BID, educación, infancia

Por Alina Gómez Flórez – Esta columna fue publicada originalmente en el blog Primeros Pasos del BID.

¿Cuáles son los mecanismos de adaptación que hacen que unos niños vivan la experiencia de ingresar al centro infantil o la escuela con curiosidad y alegría, mientras que otros lo hacen con angustia, temor y hasta rechazo? Quienes hemos acompañado este tipo de cambios como el tránsito del hogar al centro de cuidado durante la primera infancia y de éste a la escuela, nos hemos preguntado cómo el nuevo ambiente y las personas a quienes están expuestos afecta a estos pequeños.

Apoyados por la ciencia podemos afirmar que el mecanismo regulador de la adaptación del niño a nuevas condiciones del entorno se consolida sobre la base de las experiencias previas y los vínculos afectivos establecidos, y no viene predeterminado desde el nacimiento. Es la corteza cerebral la que cumple el papel principal de reunir y coordinar las reacciones. La transición a las nuevas condiciones de vida implica cambios, por ejemplo, en los hábitos de dormir y de la alimentación y, dado el componente emocional y psicológico de este proceso, en general puede dar paso a nuevas reacciones que afectan su estado de salud.

Las particularidades de la vida y la educación de un niño, los factores de riesgo y sobreprotección que vienen de la familia, la no satisfacción de la necesidad de independencia, el incumplimiento de horarios y el nivel de juego, son otros factores que inciden en el proceso de adaptación.

Acogida y adaptación en la primera infancia

El proceso de acogida y adaptación es fundamental para la transición exitosa del niño de un nivel educativo a otro. Las acciones y condiciones de acogida implican recibimiento, abrigo, cuidado y aceptación desde el reconocimiento de sus características, potencialidades y necesidades particulares.

La acogida va más allá de una simple bienvenida. Se extiende a todos los días que el niño necesite para lograr adaptarse. Implica hacerlo sentir importante y acompañado en su experiencia de desarrollo y aprendizaje, a partir de acciones intencionadas por parte de todos los agentes educativos como los maestros, familiares, directivos, personal de apoyo, entre otros.

Desde la experiencia del Modelo de Transiciones Exitosas de la Fundación Bancolombia, se define la Acogida-Adaptación como un proceso clave de las transiciones en primera infancia, basada en estos principios educativos:

– Individualidad: Cada niño tiene un ritmo propio a la hora de crear, sentir, comprender, ver al otro, realizar una actividad. Su voz, el vínculo que establece con los demás, sus fortalezas y dificultades lo hacen único a la hora de solucionar, enfrentar y buscar las respuestas y, por ende, aprender. Requiere flexibilidad en el enfoque del proceso y eliminación de esquemas rígidos de los adultos frente al comportamiento de los niños.

– Separación paulatina del núcleo familiar: En la medida que aumenta el tiempo de permanencia del niño en el centro infantil, se reduce el tiempo que la madre – el padre emplea en participar con su hijo en el proceso de adaptación. Algunas de las medidas que se pueden tomar para que el momento de separación sea más tranquilo incluyen hablarles con anticipación de lo que va a suceder y llevarlos a realizar un reconocimiento del nuevo lugar y de las personas con las que compartirán su tiempo. Además de hacer partícipe al niño de estos cambios, estas actividades unen a la familia para que la transición se caracterice por mayor seguridad y confianza.

– Incorporación gradual de procesos y actividades: Los diferentes momentos y actividades que el niño realiza en la institución se van incorporando gradualmente. La satisfacción de necesidades básicas del niño, como la alimentación, el control de esfínteres, los juegos y todas las actividades orientadas por los agentes educativos, implican para el niño una nueva acción compleja.

El juego es muy propicio para formar interrelaciones que posibilitan un buen proceso de adaptación a las nuevas condiciones de vida y al contacto con otros niños y adultos. El juego de coparticipación, por ejemplo, es un indicador de la adaptación real del niño al ambiente educativo, ya que implica pasar de la dependencia hacia el adulto, a la relación de iguales con los compañeros.

– Principio de flexibilidad en la incorporación de nuevos hábitos y de respeto por los existentes: Todas las condiciones habituales del niño han de permanecer idénticas al máximo, para introducir poco a poco las nuevas variables y evitar aumentar el nivel de ansiedad.

Considerar estos principios permitirá que la estancia del niño en un nuevo centro educativo sea más tranquila, interesante y feliz. Además, tener en cuenta la experiencia de vida que trae consigo el niño y su contexto familiar y cultural, serán los puntos de partida para el éxito en este momento de cambios para el niño y su familia.

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