Concha Monje robotica roboticlabs Universidad Carlos III de Madrid
Concha Monje junto al robot TEO. (Imagen: InnovaSpain).

Concha Monje (Badajoz, 1977) pasa unos días en Madrid. Un breve paréntesis de su estancia temporal en Italia, en The Biorobotics Institute de la Scuola Superior Sant’Anna de Pisa. Entre otras cosas, viene a recoger un premio en su tierra, El Gigante Extremeño del Año, en Puebla de Alcocer. Meses atrás, Monje fue galardonada con el Premio Ada Byron a la Mujer Tecnóloga de la Universidad de Deusto.

Normalmente, la investigadora pasa buena parte de su tiempo en la Universidad Carlos III, ya sea impartiendo clases, trabajando en el RoboticsLab o en su despacho, donde diseña estrategias con su equipo, coordina la actividad de sus estudiantes de doctorado, escribe publicaciones o valida papers y proyectosde terceros como colaboradora del Ministerio de Ciencia e Innovación y de la Comisión Europea.

Monje explica que activó su viaje a Pisa motivada por la relevancia del instituto toscano en robótica blanda, el área a la que ella se dedica actualmente. “Diseñamos eslabones, en general extremidades como el cuello o los brazos, y ellos llevan mucho tiempo trabajando en esa línea, aunque también son capaces de fabricar órganos artificiales con material blando”.

No es la primera colaboración que hace con ellos. “Con su directora, Cecilia Laschi,  he llevado a cabo varios talleres de robótica blanda en conferencias punteras. Esta vez percibí que había llegado el momento de ir a conocer sus prototipos, probar sus controladores en nuestros desarrollos y determinar cómo funcionan en una plataforma diferente”. También trabajan con The Biorobotics Institute en el programa Robocom++, uno de los más ambiciosos de la UE, liderado por los italianos.

Concha Monje define su línea de investigación como fundamental por las múltiples aplicaciones en las que puede ayudar.  “No es un reto concreto. En resumen, investigo para integrar eslabones blandos en un robot humanoide”. Aunque TEO es la joya de la corona del laboratorio, el propósito es aplicar esas innovaciones a cualquier robot. “La robótica blanda es un paso adelante a favor de los robots y su relación con las personas.  Al restarles rigidez, ganan en seguridad. Es más difícil que causen daño a las personas o a sí mismos”, apunta.

Esta tecnología también funciona en exoesqueletos, mejorando la vida cotidiana de personas con movilidad reducida. Y en robótica asistencial, es útil en robots extracorpóreos. Otra línea del laboratorio en la que Monje no está directamente involucrada es la del desarrollo de robots sociales con ruedas, que llevan a otro nivel la interacción humano-robot; valiosos también en la recuperación cognitiva de personas de edad avanzada. Un subgrupo diferente ‘reviste’ con añadidos emocionales a las máquinas gracias a elementos como el empleo de la voz idónea en cada caso.

La robótica y el flechazo

Pero antes de llegar hasta aquí, Concha Monje nos transporta al principio de su vocación, a un ordenador MSX y a las tardes interminables con su primo, “que hoy es informático”, descifrando los códigos de programación incluidos en el manual de la máquina. Aquel regalo se lo hizo su padre, el mismo que compaginaba la docencia en un instituto de Formación Profesional en Electrónica con la reparación de todo tipo de aparatos. “Televisores fundamentalmente, pero también sabía montar emisoras de radio. Es un gran conocedor de las ‘tripas’ de la electrónica”.

Fascinada por el lenguaje de computación, los videojuegos y las máquinas, “por todo lo que tuviera botones y sonidos”, Monje estudió Ingeniería Electrónica en un momento en el que no tenía entre sus objetivos dar el paso a la robótica. “Vino de casualidad,  mientras hacía mi tesis en la Universidad de Extremadura. La investigación, que completé en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial de Ciudad Real, giraba en torno al diseño de distintos sistemas, entre ellos un brazo robótico flexible”.

Antes de acabar la tesis, recibe un mail que anuncia plazas abiertas a investigadores visitantes en la Universidad Carlos III. Es en el Departamento de Ingeniería de Sistemas y Automática de la universidad madrileña donde vive el flechazo definitivo con la disciplina. “Aquí todo era robótica. Me gusta lo tangible de nuestra actividad y me identifico con los alumnos que hoy me dicen que quieren hacer trabajos de fin de grado ‘de los de cacharrear’; en los que vean resultados”. 

