España supera por primera vez los diez millones de habitantes de 65 años o más y se encamina hacia una sociedad en la que casi un tercio de la población habrá cumplido esa edad en 2046. El demógrafo del CSIC advierte de que no estamos ante una crisis coyuntural, sino ante una transformación histórica que cambiará la economía, los cuidados, las relaciones sociales y hasta los modelos de consumo.
España ha entrado en una etapa demográfica que puede marcar un antes y un después. A 1 de enero de 2025, 10.178.625 personas tenían 65 años o más, el 20,7 % de la población. Y esto es solo el principio en lo relativo a esta franja de edad. Las proyecciones apuntan a que en 2046 superarán los 16 millones y representarán cerca del 30 % de la población. Casi uno de cada tres habitantes será mayor de 65 años.
“La gente mayor está llegando hoy para revolucionar este país”, sostenía ayer Julio Pérez Díaz, demógrafo del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC y coordinador del informe Un perfil de las personas mayores en España, 2026, presentado en la sede central del organismo público. Durante su intervención ha invitado a abandonar la mirada tradicional sobre el envejecimiento dentro de una transformación que trasciende la estadística y que obliga a replantear nuestra concepción de la vejez.
El informe, elaborado por el Departamento de Población del IEGD-CSIC, reúne información sobre demografía, salud, recursos económicos y condiciones de vida, con especial atención a la vivienda y el entorno. Una de sus principales aportaciones es la continuidad de las series estadísticas y la posibilidad de observar transformaciones que no se explican por lo sucedido en un solo ejercicio, sino por trayectorias vitales acontecidas durante décadas. En este punto, Julio Pérez situaba una de las claves para interpretar correctamente los datos. “No pensemos que la vejez cambia por lo que ha ocurrido en el último año; lo hace por lo que sucede a lo largo del plazo de vida anterior”.
Una revolución sin marcha atrás
El demógrafo del CSIC ha rechazado que el envejecimiento pueda interpretarse como una anomalía que las políticas públicas deban corregir. “Esto no es reversible; se va a acelerar”, advertía. El experto recordaba que esta transformación comenzó hace más de un siglo y que ha alterado radicalmente la manera en que nacemos, sobrevivimos y nos reproducimos.
España arrancó el siglo XX con apenas 18 millones de habitantes, una fecundidad superior a cuatro hijos y medio por mujer y una esperanza de vida que no alcanzaba los 35 años. La mortalidad infantil superaba los 200 fallecimientos por cada mil nacimientos: uno de cada cinco niños no llegaba a cumplir su primer año y la mitad de los nacidos no alcanzaba los 15.
El país ha recorrido desde entonces una distancia ‘maratoniana’. Hoy supera los 50 millones de habitantes y se encuentra entre los territorios con mayor esperanza de vida del mundo. Y lo ha conseguido sin aumentar la fecundidad, sino justamente mediante el proceso contrario que Pérez definía como “revolución reproductiva”. “Con muchos menos nacimientos conseguimos mucha más población”. La sociedad tiene menos hijos, pero los cuida mejor, les dedica más recursos y consigue que sobrevivan en proporciones que habrían resultado inimaginables para las generaciones anteriores.
Este fenómeno no se limita a España. Los países más avanzados en esta transición, fundamentalmente europeos, llevan tiempo experimentando saldos vegetativos negativos. España ya registra más defunciones que nacimientos, pero continúa ganando población gracias a la inmigración. De hecho, el saldo migratorio neto se ha convertido en un elemento determinante de la evolución demográfica española. Y tiene, además, una particularidad que tendrá consecuencias en las próximas décadas: la inmigración reciente está protagonizada en su mayoría por personas jóvenes, que también forman familias y tienen descendencia. “El resultado será una sociedad con perfiles generacionales y trayectorias culturales mucho más diversos”.
Personas más formadas y activas
La cifra que enumera a los mayores de 65 años no es mucho más que un número. La verdadera novedad, y el dato que cierra el círculo según el investigador, lo ofrecen los perfiles de las personas que están llegando ahora a esa edad y las diferencias que presentan respecto a las generaciones anteriores. “Han tenido mejores condiciones de alimentación, educación, salud y trabajo. Las generaciones que hoy comienzan a jubilarse han vivido una España radicalmente distinta de la que conocieron sus padres”.
Uno de los cambios más profundos es el ligado a la educación y la formación. Las generaciones que cruzan ahora la meta de la jubilación han disfrutado de un acceso mucho más amplio a la educación secundaria y superior. Pero hay otra transformación que Julio Pérez considera significativa. “Con los nacidos en los años sesenta se da un cataclismo en el nivel de formación en este país, que consiste en que las mujeres tienen tantos estudios o más que los hombres”.
