Mariano Jabonero

La pregunta no es obvia y menos en estos momentos en los que, tanto las escuelas como los sistemas educativos en su conjunto, tienen como meta lograr mayores niveles de calidad, equidad e inclusión y deben hacer frente a este reto sin recurrir a métodos disruptivos en su actividad cotidiana. La innovación es, en consecuencia, el recurso indispensable para promover cambios que mejoren de forma efectiva la educación.

La innovación no obedece a un impulso externo a la institución educativa. Como ha expuesto el investigador argentino Axel Rivas, surge desde dentro, como una fuerza centrífuga que somete a revisión y crítica al conjunto de componentes de la escuela, una institución que, por tradición, tiende a defender y reproducir hasta la saciedad los mismos comportamientos y prácticas.

Esta revisión hay que hacerla necesariamente aprovechando fuerzas internas que tiendan puentes hacia el futuro y, como apunta el autor antes citado, hacerse preguntas para buscar nuevos caminos, utilizar una mirada científica que busque evidencias y que, por ello, prescinda de experimentos o atajos y, por último, que obedezca a una rebelión sobre el orden vigente.

La innovación, aunque pueda parecer contradictorio, requiere orden y método, requisitos que le aportarán estabilidad para superar las euforias de los primeros momentos, así como los desencantos asociados a las dificultades y fracasos temporales y alcanzar los objetivos gracias a seguir una pauta perfectamente programada, con progresividad en su aplicación.

En ocasiones, se ha asociado la innovación con la aplicación y éxito de supuestas utopías que venían a revolucionar el mundo educativo, como fueron el constructivismo o más recientemente la irrupción de la tecnología en la educación. La innovación, como reflexión y práctica compleja, no puede limitarse a nutrirse de un solo modelo doctrinal o conceptual, o llevarse a cabo a través de un recurso instrumental, por muy sofisticado que sea.

Como ha demostrado el profesor e investigador Francesc Pedró, la tecnología ofrece un enorme potencial transformador a la educación, potencial que puede verse disminuido hasta la irrelevancia si no se enmarca en un proceso innovador en el que destaquen aspectos como las nuevas metodologías, atraer, retener y cualificar a los mejores docentes, contar con un liderazgo eficaz y, entre otros más, aplicar una sistemática evaluación externa.

La innovación contribuye en estos momentos a hacer efectivo el derecho a una educación de calidad en condiciones de equidad y para todos, y ahí radica su gran potencial transformador de una escuela que se encuentra en la encrucijada más importante de su historia: en un momento en el que debe desarrollar en sus alumnos y alumnas unas nuevas competencias y habilidades que son imprescindibles para un futuro caracterizado por la incertidumbre.

Este artículo ha sido publicado en la edición impresa del Anuario de la Innovación en España 2018

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