Desde entonces no ha tenido tiempo para aburrirse. “Este trabajo es muy entretenido y, a la vez, un reto continuo”. El desafío, según Monje, es lograr que las cosas funcionen de verdad teniendo en cuenta que un robot es un sistema muy complejo. “Intervienen muchas disciplinas: programación, electrónica, física, control… Fusionar todo esto es complicado, pero para que el impacto sea el adecuado tienes que tener un grupo detrás”.

La cotidianeidad de la investigadora y su equipo se articula en la distribución de tareas que culminen en el diseño de un nuevo eslabón. “Quien hace el boceto no es el mismo que lo integra en el robot, que debe conocer con todo detalle las limitaciones y el funcionamiento del software”. Monje lidera la parte de control. “Si le digo que se mueva, tiene que hacerlo en la dirección que le indico, y no es fácil”. Cada semana marcan hitos para los siguientes siete días.

A la interdisciplinariedad, Monje añade otro elemento ineludible. “La creatividad es fundamental. Tengo muchos amigos en entornos artísticos, de la escultura al cine (Monje fue asesora científica de la película ‘Autómata’), y siempre me dicen que el trabajo que hacemos es súper creativo. Quizá carece de belleza estética; pero la resolución de problemas partiendo de fórmulas y códigos en un ordenador obliga al ingenio, y más hoy en día, cuando las soluciones tienen que funcionar bien y además ser atractivas. Somos muy expertos en generar necesidades y cubrirlas”.

España y la oportunidad

En un escenario de cambio y disrupción, ¿en qué campos de la robótica puede destacar España? Concha Monje opina que el país tiene mucho que aportar en automatización inteligente. “Ya somos un referente en robótica industrial. Es impresionante lo que hacen fabricantes de coches y aviones. Tenemos que proteger ese expertise, preocuparnos de no perderlo y ser competitivos dotando a los robots industriales de más inteligencia. Hay que elaborar un plan y acometer una inversión importante”.

La investigadora extremeña admite que, pese a que la inteligencia artificial es un “nicho genial” a explorar y explotar, estamos lejos de competir con Estados Unidos. “También tenemos muy difícil estar a la cabeza en robótica social. Japón va por delante porque sus ciudadanos acogen a los robots desde otra óptica, sin miedos ni tabúes. Miedos que sí tenemos aquí y que nos impiden ser competitivos en esa parcela”.

Para avanzar, llama a tirar del carro con más fuerza tanto a la empresa como a la administración. “No es fácil. Los responsables públicos no gestionan bien la investigación ni le otorgan la importancia que merece. Los fondos son muy escasos y los recibimos a destiempo, nunca de manera acompasada al desarrollo de los proyectos. Al poco dinero hay que añadir el tiempo que pasamos justificando cada euro que gastamos. El trabajo burocrático es ingente”.

Mujeres STEAM

Comprometida con incrementar la relevancia de la mujer en los ámbitos científico-tecnológicos, la investigadora incide en el papel de la familia para eliminar estereotipos y despertar la curiosidad excluyendo connotaciones de género. “Hay que dedicar tiempo a los niños y niñas, inculcarles la pasión por descubrir. Que vean y prueben todo lo posible. Que conozcan todas las ramas; el arte y el patinaje, el futbol y la programación. No nos limitemos a que los niños jueguen al balón y las niñas a las muñecas. También considero muy positivos los juguetes diversos y especializados, con funciones en su crecimiento. Yo jugaba a las muñecas, pero también con los puzles, los ‘Mecano’ y el balón”.

¿Y en el colegio? “Una profesora intentó desanimarme a estudiar ingeniería. Esto sigue ocurriendo incluso, y es el colmo, con algunas orientadoras”.  Monje recuerda que el desvío que agranda la brecha de género STEAM empieza a los 7 años, cuando las niñas pasan a desechar determinadas áreas. “Profesiones estigmatizadas como frikis o raras. El rol social de la mujer influye en cierto espanto por una formación de la que a veces no se entienden ni el nombre ni el propósito. Hay estudios que concluyen que el nombre de las carreras impacta en el número de mujeres que deciden cursarlas. No es lo mismo oír hablar de Informática a secas, que de Informática aplicada a…”. 

“La solución es fácil”, añade la investigadora. “Dejemos que cada uno decida libremente. Para eso hay que cuidar mucho a los pequeños y dotarles de muchas herramientas. Se trata de que decidan con el mayor aprendizaje previo posible en la diversidad”, concluye Monje.  

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