¿Por qué un país que razonablemente luce bien en producción científica y en invenciones, sigue tropezando a la hora de convertir sus logros en impacto económico real?
Uno vuelve de estar unos días en Congreso Transfiere 2026 celebrado exitosamente en Málaga, punto de encuentro anual de compañeros, amigos, colegas, gente de ciencia, de empresa, y te viene una sensación de que se puede hacer mucho mas en nuestro campo de la innovación. Talento no falta, y sin ser para nada chovinista, diría que nos sale el talento de los bolsillos y también he visto actitud positiva delante de los retos tanto sociales como económicos que se nos presentan. Pero entonces, ¿que nos pasa que no acabamos de remontar la histórica tendencia, algo loser por cierto, de seguir siendo innovadores tipo cola de ratón más que de cabeza de león?
Catalunya i por extensión todo el estado vive una paradoja que no deja de sorprender y, al mismo tiempo, bastante frustrante. Si se observan los rankings internacionales de producción científica, el país se sitúa cómodamente entre las sociedades avanzadas, y cerca de potencias mundiales en algunos de los campos de la ciencia moderna. Nuestras universidades públicas, centros de investigación como el CSIC, centros tecnológicos y unidades de I+D y los departamentos de I+D de empresas privadas generan patentes, quizá no las suficientes como alguna vez he comentado en otros escritos, pero estamos acostumbrados a ser partícipes de descubrimientos biomédicos de primer nivel, de avances en energías limpias y de algoritmos pioneros. Es aquello que solemos decir de siempre: tenemos el talento, tenemos las ideas, sabemos improvisar y hacer cosas con recursos muchas veces precarios, pero tenemos los indicadores de invención “en verde”.
Sin embargo, cuando intentamos seguir el rastro de esos descubrimientos hasta el mercado, el camino se desdibuja por no decir que se emborrona. La transformación de ese conocimiento crudo en productos, servicios, empresas (spin-offs) y empleos de alto valor añadido sufre una alarmante tasa de mortalidad. A este fenómeno se le conoce como el problema de la transferencia tecnológica, y en España, el puente que une el laboratorio con la sociedad está, en muchos tramos, a medio construir.
Un motor científico con buen rendimiento como punto de partida
Para entender la magnitud del problema, primero hay que reconocer el mérito del punto de partida. España no tiene un problema de falta de ideas. Históricamente, el país ha mantenido una posición destacada (generalmente en el top 20 mundial) en volumen y calidad de publicaciones científicas.
Entidades como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) con más de 120 centros de investigación distribuidos por España o los 40 centros CERCA de la Generalitat de Catalunya, y los múltiples centros universitarios de excelencia existentes, se codean con gigantes como el CNRS francés o la Sociedad Max Planck alemana en términos de producción de conocimiento puro. Las universidades españolas lideran proyectos europeos, y el sector privado ha incrementado paulatinamente su inversión en innovación intramuros.
«España produce ciencia de primera división, pero a menudo compite en segunda o tercera división a la hora de comercializarla, hacerla útil para generar trabajo y progreso».
Los indicadores de innovación (patentes solicitadas, artículos publicados, ensayos clínicos iniciados) muestran un ecosistema cada vez más dinámico. Vamos mejorando en la producción, pero la competencia global nos lleva ventaja, y corre veloz y sortea los obstáculos con la facilidad del mejor Kilian Jornet en la montaña.
El problema no es la siembra; es la cosecha.
El oscuro y profundo pozo tecnológico
La sensación de reiteración que uno tiene cuando visita empresas startups o tiene la oportunidad de hablar con colegas de centros de investigación y universidades, no impide que insista en este aspecto una y otra vez, llevar los conceptos probados a fases de escalado y de producción es como salir del pozo de las sombras en la película El Caballero oscuro de la saga Batman. Hay que tener mentalidad férrea, concentración extrema, convencimiento y el recurso físico (económico) para salir de esa trampa en la que caímos hace muchas décadas.
En nuestro pequeño mundo de la innovación, tampoco hay que creerse que somos el centro de todo lo que se mueve, el trayecto de una idea se mide a través de la escala TRL (Technology Readiness Levels o niveles de madurez tecnológica). Esta escala, desarrollada originalmente por la NASA, va del 1 (observación de los principios básicos) al 9 (sistema probado con éxito en un entorno real). La ciencia pública y universitaria en nuestro país es excepcionalmente buena en los TRLs bajos del 1 al 3 o 4. Son las fases de investigación esencial y las pruebas de concepto en laboratorios o en entornos científicos. Pero por otro lado, la industria productiva y la tradicional busca tecnologías para adoptar en situaciones de TRLs del 7 al 8-9, es decir, productos casi muy próximos para ser fabricados y vendidos, con el riesgo técnico ya muy escaso o casi nulo.
