Elena García. (Imagen: Javier Valeiro)

“Mi padre quería que sus tres hijas estudiaran ‘teleco’. Lo consiguió con la mayor”. Elena García Armada, galardonada por Talgo y su Fundación con el primer ‘Premio Talgo a la Excelencia de la Mujer en la Ingeniería’, recuerda el ambiente STEAM en el que creció. Su padre, José Luis García, fundó e impartió clases durante muchos años en la Escuela de Ingenieros de Telecomunicaciones de Santander; su madre, doctora en Físicas, fue profesora universitaria, y también varios de sus tíos pertenecían a un mundo del que parecía inevitable que la cofundadora de Marsi Bionics e investigadora titular del CAR-CSIC no acabara por formar parte.

Doctora en Robótica por la Universidad Politécnica de Madrid, reconoce que por aquel entonces no lo tenía nada claro. “Soy muy creativa y me pasaba las horas disfrutando de la música o con puzles y construcciones. Siempre me interesaron el arte y la pintura”. Las dudas se disipan cuando entra en contacto con la robótica, un campo de acción donde detecta que es factible combinar sus capacidades creativas y lógico-matemáticas. El paso previo a la especialización en robótica pasó por la Ingeniería Industrial en la UPM. Después llegarían el doctorado y la tesis, esta vez en el CSIC. 

ATLAS 2020

Su trabajo hasta la fecha tiene un capítulo principal, y se llama ATLAS 2020, un exoesqueleto mecánico pediátrico, robotizado, que se acopla al cuerpo de un niño con una dolencia neuromuscular degenerativa que no puede caminar. ATLAS, desarrollado en Marsi Bionics, imita la marcha humana y, al tener capacidad de acoplamiento, el niño puede reproducir los movimientos con mayor facilidad, ayudándole a ponerse de pie y a andar. “La novedad no es que sea pediátrico, sino la innovación, patente internacional, que nos ha llevado a desarrollar músculos artificiales que imitan a los reales con la generación de fuerza gracias a un motor, pero también capaz de emular tendones con receptores sensoriales”.

El exoesqueleto actúa de manera inteligente, detecta qué movimientos son voluntarios y cuáles no, y se adapta a la sintomatología muy particular que sufren estos niños. “En pediatría, las lesiones medulares no son frecuentes, pero sí se dan estas enfermedades neuromusculares degenerativas que son más complicadas de tratar, con síntomas complejos, como pueden ser las reacciones espasmódicas”, señala Elena García. ATLAS cubre una necesidad global. “No existe en todo el mundo una solución así para los niños”.

Sus exoesqueletos pediátricos aún no están en el mercado, pero muchas familias los están demandando ya. Para agilizar que los niños puedan hacer uso de los dispositivos ha puesto en marcha Marsi Care, una plataforma de colaboración público-privada que pone en contacto a pacientes con empresas que quieran apadrinarles y alcanzar así un triple objetivo: los niños y niñas pueden empezar a disfrutar de los beneficios de ATLAS 2020, Marsi Bionics asienta las bases del proyecto en aras de lograr lo antes posible la certificación que impulse su llegada al mercado, y las compañías que apadrinan se marcan un tanto de primer nivel en sus políticas de RSC.

Otra solución que espera que vea la luz antes de que acabe 2019 está pensada para pacientes adultos. Se trata de un dispositivo de rodilla activa, para una sola pierna, en la que el desarrollo tecnológico sustituye en este caso al cuádriceps. “Tiene aplicaciones muy interesantes en rehabilitación de ictus o durante el postoperatorio de una prótesis de rodilla. Está recibiendo mucha atención por parte de los médicos”, añade la ingeniera.

Apoyos. Colaboración público-privada

Sacar adelante ATLAS 2020 no es tarea fácil. En su opinión, la inversión pública está demasiado separada de la empresarial. “Por ley, incluso está penalizado que un investigador pueda llevarse al ámbito privado su solución para ponerla antes en el mercado”. Elena García habla de trabas legales, administrativas y financieras, “sobre todo financieras”, en un camino difícil, “pero que es el único posible a día de hoy”.

Nos pone en situación. Un organismo público obtiene buenos resultados con una investigación a nivel “muy prototipo”, un primer dispositivo que “puedes o no patentar” y que satisface una necesidad social y sanitaria. Desde ese punto de partida, “y por sus propios estatutos”, el organismo público de investigación “no tiene la capacidad de inversión suficiente que lleve al mercado ese desarrollo”.

Se produce entonces la transferencia tecnológica o, lo que es lo mismo, “dejamos el paquete en la puerta y alguien (una empresa) tiene que llevar a cabo la inversión para ponerlo a punto y comercializarlo”. La secuencia incluye su industrialización, rediseño, adaptación de normativa, fabricación, análisis de riesgos, evoluciones clínicas…

García añade que la incorporación a la cadena de un nuevo desarrollo altera el funcionamiento de la empresa en otras capas, y normalmente se verá obligada a invertir también en adaptar su proceso productivo. “Así que sólo dan el paso cuando la inversión o el riesgo son mínimos; cuando trabajan con tecnología muy similar a la que le propones”. Paradójicamente, el carácter disruptivo de ATLAS 2020 dificulta que las compañías apuesten por el exoesqueleto.

