datos joan Pons

Hace unas semanas, un proyecto del Instituto Nacional de Estadística (INE) provocó cierta inquietud entre la población. El organismo hizo público que durante ocho días habría  rastreado miles de móviles para conocer cómo se mueve, dónde vive o trabaja la población española. Se trataba de una iniciativa de gran envergadura,  en la que los tres grandes operadores habrían compartido la localización de los ciudadanos en distintas horas del día. Desde el INE se insistió en asegurar que esta información se recabó de manera completamente anónima, y que únicamente utilizaron el número de teléfono y no el titular asociado.

El INE no es el primer organismo o empresa en realizar este tipo de seguimientos con los datos de los móviles. En realidad, se trata de una práctica habitual, aunque normalmente suelen ser campañas más pequeñas destinadas a conocer el comportamiento de un grupo de usuarios concreto. Sin embargo, ha sido tal la reacción y malestar generado en torno al anuncio de este proyecto, que el INE ha tenido que esforzarse e insistir en que no había riesgo ni peligro para las personas, haciendo especial hincapié en el anonimato de los datos, es decir, en que no se identificaría personalmente a los usuarios de esos teléfonos móviles rastreados.

En pleno siglo XXI, en la llamada era del Big Data, en la que todos los procesos se basan ya en la obtención, análisis e interpretación de los datos, hay ciertas corrientes que luchan contra esta tendencia y abogan por la defensa a ultranza de la máxima privacidad. ¿Por qué genera tanta inquietud en ciertas personas ceder sus datos? ¿Por qué se produce ese rechazo a compartir parte de nuestra información? ¿Por qué ese miedo a los datos?

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Precisamente, si algo ha traído la era de la información es la posibilidad de facilitarnos la vida, de ahorrarnos tiempo en acciones o tareas superfluas en las que invertíamos más tiempo. Un tiempo que ahora podemos dedicar a otras actividades. La rápida evolución de Internet ha promovido la creación en los últimos años de múltiples formatos tecnológicos y plataformas destinadas a mejorar nuestras vidas, nuestro día a día. Pero éstas sólo pueden hacerlo si les suministramos una información básica, es decir, nuestros datos.  

Un ejemplo patente y muy extendido de esa comodidad que nos aportan las nuevas tecnologías son los mapas de carretera. Gracias a los datos que facilitamos, Google y otros sistemas similares, nos conducen a nuestro destino de vacaciones o lugares de trabajo por el camino más corto y breve.  Todos utilizamos ya el navegador para circular, y en ese momento no pensamos en qué tipo de información y datos estoy facilitando...

En realidad, se trata de un intercambio en el que ambas partes salen ganando, un “win win”, a cambio de ceder cierta información obtenemos un beneficio.  Ese beneficio, en otros casos, significa tranquilidad para nosotros, por ejemplo en ciertas aplicaciones móviles de seguridad personal destinadas a dar un seguimiento al trayecto de una persona por la calle y avisar a la Policía si se produce una emergencia. 

En otras ocasiones, los datos se facilitan para obtener un diagnóstico médico o una estimación de seguros... Y lo más común hoy en día son las aplicaciones y sistemas con los que buscamos optimizar nuestro tiempo y tareas diarias. Gracias a que facilitamos una cierta cantidad y un determinado tipo de información personal, podremos obtener otras informaciones, sugerencias y publicidad ajustadas nuestro perfil y deseos o necesidades, por ejemplo, en lo referente a compras, seguros, viajes, rutas ... 

No sólo eso, los asistentes de voz, cada vez más presentes entre nosotros, están continuamente recogiendo nuestra información para devolvernos “ayuda” en sus diversos formatos. En definitiva, todo va orientado a la optimización de nuestro tiempo. El tiempo es valioso y no se recupera, tener una ayuda que nos haga ganar minutos, horas... bien vale unos cuantos datos. ¿Qué es lo que puede pasar si cedo mis datos? Nada, absolutamente. Quien ha entendido el valor de este intercambio, está convencido de la total conveniencia de ceder nuestra información personal o profesional si con ello obtenemos un beneficio.  No se trata de no dar valor a los propios datos, sino de que también se valora lo que lograré a cambio.

¿Y qué ocurre en el ámbito laboral? Exactamente igual.  Aquéllos que ceden sus datos esperan con ello obtener mejoras en su trabajo. Es frecuente atascarse en ciertas tareas, en algunos proyectos, en actividades no productivas.... La monitorización de funciones y el registro horario de reciente obligada implantación en las empresas, contribuye a mejorar el rendimiento laboral a través del análisis de los datos recabados.

No se trata de controlar, sino de ayudar al empleado a través de la información que él mismo proveé al sistema, horas que pasa en un proyecto, tiempo que emplea en ciertas funciones... Todo será después analizado con el objetivo de poder optimizar recursos, tanto personales como materiales y temporales. El sistema de registro horario y de tareas, beneficia a todos, empresas y trabajadores, quienes pueden ser reubicados en puestos más adecuados a su perfil y habilidades, o cuyas funciones o rutinas pueden modificarse con la finalidad de ser más productivos.

En breve estarán activos los sistemas de control facial incluso en las vías urbanas. No es el futuro, es el presente, está aquí, y nuestra vida es mejor, podemos dictar un mensaje o realizar una videollamada mientras desarrollamos otra tarea como caminar, cocinar,  escribir, montar en bicicleta...  Podemos tener nuestra agenda, nuestros bancos, nuestra información de salud integradas todas en el móvil, en una plataforma... donde queramos.  Toda la sociedad está integrada en el sistema, y nuestra información también. Las llamadas “Smart cities” son eso, datos e información para lograr una urbe eficaz y resolutiva para los ciudadanos. Para mejorar, hay que saber, hay que tener información.  ¿Quién teme a los datos?

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