo cuando tienen 6-7 años y niños y niñas no hacen diferencias en la aceptación de unas u otras materias”.

Creatividad olvidada y sentar las bases

Que ingeniero proceda del término ingenio es una de las evidencias que justifican la inclusión de la ‘A’ en el ámbito STEAM. Lejos de tratarse de una incorporación caprichosa, ambas coincidían al catalogar como peligroso dejar a un lado la creatividad en ciencia y tecnología. “Buscar soluciones a problemas por vías no exploradas es ser creativo y contribuye a que una investigación tome posiciones de liderazgo”, añadía Monje.

Para llegar a ese objetivo, un buen comienzo que allana el camino posterior tiene el punto de partida en casa. “La multidisciplinariedad en el hogar es fundamental”, exponía la investigadora. “En mi casa habitaban televisiones y radios destripadas. Mi padre las arreglaba. También cantidad de discos. Los niños lo absorben todo, la crianza es la clave y es responsabilidad de los padres dotar a sus hijos de herramientas y normalizarlo. Somos un compendio de lo que vivimos y de lo que nos nutrimos. Soy ingeniera, pero en esa faceta han intervenido muchos otros factores”. En el mismo terreno, muchas de las ‘Supemujeres’ de Sandra Uve coinciden en haber contado con adultos en casa que observaron que detrás de esa inquietud había un genio escondido. 

concha monje
(Imagen: Sofía Calero)

Poco amiga del prejuicio que cataloga a los ingenieros como germánicos cuadriculados, Monje ha puesto un ejemplo que conoce bien para desmontar el mito. “El robot Teo es una idea que hemos desarrollado desde cero siete personas y que se enmarca en un proceso en el que también han aportado su visión varios artistas; pero aún hay muchos que no entienden que el nuestro es un trabajo creativo”.

Esa visión polímata que cruza disciplinas marca una diferencia que incide en la buena salud de las líneas de investigación abiertas en un ambiente de disrupción total. “A veces me siento pequeña antes de proponer un proyecto. Pienso que se acerca demasiado a la ciencia ficción y que no se lo van a creer, pero en las convocatorias futuras se trata de prometer la Luna, de decir que vas a solucionar algo no resuelto aún, al margen de cómo lo hagas”, aseguraba Monje. “La mayoría de las inventoras que he recopilado no tenían nada antes de desarrollar ideas fantásticas”, añadía Sandra Uve.

Otro ingrediente ineludible es la pasión. “Cuando nos juntamos varias con este tipo de inquietudes no paramos de hablar; hay tantas cosas maravillosas que están haciendo las mujeres que nos falta tiempo”. Según Monje si la pasión no está en el día a día, no sólo en la carrera profesional, es muy complicado dar el máximo. “Llegues adonde llegues, tu vida será más rica si eres una persona apasionada y si tienes la capacidad de contagiar esa pasión y de empaparte de las de los demás”.

Sobrevuela la conversación una de esas problemáticas que urge resolver: la ausencia de chicas en las carreras científico-técnicas. Aunque su abordaje práctico y teórico empieza a derivar en lo que parecen soluciones factibles, ambas coindicen en que la brecha es todavía profunda. El documental ‘¿Por qué tan pocas?’, en el que ha colaborado Concha Monje, analiza este contexto. “Si la mujer no interviene en la configuración de los algoritmos que tomarán las decisiones y que tanto dicen de quien los ha diseñado, mal vamos. Parte del distanciamiento de la mujer respecto a estas disciplinas es porque no acaban de entender el objetivo final. Por eso hay tantas matriculadas en bioingeniería, porque ven clara su aplicación. Es importante desentrañar estas cuestiones”. “Y reeducar de forma más innovadora en el colegio, haciendo ver que la ciencia es divertida”, apuntaba Sandra Uve. “Aunque sea un trabajo muy complejo y minucioso”.

Los planes de la escritora e ilustradora son el reflejo del puro nervio que la lleva a tener varios frentes abiertos aunque con la coherencia del propósito por bandera. “En 2020 seguiré con los talleres y las exposiciones. Estoy dándole vueltas a varios posibles libros que me gustaría publicar como uno dedicado a niños inventores”. Concha Monje y su equipo se han planteado el reto de renovar a Teo y convertirlo en un robot blando. El proceso es todo menos sencillo. “Es sofisticado y complicado. Ya hemos conseguido que doble el cuello. La robótica avanza con bio-inspiración, diversidad y multidisciplinariedad. Ese es el nuevo paradigma”, concluía la investigadora.

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