¿Qué ocurre en la zona media? Los niveles TRL 4, 5 y 6 conforman lo que en el argot de la innovación se conoce como el «Valle de la Muerte».
Es en este valle donde las tecnologías necesitan inversión para pasar del tubo de ensayo a un prototipo funcional, escalar la producción o realizar validaciones regulatorias. En España, este valle es especialmente profundo y árido. Los investigadores se quedan sin becas o fondos públicos (destinados a ciencia básica) y los inversores privados o empresas aún ven la tecnología demasiado «verde» y arriesgada para poner su dinero.
Las barreras estructurales y culturales
La dificultad para cruzar este valle no se debe a un único factor, sino a una tormenta o huracán perfecto de barreras culturales, estructurales y financieras. Vamos a ello:
a) La cultura de la academia española: publicas cosas o desapareces
El sistema de evaluación del personal investigador en el país ha estado históricamente enfocado en la producción de papers (artículos científicos). Para que un investigador consiga una plaza fija o una cátedra, el sistema de la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) recompensa masivamente las publicaciones en revistas de alto impacto. 3
- • El tiempo es finito: El tiempo que un científico invierte en patentar, buscar socios industriales o crear una spin-off es tiempo que no está publicando.
- • Falta de incentivos: Hasta hace muy poco, el éxito en transferencia tecnológica apenas sumaba puntos en el currículum académico. El «sexenio de transferencia» (un incentivo económico y de prestigio) es una iniciativa reciente que intenta parchear este problema, pero el cambio cultural lleva décadas.
b) Somos fans de la burocracia como excusa del garantismo
Crear una empresa de base tecnológica (spin-off) desde una universidad o centro público es, a menudo, un calvario burocrático. La Ley de incompatibilidades a veces dificulta que el investigador creador de la idea pueda liderar la empresa, aun mas si tiene que compaginar mucha docencia con la investigación
Además, las negociaciones sobre la propiedad industrial i intelectual (quién se queda con qué porcentaje de las patentes y de la nueva empresa) entre las instituciones públicas y los inversores privados suelen ser lentas. En un mundo tecnológico donde la velocidad es crucial, tardar seis meses o un año en firmar un acuerdo de licencia puede significar que la tecnología nazca ya obsoleta, muerta, inútil.
c) La estructura empresarial
Y no toda la culpa o del fallo recae en la academia. La transferencia tecnológica en sentido amplio es un baile de como mínimo de dos, no es hacer el perreo sino que es un vals, una sevillana o una sardana, y el sector privado patrio tiene sus propias limitaciones. A diferencia de países como Alemania o Estados Unidos, nuestro tejido empresarial está compuesto en más de un 95% por Pymes y micropymes que como sabemos en los diversos estudios y informes que se publican ( COTEC, ACCIO-Barómetro innovación, Cámara de Comercio- Innov, MINETUR,..), estas empresas:
1. Tienen menor capacidad de absorción tecnológica: No cuentan la mayoría con departamentos de I+D potentes capaces de entender y adaptar una tecnología salida de la universidad.
2. Sufren con el riesgo intrínseco a la innovación: Se prioriza la innovación llamada incremental (mejorar un poquito algo que ya funciona) sobre la innovación más profunda o de cambio (apostar por algo totalmente nuevo, en mercado o producto).
d) Nuestras queridas y limitadas OTRIs
Para tender este puente, las instituciones públicas crearon hace décadas las OTRIs (Oficinas de Transferencia de Resultados de Investigación). Su misión es identificar conocimiento comercializable en sus centros, protegerlo (patentes) y venderlo o licenciarlo a la industria.
Aunque hay OTRIs excelentes y profesionales sumamente dedicados, el modelo según veo enfrenta problemas endémicos:
- Falta de especialización comercial: Muchas están dotadas de personal administrativo, pero carecen de perfiles «híbridos» (personas que entiendan la ciencia compleja pero que tengan mentalidad de desarrollo de negocio y hablen el lenguaje de los inversores).
- Infradotación de recursos: A menudo no tienen presupuesto propio suficiente para pagar patentes internacionales caras o financiar las cruciales pruebas de concepto (TRL 4-5).
