La investigadora Ana M. González Ramos
La investigadora Ana M. González Ramos

Según los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), las mujeres suponen un 23,8% de los empleos en tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en España. Una investigación de la Universitat Oberta de Catalunya y la Universitat de Barcelona analiza las razones por las que las mujeres están infrarrepresentadas en este sector.

Ana M. González Ramos, autora principal del estudio, es investigadora sénior en el Institute Interdisciplinary Institute (IN3) en la Universitat Oberta de Catalunya desde hace diez años. Es Licenciada en Sociología por la Universidad de Granada en 1994 y Doctora por la Universidad de Cádiz en 2004, en el Departamento de Estadística e Investigación Operativa. En los últimos cinco años ha dirigido proyectos competitivos relacionados con los estudios de género y las TIC, las mujeres y las carreras científicas, y la movilidad internacional de personas altamente cualificadas, financiados por diferentes ministerios, Fundación laCaixa y la ACUP (Asociación de Universidades Publicas Catalanas) en la convocatoria Recercaixa. De este último proyecto es de donde surge el artículo alrededor del que gira esta entrevista.

El objetivo del proyecto era analizar y también proponer recomendaciones dirigidas a aumentar el número de mujeres en los sectores tecnológicos, identificando tres puntos claves: incorporación (“puesto que la proporción de mujeres graduadas en estudios relacionados es menor que el de los hombres, aunque en el caso de estos también hay una disminución últimamente, lo cual parece indicarnos que es preciso reflexionar sobre los planes de estudio y la filosofía de dichas titulaciones, para hacerlas más atractivas y también más ágiles y flexibles a la dinamización del sector TIC actual”); retención (“puesto que el reto no pasa sólo por atraer más mujeres sino que se sientan a gusto y no abandonen estas profesiones) y promoción (“ya que el sector TIC parte de una segregación horizontal importante”).

Una línea de investigación con la que han acumulado conocimientos de utilidad y que ha implicado la progresiva actualización de los datos recogidos; un compendio de información que han puesto en común con los que consideran actores claves para contribuir al establecimiento de conclusiones prácticas y a los que han dirigido varias acciones: estudiantes, profesores, empresarios PYMES, responsables de RRHH de multinacionales, redes femeninas y feministas de mujeres tecnólogas, agencias de contratación, head-hunters..

Para Ana M. González el problema tiene varias raíces. “En primer lugar, la percepción de que las mujeres somos tecnófobas, ignorando que estamos tan expuestas a estos avances como los hombres y que las usamos en el mismo grado aunque solemos tener un propósito al utilizarlas, no nos interesa la tecnología en sí misma”. En este sentido, y como explica la investigación, mujeres que trabajan en tecnologías enfatizan el hecho de que las tecnologías sirven para hacer algo para otros, los fines sociales son muy valorados. “Las mujeres se sienten ajenas a ciertos procesos de construcción de la tecnología, y convendría que estuvieran involucradas desde las primeras fases de su desarrollo”.

La investigadora añade como hándicap para que las mujeres accedan a estas zonas la asociación errónea entre el trabajo o el estudio de la tecnología con el tedio o la frialdad. “Esto se debe a que se han modelado desde una perspectiva masculina y a que los hombres son mayoría también en los órganos de decisión”. Y otro de los problemas es para González Ramos la invisibilización de los logros obtenidos por mujeres es estas áreas, “con lo que reforzamos valores vigentes, los estereotipos negativos y el inmovilismo de la situación”.

Tampoco ayuda el clima de los teóricos paraísos para el desarrollo de estas profesiones. Nuria Oliver se refería en una intervención reciente al daño producido por el sexismo de la cultura Brogrammer (bro+programmer) de Silicon Valley y a las zancadillas que esta corriente ponía al ascenso de las mujeres en las compañías más techies a escala global. Para González Ramos, “cuanto más deseada es la empresa menos oportunidades nos dejan a las mujeres o, mejor dicho, a aquellas mujeres que quieren mantener su identidad de género y no cambiarla hacia un perfil masculino”.

