Tras estudiar Químicas en la Universidad de Córdoba, y mientras preparaba su tesina en el departamento de Química Inorgánica, Carmen Guerra se dio cuenta de que la investigación no era para ella. “Me encanta hablar; lo mío es la ciencia a 45 revoluciones por minuto”. Pero a finales de los 80 estas inquietudes no eran tan fáciles de satisfacer. “Nadie hablaba de divulgación en aquella época. Conocía y admiraba los museos británicos de Ciencia e Historia Natural, pero la museografía como salida profesional nunca se me había pasado por la cabeza. Y referentes como Carl Sagan estaba entonces fuera de mi alcance”.

Con la docencia en el punto de mira, aprobó las oposiciones y, nada más salir de la facultad, ya estaba en un aula. “Fui consciente de lo incompleto de mi formación, tanto en contenidos como en metodología”. A base de horas de trabajo extra y de una curiosidad insaciable, se puso manos a la obra para cubrir carencias. Así descubrió los libros de Física Recreativa de Yakov Perelman o las aportaciones de Tom Tit y Gastón Tissander.  “Me pareció fantástico poder abordar cuestiones académicas muy sesudas con vasos, papeles, corchos y otras herramientas más propias de una cocina que de un laboratorio”, señala.

Otro filón para sentar las bases divulgativas del que hoy es el ‘estilo Guerra’ llegó tras sumergirse –“leyendo todo lo que caía en mis manos”- en distintos capítulos de la Historia de la Ciencia desde otra óptica, alejada del aburrimiento. “A todos nos gustan las historias, y la ciencia es una de las empresas humanas más apasionantes”. Pero, como una cosa llevaba la otra, Guerra echaba de menos una formación específica basada en estos capítulos científico-tecnológicos relevantes y en su verdadera trascendencia social a lo largo de los siglos. A raíz de estudiar un curso de experto universitario en Ciencia, Tecnología y Sociedad empezó a impartir asignaturas como ‘Métodos de la Ciencia’ o ‘Cultura Científica’, materias que se aproximaban cada vez más a sus objetivos.

Hoy, después de casi 20 años enseñando en distintos institutos andaluces, sigue preocupada por moverse en el mismo plano que sus alumnos. Para ello trabaja diferentes técnicas de comunicación, y se ha formado en periodismo científico sin dejar de lado una aproximación más profunda a los museos. Un Erasmus en el Deustsche Museum sobre la relación entre las escuelas y los museos muniqueses le ofreció otras perspectivas que poner en práctica. Nuevos conocimientos que reforzó con un “fascinante” master de Museografía Interactiva en la Universidad de Barcelona.

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Guerra compagina las clases con shows y charlas; y colabora con la web Clickmica, de Fundación Descubre. “La interacción con el público me apasiona, y mezclar la ciencia con el cine, la literatura o la historia”. Entre los más recientes, destaca un espectáculo que preparó junto a José Antonio Mañas, comisario del Museo Andaluz de la Educación (MAE) y coleccionista de instrumental de investigación antiguo, centrado en el 200 aniversario del ‘Frankenstein’ de Mary Shelley y en cómo la novela trata el apartado científico.

Carmen Guerra y José Antonio Mañas durante el taller dedicado a 'Frankenstein'.

“Los shows de electricidad son fantásticos, pero los de química no se quedan atrás”, afirma Guerra, a quien esta particular gira ha llevado a museos como el Parque de las Ciencias de Granada o Principia y a centros educativos. “Participo en un programa de la UMA donde varios profesores e investigadores impartimos charlas en colegios de forma gratuita”. Imaginamos una agenda con pocos huecos entre tanta actividad frenética. Guerra le quita importancia a esta ocupación full time. “El tiempo no cuenta cuando te diviertes. Me encanta preparar los guiones, recopilar experimentos o cortes de pelis y fragmentos de libros para ilustrar las charlas”.  

De nuevo en clase, le gusta que los alumnos participen, “ya sea con preguntas interesantes o desconcertantes” y mantener el contacto con ex alumnos, que la tienen bien informada de sus caminos profesionales y de nuevos avances. Reconoce que es complicado que los alumnos integren en su realidad aquello que aprenden. “Para la mayoría la ciencia es algo que ocurre los lunes de 9 a 10H y los miércoles y jueves de 12 a 13H. Es complejo hacerles ver que las disciplinas en el instituto son fruto de organizar el espacio y el tiempo y que la energía de la que habla el profesor de física es la misma que la que explica el de gimnasia”. Y rompe una lanza en favor de sus compañeros. “Es muy fácil decirle a los profesores lo que tienen que hacer sin haberse metido en clase y ver las limitaciones de la educación formal y, evidentemente, la diversidad del alumnado, especialmente en lo que afecta al interés ante la disciplina”.

Considera que para que los estudiantes se adapten mejor al ritmo del cambio del actual contexto, el sistema educativo debe empezar por la formación inicial y la actualización científico-didáctica del profesorado. “También ha de adaptarse la organización espacio temporal de la escuela. Es imposible trabajar por proyectos si no podemos coincidir los distintos profesores y alumnos involucrados. Muchas iniciativas no poden trabajarse de hora en hora, hace falta más flexibilidad de horarios, algo incompatible con el actual marco escolar”. 

En un año en el que el 150 aniversario de la Tabla de Medeleiev (Tabla Periódica) está marcando en buena medida la línea de la divulgación científica, Carmen Guerra no ve el momento de que lleguen las vacaciones y poder “darle vueltas a la temática que desarrollaré el próximo curso, aunque me gustaría más dejarme llevar por lo que vaya surgiendo”.

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