En este asunto, y sin querer acercar toda el agua a mi molino, creo que en esta basta red de agencias y organismos que tenemos, existen las ADRs. Agencias de desarrollo empresarial de competencia autonómica, que coordinadas promueven la innovación, el emprendimiento, la export.. i todo con un conocimiento profundo sobre las empresas y el mercado. Quizá entre unos y otros se podría llegar a una entente optimo que saque del pozo oscuro tecnologías y ciencia útil para crear riqueza y progreso.
e) El maldito y imprescindible dinero: capital riesgo (VC)
En la última década, el ecosistema de startups en España ha evolucionado positivamente, con Barcelona, Madrid, Valencia y Málaga posicionándose como hubs importantes europeos. Sin embargo, gran parte de esos recursos en forma de capital riesgo se ha dirigido a modelos de negocio digitales, aplicaciones y software (donde la barrera de entrada es baja y el retorno rápido). A ver, no nos engañemos, hacerse rico rápido está muy presente en la cultura social actual, la constancia, la paciencia y el trabajo duro no cotizan mucho por desgracia.
El periplo de un emprendedor@ científico para llegar a disponer de los recursos para arrancar la máquina empresarial es de los sudar la camiseta o de película de Amenabar: tensión, dudas, esfuerzo extenuante, listillos aprovechados, burocracia, insuficiencia para las primeras metas, algún cadáver, etc., Podría poner ciento y uno de ejemplos vistos y compartidos, y realmente entre todos lo complicamos mucho y hace desistir a muchos de emprender, y otros, simplemente marchan del país donde poder desarrollarse. Una pena.
Y si vamos a la transferencia tecnológica pura, en tecnologías Deep Tech (biotecnología, nuevos materiales, fotónica, computación cuántica), requiere mucha paciencia y bastante talento. Un nuevo fármaco, un catalizador revolucionario o una nueva batería de grafeno pueden tardar 7-8 años en llegar al mercado y requerir decenas de millones de euros antes de generar el primer euro de beneficio.
Aunque han surgido fondos especializados en Deep Tech y programas públicos realmente útiles como INVIERTE, Fondo FITA, incluso ENISA etc., el volumen de capital disponible para las fases tempranas y medias de alto riesgo sigue siendo muy insuficiente comparado con los ecosistemas top mundial de Boston, Tel Aviv o Londres.
Alguna propuesta sin más pretensión
A pesar de este diagnóstico crítico, y en caliente como decía después de una semana intensa, el panorama sinceramente creo que está cambiando. La recientes Leyes aprobadas, las mejoras que también han introducido algunas CCAA, en definitiva han intentado introducir mejoras, más flexibilidades, y la mentalidad de las nuevas generaciones de investigadores, científicos de todos los campos es mucho más emprendedora. Destaco aquí particularmente la visión de los nuevos rectores universitarios, alguno que conozco son verdaderos apóstoles impulsores de la efectiva i eficaz transferencia a la sociedad.
Para que el país convierta sus buenos indicadores de innovación en una verdadera economía basada en el conocimiento, propondría algunas mejoras que mas o menos 5 he podido consensuar estos días en Transfiere:
- Fondos de prueba de concepto (Proof of Concept) i Escalado: Multiplicar la financiación pública y privada destinada exclusivamente a superar el valle de la muerte (ayudar a los investigadores a fabricar los primeros prototipos comerciales) y financiación para el escalado industrial, aunque sea en planta piloto.
- Homogeneización y agilidad: Crear un marco estándar y rápido para la creación de spin-offs y la licencia de patentes, evitando reglas complejas.
- Conocer el mercado: Hay que difundir el conocimiento de las empresas, del mercado, entre el amplio planeta científico-innovador actual.
- Incentivos reales al investigador: Que fundar una empresa exitosa o registrar una patente que genere royalties sea tan o más prestigioso para la carrera investigadora que publicar en la revista Nature o en Innovaspain.
- Promover figuras combinadas o híbridas: Fomentar perfiles profesionales como los Translational Scientists o Venture Builders, entidades que se dediquen exclusivamente a «empaquetar» ciencia para hacerla digerible para el mercado. En este aspecto existen también entidades patent-pool (casi todas internacionales) que observan y invierten precisamente en estos temas.
Conclusión: La cabeza de león es posible
Creo que estaremos de acuerdo, emulando una célebre frase histórica pronunciada por el gobierno japones después de atacar Pearl Harbor, que el país tiene en sus laboratorios, sus centros tecnológicos y centros de I+D un gigante dormido. La materia prima del siglo XXI no es el carbón ni el petróleo; es el conocimiento técnico y científico avanzado. Poseemos esa materia prima. El desafío de nuestra generación no es investigar más —que también— sino investigar conectando la lente del microscopio con la ventana de la calle, y hablando con los vecinos de nuestro barrio o con los de un barrio de las afueras de Estocolmo
La transferencia tecnológica efectiva y eficiente es estratégicamente la única garantía de acercarnos a una soberanía industrial, creación de empleo de alta calidad y soluciones tangibles a los retos sociales, climáticos o de salud a los que nos enfrentamos. Aprender a ejecutar bien estos temas ya no es solo una opción académica, es una necesidad nacional y europea.