En línea con otras aportaciones procedentes del ámbito educativo, la investigadora defiende que los elementos de un cambio de tendencia debe ‘inyectarse’ desde las primeras edades porque “la extensión de los medios digitales es una oportunidad de cambio pero que hay que analizar con cuidado”. González se refiere, entre otras cosas, a que si bien las nuevas tecnologías juegan a favor de una mayor flexibilidad para conciliar vida laboral y familiar, las exigencias, los ritmos que impone la competitividad o las metas estresantes son obstáculos que tienen que sortear las mujeres “al menos mientras se mantengan roles de género asimétricos”.

Todo esto sin perder de vista que hombres y mujeres tenemos posiciones diferentes en la sociedad y que por tanto varían nuestras experiencias y nuestra visión del mundo. “El conocido caso del prototipo Linda, que hace referencia al cambio de diseño de los cinturones de seguridad, se le ocurrió a una mujer puesto que la ingeniera encargada tuvo en cuenta el peligro que ocasionaba para el feto. Invirtiendo el ejemplo, hasta ahora las mujeres estamos viviendo en un mundo organizado y con diseños tecnológicos que no nos sirven del todo, adaptándonos al universal masculino”, y añade que, por otro lado, “no influye tanto el hecho de ser mujeres como estar en un lugar situado socialmente (mujeres migrantes, mujeres ricas, mujeres de clase media, mujeres jóvenes, mujeres adultas) y que también se aplica a otras minorías (orientación sexual, discapacidades varias). Me encanta el ejemplo de Temple Grandin, que es zoóloga y autista y diseñó un sistema que procuraba el bienestar de los animales en las granjas de explotación. La tecnología aplicada a diferentes objetivos y maneras de ver el mundo”.

¿Qué puede hacer cada uno de los agentes implicados para provocar un giro de los acontecimientos?

Mujeres profesionales: facilitar a las más jóvenes la toma de decisiones mediante consejos u oportunidades laborales, definir estrategias con compañeras y compañeros para mejorar sus oportunidades de promoción y, en tercer lugar, no perder sus identidades de género, “porque perderemos la oportunidad de crear innovaciones útiles desde puntos de vista distintos”.

Estudiantes: mejorar el ambiente con las compañeras y dejar de ser usuarios/as para ser creadores/as.

Profesores de secundaria y primaria: incluir la tecnología de forma trasversal en sus asignaturas y luchar contra los estereotipos de género en el aula y fuera del aula.

Empresas (la investigadora aclara que las medidas dependen del tipo de empresa porque “no es lo mismo una PYME que una multinacional”): contratar talento nuevo teniendo en cuenta la diversidad, abogar por una competitividad colaborativa y no individual, tener en cuenta que aunque se trate de una empresa familiar hay que abordar estos problemas con firmeza, facilitar la promoción de las mujeres hacia posiciones de liderazgo, entrenar a los mandos intermedios en una cultura de respeto a la diversidad, confiar en las mujeres jóvenes, apostar por otros modelos y ritmos de trabajo.

Universidades, FP y otros estudios especializados: incorporar una visión más amplia de las tecnologías, para atraer vocaciones pero también porque las empresas (PYMES) han demandado que sean menos teóricas y más aplicadas a la demanda del mercado actual; mejorar el clima de las aulas (“la inclusión de más mujeres profesoras, en puestos de gestión y de dirección mejorará la imagen que tienen el estudiantado sobre la carrera”), fomentar el desarrollo de determinadas habilidades teniendo en cuenta la flexibilidad.

Administraciones: apoyar las acciones para cambiar las cosas que implican a varios actores, visibilizar la labor de las mujeres en las tecnologías y de las tecnologías como un recurso de mujeres y hombres, niños y niñas.

Para complementar estos argumentos, Ana M. González recomienda una investigación anterior, aunque avanza que tienen en mente algunos proyectos, como la creación de una red con Latinoamérica para fomentar las tecnologías entre las niñas; y otros relacionados con el binomio acoso sexual y género, o sobre cómo pueden contribuir las tecnologías a contrarrestar los estereotipos de género.

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