Las mujeres que empiezan a jubilarse ahora son las primeras que llegan a la vejez después de haber desarrollado, de manera generalizada, trayectorias laborales remuneradas, cotizado a la Seguridad Social y alcanzado niveles educativos muy superiores a los de sus antecesoras. También han tenido una presencia social mucho más activa.
Esta transformación tendrá efectos sobre las pensiones y sobre la autonomía económica femenina. El informe constata que la brecha de género en las pensiones españolas ha descendido del 32,5 % de 2016 al 27,3 % de 2025, aunque continúa siendo elevada y su reducción avanza más lentamente que en el conjunto europeo. La desigualdad responde, en buena medida, a las menores tasas históricas de formación y participación laboral de las mujeres. El cambio generacional permitirá reducirla progresivamente, aunque sus efectos no serán inmediatos.
También cambia la composición de la población más longeva. La diferencia entre hombres y mujeres se consolida a partir de los 53 años y se acentúa conforme avanza la edad, debido a la mayor supervivencia femenina. La vejez española es, por tanto, más femenina, con una presencia creciente de mujeres en las edades más avanzadas y una mayor incidencia de la viudedad.
Julio Pérez Díaz también ha querido ir más allá de los indicadores económicos y educativos. Le preocupa que aún predomine una visión asistencial y protectora de las personas mayores, como si fueran un colectivo homogéneo, dependiente y sin capacidad de iniciativa. “Ni son pobres, ni son inmóviles, ni tienen una educación escasa”, aseguraba. Más del 90 % de las personas mayores son propietarias de su vivienda, y muchas mantienen una actividad social intensa después de jubilarse. Participan en asociaciones, fundaciones y proyectos de asesoramiento, y transmiten conocimientos y experiencia a generaciones más jóvenes. “Cuidado con mantener una visión asistencial, protectora y de pobrecitos de la gente mayor”, insistía.
El territorio desconocido de los centenarios
La prolongación de la vida abre otros escenarios que hasta hace poco apenas tenían relevancia social. España contaba con 17.038 personas centenarias a 1 de enero de 2025, un 7,1 % más que el año anterior. Aproximadamente ocho de cada diez son mujeres. Para Pérez, el crecimiento de este grupo no es una sorpresa: “Estamos hablando de algo que empezó a gestar hace un siglo”, explicaba. Quienes alcanzan ahora los cien años son personas que han sobrevivido a unas condiciones sanitarias, alimentarias y sociales muy diferentes de las actuales. Su longevidad es el resultado de una historia que comenzó mucho antes de que cumplieran su primer año de vida.
Este nuevo escenario, cada vez más poblado de centenarios y, sobre todo, centenarias, implica formular nuevas preguntas. “¿Cuáles son las pautas de conducta, la moda de vestir o el consumo cuando se tienen más de 100 años? ¿A qué club social te apuntas? ¿A qué actividades? ¿Qué programas de televisión ves?”. El investigador consideraba que estamos construyendo un modelo social prácticamente inédito: el de las personas que, pese a su avanzada edad, en muchos casos mantienen una vida activa y unas relaciones sociales que no encajan con los estereotipos tradicionales.
Vivir más, pero no peor
La prolongación de la esperanza de vida plantea un reto que ha ganado peso con el tiempo: ¿estamos añadiendo años a la vida o también vida a los años?
Los datos muestran que ambas dimensiones avanzan, aunque a ritmos distintos. Según Eurostat, en 2023 la esperanza de vida saludable a los 65 años alcanzó los 10,3 años en mujeres y los 10,2 en hombres. Ambos indicadores mejoraron respecto a 2022, aunque todavía no habían recuperado los niveles prepandemia.
Julio Pérez celebraba que aumente la esperanza de vida en salud, pese a que vivir más implica hacerlo durante más tiempo con enfermedades crónicas. “Lo sorprendente es que haya seguido aumentando la esperanza de vida en salud porque mucha gente que no muere lo hace arrastrando enfermedades y durante mucho tiempo”.
Los avances farmacológicos permiten que personas con VIH, cardiopatías o hipertensión mantengan una esperanza de vida mucho más cercana a la del conjunto de la población. Sin embargo, advertía de que la salud de quienes llegan hoy a la vejez depende también de sus condiciones de vida durante décadas anteriores. “Son generaciones que han estado mejor cuidadas, mejor alimentadas, no han sido explotadas, han conocido el trabajo bajo unas condiciones de mayor bienestar”.
