Por Aziz Baladi y Alexander Riobo – Esta columna fue publicada originalmente en el blog Moviliblog del BID.

Nos encontramos ante un pequeño autobús eléctrico y autónomo, que en vez de volante, pedales y conductor tiene unas pantallas que te muestran información del clima, destinos y lugares cercanos; un vehículo con 6 LiDARs, 2 radares y 4 cámaras en vez de espejos retrovisores; un sistema de transporte con algoritmos de machine learning que se ejecutan sobre un hardware de computación de alto desempeño, y que se guía mediante un GPS de alta precisión y un mapa digital de alta definición. Pero, tal vez lo más impresionante, es que este medio de transporte no es fabricado a partir de acero sino impreso en 3D a partir de un polímero resistente y fácilmente maleable, lo cual permite transformar la industria manufacturera.

Todas esas tecnologías se encuentran en Olli, un shuttle autónomo de la empresa Local Motors que opera en las calles públicas en National Harbour en Washington DC, así como en Berlín, Copenhague y la Universidad de Buffalo; y que fuimos a conocer cómo parte de la agenda de digitalización de la División de Transporte del BID.

A lo largo de la ruta que recorre se ven señales que alertan: “Vehículo Autónomo”, y contrario a lo que pensabamos, los demás vehículos y peatones que circulan por esa área no se detienen a tomarle fotos: en pocos meses ya se han acostumbrado a su presencia en las calles.

Al subirnos, el operario que nos acompañó durante el trayecto explica que, aunque Olli es perfectamente capaz de operar sin ninguna intervención humana, la reglamentación local exige que siempre vaya abordo un humano que pueda accionar un freno de emergencia.

Empieza el trayecto a una velocidad lenta, apenas 15 millas por hora y llegamos a un “4-way stop”, y Olli, cómo cualquier conductor humano, se detiene y espera a que el vehículo, que llegó a la misma intersección apenas unas décimas de segundo antes, proceda. Pero el otro vehículo tal vez considera que Olli llegó primero y no arranca. Olli avanza una pulgada, y se detiene de nuevo, el otro coche también. Nuevamente, avanza una pulgada y se detiene, hasta que, al parecer, Olli y el otro coche (dirigido por un humano) llegan a una especie de acuerdo en el que Olli cruza primero.

Este tipo de comportamiento, típico de los conductores humanos se denomina en inglés “inche-ing”, y aunque para nosotros es algo natural al conducir, casi innato, para un robot es algo realmente complicado, pero Olli lo realiza de manera muy natural.

¿Es este el futuro del transporte? ¿Qué implicaciones trae? ¿Qué se requiere para que lo veamos en América Latina y el Caribe (ALC)?

El primer paso comienza en cómo nace Olli.

Olli es el producto de años de esfuerzo y experimentación de Local Motors, con un modelo de negocio inclusivo, para co-crear productos. Esta manera de trabajar empezó con un desafío de escasez de financiamiento en Local Motors, lo cual obligo a la empresa a crear su primer coche a través de crowdsourcing; terminando con el Desafío de Movilidad Urbana de Berlín, que tenía la intención de crear un servicio de transporte masivo sin emisiones, que obtuvo la ganadora propuesta sobre Olli por parte de un co-creador de Local Motors (los co-creadores representan una red de más de 20.000 diseñadores).

El potencial de Local Motors se debe a una visión disruptiva, con alianzas estratégicas en investigación y desarrollo con empresas de tecnología e ingeniería, que son posibles de fomentar en la región. ALC debe impulsar estas maneras inclusivas de transporte y al mismo tiempo abrir el espacio para experimentos pequeños con alto potencial.

Con esto, las ciudades y los países de la región pueden aprender de estas nuevas tecnologías, conocer las implicaciones sociales, ambientales y técnicas, y estar preparados para realizar las reformas necesarias en sus marcos legales y regulatorios. El desafío es grande e incierto, pero aquellos que estén a la vanguardia de estos productos, podrán absorber los innumerables beneficios de esta disrupción.

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