Durante años se ha repetido que España tiene un problema de innovación. Sin embargo, cada vez que me acerco al ecosistema científico, la conclusión es otra muy distinta. Hay talento, hay conocimiento y hay investigación de alto nivel. Lo que no siempre existe es un camino claro para que todo eso se transforme en soluciones que lleguen al mercado y tengan un efecto real en la sociedad. Por lo tanto, más allá de investigar más, el reto pasa por entender qué ocurre después de investigar.
Los datos respaldan esta sensación, ya que el European Innovation Scoreboard 2025 sitúa a España como “innovador moderado”, con un rendimiento aproximado del 92,7% de la media de la Unión Europea. Es decir, el país avanza en ciencia y tecnología, pero sigue mostrando debilidades cuando se trata de transferencia, comercialización y adopción social.
Si aceptamos este diagnóstico, la pregunta debería consistir en dónde se rompe ese proceso. En la última década se ha señalado la inversión insuficiente o la complejidad administrativa. Ambos factores influyen, pero hay un problema más profundo: la investigación suele quedarse sola demasiado pronto. Entre el laboratorio y el mercado se abre un espacio intermedio que no siempre está cubierto por estructuras capaces de acompañar el conocimiento en su evolución.
Y es en ese punto donde se pierde gran parte del valor. Innovar no es un momento concreto ni un resultado aislado, es un recorrido largo, con decisiones técnicas, validaciones constantes y ajustes continuos. Cuando ese recorrido no está acompañado, el conocimiento se fragmenta. Un paper se publica, un prototipo se desarrolla, una idea se presenta… pero el círculo rara vez se cierra.
Ante esta situación, la investigación debe entenderse como el punto de partida de la innovación, no como algo aislado. No se trata de pedir a los investigadores que piensen como empresarios ni de forzar resultados inmediatos, se trata de crear entornos donde el conocimiento avance con apoyo, criterio y visión aplicada desde el inicio.
En este contexto, la clave está en conectar bien las distintas fases del proceso. Primero, identificar y cuidar la investigación con potencial transformador. Después, acompañarla para que madure y encuentre una forma viable. Y, finalmente, convertir ese conocimiento en soluciones capaces de llegar al mercado. Cuando estas fases se conciben como un mismo itinerario, como en Bolboreta Innova Group, , la innovación deja de ser una promesa abstracta y empieza a materializarse.
BIG Investiga permite que la ciencia avance con rigor y sentido, desde una mirada que entiende el impacto como parte del proceso. BIG Impulsa actúa en ese espacio crítico en el que el conocimiento necesita estructura, financiación y visión para convertirse en proyecto. Y BIG Desarrolla traduce todo ese recorrido en soluciones tecnológicas concretas, pensadas para su aplicación real y su sostenibilidad. No son fases independientes, sino partes de un mismo hilo.
Este enfoque resulta especialmente relevante en un momento en el que la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para integrarla. La inteligencia artificial, la neurociencia o los nuevos materiales abren oportunidades enormes, pero también amplían la distancia entre lo que es posible y lo que acaba llegando a las personas. Sin estructuras estables que actúen como puente, esa distancia se convierte en una barrera.
Además, conectar investigación y mercado no implica mercantilizar la ciencia. Implica asumir que el impacto social necesita adopción real. A este respecto, una innovación que no se implementa, por brillante que sea, no transforma nada. El impacto no ocurre en el laboratorio ni en el discurso; ocurre cuando una solución se usa y mejora un sistema concreto.
Como conclusión, en España no hay un déficit de ciencia, hay un déficit de conexión. Tiene conocimiento, capacidad tecnológica y proyectos con enorme potencial, pero necesita ordenar el recorrido y reforzar los puentes que conectan ciencia y sociedad. En este sentido, apostar por estructuras estables que acompañen al conocimiento desde su origen hasta su aplicación puede ser una buena decisión estratégica. Porque el verdadero desafío no es producir más ciencia, sino conseguir que esa ciencia cambie cosas. Y eso depende menos del talento, que ya existe, y más de cómo decidimos acompañarlo.