España ha recuperado, además, la trayectoria ascendente de la esperanza de vida tras el retroceso provocado por la COVID-19, que llegó a aproximarse a un año. Sobre sus límites, Julio Pérez no comparte las predicciones de vidas de mil años, pero considera plausible que quienes nacen hoy en España superen los cien años. La esperanza de vida actual, recordaba, se calcula con las condiciones de mortalidad presentes y no incorpora los futuros avances médicos y tecnológicos.
El peso de las familias
El aumento de la longevidad también implica más personas que necesitarán apoyos y cuidados durante periodos prolongados, especialmente ante discapacidades graves. ¿Está España preparada? Pérez Díaz no dudaba. “No lo estamos. Esto que está ocurriendo no ha sucedido jamás, y lo que va a ocurrir, mucho menos”. Sin embargo, distinguía entre la capacidad de adaptación institucional y la de las personas. “Somos muy innovadores, muy flexibles y muy imaginativos”. En su opinión, las familias españolas —“que tienen una cintura enorme”— han demostrado una gran capacidad para modificar comportamientos y encontrar soluciones ante situaciones que las administraciones no siempre resuelven.
Esta flexibilidad es tangible en los cuidados. Quienes atienden a personas mayores de 90 años con discapacidades graves son, en muchos casos, personas que también superan los 60 años, sobre todo mujeres, aunque cada vez más hombres asumen esta responsabilidad. Si los servicios públicos no podrán asumir toda la carga prevista, Pérez indicaba que “la esperanza es la resiliencia que tienen los hogares”.
Viviendas antiguas y vidas largas
La vivienda constituye otro desafío. El 56,6 % de los hogares cuya persona de referencia tiene 65 años o más reside en viviendas construidas antes de 1981. Además, aunque el 20,7 % ha realizado mejoras de eficiencia energética en los últimos cinco años, otro 30,3 % considera que las necesita. Entre los propietarios que no han podido acometerlas, el 74,1 % señala el coste económico como principal barrera.
Según Pérez, “con el aumento de la duración de la vida, esas viviendas todavía van a coexistir más tiempo con sus residentes en el futuro. Así que la necesidad de adaptarlas es evidente”. Por ejemplo, en edificios antiguos sin ascensor, algunas personas mayores llegaron a reducir sus salidas a la calle por las dificultades para bajar varios pisos de escaleras.
El investigador añadía que las políticas de vivienda deberán incorporar cada vez más la perspectiva de la longevidad, tanto en la adaptación de los edificios como en la capacidad económica de sus residentes.
Diferencias territoriales
El envejecimiento presenta importantes diferencias territoriales. En 2025, las personas de 65 años o más representaban el 29,1 % de la población de los municipios rurales, frente al 20 % de los urbanos. Asturias, Castilla y León y Galicia registraban las proporciones más elevadas. Las diferencias entre municipios responden en buena medida a la emigración de población joven, tanto actual como acumulada durante décadas.
Esta distribución exige modelos de atención diferentes, pues las necesidades de transporte, asistencia sanitaria, servicios sociales y adaptación residencial varían entre pequeños municipios y grandes ciudades.
El valor de anticiparse
Julio Pérez reivindicaba también el trabajo estadístico que sostiene el informe, integrado en una serie anual elaborada desde hace prácticamente dos décadas a través del portal Envejecimiento en Red. Su principal aportación es recopilar datos oficiales, mantener series temporales homogéneas y facilitar el acceso abierto a tablas y gráficos.
Para el experto, la demografía necesita perspectiva histórica: las tendencias de mortalidad, fecundidad y migraciones responden a inercias construidas durante décadas, no a decisiones políticas puntuales. Por ello, entiende que es clave que las administraciones utilicen esta información para anticiparse. El CSIC mantiene interlocución con distintos organismos públicos y participa en labores de asesoramiento institucional.
El documento de 2026, elaborado por el propio Pérez junto a Ana Belén Castillo Belmonte, Pilar Aceituno Nieto y Diego Ramiro Fariñas, cuenta con el apoyo de la Plataforma Temática Interdisciplinar Salud Global del CSIC y está disponible íntegramente en abierto.
“Esto es un tsunami, no nos estamos dando cuenta de lo que viene”, advertía. En su conclusión incidía en que la cuestión no es cómo frenar ese proceso, sino cómo prepararnos para aprovechar las oportunidades de una sociedad en la que la longevidad dejará de ser una excepción para convertirse en una característica fundamental.