Ni siquiera las empresas estadounidenses expertas en desarrollos parecidos para adultos quisieron entrar en un terreno desconocido”. Así fue como Elena García decidió montar su propia empresa. “Hablamos de transferir a la sociedad una tecnología desarrollada en España. Es de esperar que el país asumiera parte del riego, al menos hasta obtener la certificación que le abriera la puerta para ser comercializada”.

Este decidido (y necesario) apoyo gubernamental a la ciencia y la tecnología –“que sí se da en Israel, Japón, Francia o Alemania”- está basado en una estrategia de país y refleja “una de las cuentas pendientes de España”, donde García opina que “la investigación se financia mal y la transferencia no se financia”. “Las ayudas actuales son insuficientes”-añade- “y el valle de la muerte es aquí un abismo”. Para Marsi Bionics ha resultado determinante la convocatoria de dos crowdfunding, “con gente normal, a pie de calle, que nos ha sacado adelante”.

La ingeniera sí atisba algunos cambios de dirección impulsados por actual gobierno en funciones. “Me consta que el Ministerio de Ciencia, a través de la secretaria de estado, Ángeles Eras, ha puesto en marcha un grupo de trabajo para mejorar la transferencia. Aún es difícil valorarlo, pero es un paso”.

La confluencia robótica

La tecnología a la que tantas horas dedica vive hoy un momento histórico, con análisis multidisciplinares que abordan desde toda óptica cómo los robots va a cambiar nuestra forma de vivir. “Han coincidido varias cosas”, detalla García, para quien todo este movimiento enciende la mecha en los años 70, con una primera revolución comandada por la industria del motor y la incorporación masiva robots a las plantas de fabricación. ¿Por qué el boom actual? “La tecnología ha evolucionado con el objetivo de alcanzar la plena seguridad de las personas ahora que los robots ya no están aislados, sino en contacto con nosotros en casa o en las empresas”.

Estos avances favorecen la irrupción de la robótica al servicio del ser humano, más allá de la fábrica: los exoesqueletos, robots que se introducen en personas, robots cirujanos o robots sociales que ayudan al llevar el día a día a los más mayores. Cierra el círculo el papel protagonista de la Inteligencia Artificial, “que conviene no confundir”. Si la robótica es el hardware, “la máquina”; la IA es el software, el cerebro. “El problema es la mala prensa, que vende mucho ahora que solo leemos los titulares, o que lo llamemos inteligencia, algo que lo asemeja demasiado a nuestras capacidades, pero no olvidemos que no es más que un programa informático, más o menos sofisticado”.

Sus previsiones encaminan la robótica hacia entornos en los que con asiduidad creciente, humanos y robots convivan, “sin perder de vista que todo lo creamos nosotros y que su capacidad para superar a los humanos –excepto en capacidad de cómputo- es imposible: intuición, pericia, experiencia… nuestra inteligencia es de otra índole”.

Mujeres

Aunque nunca se ha enfrentado a un problema concreto, Elena García sí está en condiciones de asegurar que “siempre” ha tenido que demostrar más que otros compañeros, “trabajar el triple para que vean que puedes hacerlo”. “En todas las etapas de mi carrera ha sido así en mayor o menor medida, hasta alcanzar mi actual posición”.

Sin salir de lo profesional, confirma la existencia de un techo de cristal para las mujeres. “Tenemos más dificultades para ascender en las escalas científicas, cuanto más arriba, menos mujeres”. En su caso, sigue en la categoría más baja pese a liderar una investigación internacional, aunque hay factores añadidos que juegan en su contra: “Mi dedicación a la transferencia tecnológica hace que el tiempo dedicado a lo científico se haya reducido, lo que se traduce en menos publicaciones y en un currículum más tecnológico que científico”.

Elena García durante la entrega del Premio Talgo. Imagen: Talgo.

Entre sus propuestas para reducir la brecha de género STEAM, Elena García habla de lo importante que es que las niñas perciban que las científicas, las ingenieras o las inventoras son, “ante todo, mujeres normales”, un punto a destacar sobre todo en la adolescencia, “donde prestan atención a modelos muy físicos”. También que comprendan mejor cómo a través de la ciencia y la ingeniería es posible resolver grandes problemas sociales. “Conocer el impacto que pueden provocar tiene un efecto sobre las chicas, que no piensan tanto en ‘a qué’ se van a dedicar, sino ‘para qué’, cómo van a contribuir”.

Por último, destaca que es necesario que los planes de estudio se renueven desde las edades más tempranas. “Menos memorizar y más nuevas tecnologías, actualizarse, y tener muy en cuenta que las diferencias de género existen para atraer a ambos sexos y no cerrarle la puerta a unos para abrírsela a otros”.

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