Se lo voy a confesar. Llevo treinta y cinco año contando afiliados y pensionistas y necesito algo distinto, ya. Así que he decidido, hace un tiempo, como habrán observado si me siguen en las redes sociales o en los medios, hablar de las pensiones, como dicen los franceses, autrement. No es fácil y, además, entraña riesgo.

No es fácil porque hay que salirse del camino trillado, dejar de ir más allá de lo que todo el mundo dice para intentar arrebatar “cuota de mercado” de masas y diferenciar un poco un producto que no va mal del todo. Al fin y al cabo, a los que muchos gustan de llamarnos “expertos” (perdónenme que me incluya en este lote), se nos convoca y a veces hasta se nos escucha. Y eso, pues nos instala en una zona de confort de la que nos cuesta salir. Además, como decía, salirse de ahí entraña riesgo. Porque, si no dices “lo de siempre”, puedes acabar diciendo lo que nunca deberías haber dicho, es decir tonterías. También puedes acertar y, entonces…

Bueno, pues resulta que todo lo anterior es, justamente, lo que muchos llamamos innovación. ¡Ea, pues innovemos!

Es más fácil de lo que se creen. Les decía que necesitaba hablar de las pensiones de otra manera. Afortunadamente hay mucha gente que lleva años innovando y quizá se sorprendan de saber que las pensiones pueden basarse en el consumo y no en los ingresos. O de saber (aunque no lo creo) que el principal “activo previsional” (permítanme la licencia) de los españoles es… la vivienda. O, por fin, de descubrir que los robots no nos pagarán las pensiones… o sí.

Les aseguro que lo que hemos visto en materia de pensiones en los últimos 130 años, desde que el Canciller Otto von Bismarck las inventase a finales del S. XIX en la Alemania unificada del Káiser Guillermo, está a punto de darse la vuelta como un calcetín. También les aseguro que lo que vamos a descubrir cuando esto suceda es que figuras previsionales y de protección social inventadas hace docenas de miles de años, o en el comienzo del imperio romano o en la edad media van a volver de la mano de una tecnología del siglo XXI en un contexto, eso sí, nunca visto hasta ahora, de longevidad extrema. ¿Qué más innovación quieren?

Si visitan Atapuerca conocerán a “Miguelón”, a quien los miembros de su clan cuidaron de por vida de una condición que le hubiera lleva a la tumba mucho antes de lo que en realidad sucedió. Si se interesan por la historia, además de por la prehistoria, podrán saber que Augusto, el primer emperador romano, creo un sistema de pensiones (el Aerarium Militare) para los legionarios que les daba el sueldo de 12 años acumulado tras 16 años de servicio en la Legión, entre tras cosas para que no se rebelasen si estaban ociosos y hambrientos. O que en la Edad Media los propietarios de tierras o viviendas, pobres de renta y demasiado mayores para trabajar, establecían contratos vitalicios con braceros jóvenes desposeídos a quienes cedían el derecho a explotar sus activos a cambio de mantenerles y darles cobijo. Von Bismarck, por cierto, creo la Seguridad Social alemana para resolver la grave “cuestión social” de mediados del S. XIX y, sobre todo, para parar a los revolucionarios socialdemócratas que amenazaban con acabar con el orden burgués en toda Europa.

El caso es que cada vez cobra más cuerpo la evidencia de que las pensiones del futuro van a ser muy diferentes de las actuales. Porque si, por ejemplo, la revolución digital en vez de acabar con el trabajo humano lo refuerza y el trabajo se hace divertido y remunerador, a lo mejor nadie desearía trabajarse y tendríamos que abolir las pensiones. O si estas se van a basar cada vez más en el consumo y menos en la renta, bastaría con una App que, “a pie de cajero”, fuese totalizando los derechos futuros a pensión céntimo a céntimo a base de descuentos, rebajas, 2x1 o un lavado gratis por cada diez. En toda una vida laboral de consumo, y más allá, podríamos acumular enormes derechos a pensión. Y no digamos si, además, pudiéramos convertir nuestros ladrillos en pensiones (¡cuidado con los sobrinos!) sin grave merma para nuestros bolsillo, manteniendo o no la propiedad de la vivienda, a una fracción del coste actual.

Ahora, el “más difícil todavía”. ¿Quién hará todo esto? Bueno, aquí podemos especular, pero voy a dar ideas, tanto a los establecidos, para que se pongan las pilas, como a los potenciales entrantes, para que se animen. Si sumamos los dos gritos de guerra de la era digital: “conoce a tus clientes” y “usa la blockchain” (para generar transacciones novedosas, trazables y seguras) nos daremos cuenta de que el mejor operador para hacer las pensiones basadas en nuestro consumo de mañana es Amazon, el mejor operador para montar las rentas o préstamos vitalicios para la jubilación basados en nuestros ladrillos es Airbnb y que el mejor operador capaz de crear ese banco de tiempo que nos proporcione servicios variados vitalicios a cambio de los que nosotros hayamos podido dispensar cuando nos ha sobrado tiempo es cualquier tecnológica que lo desee o, incluso, cualquier banco (que también lo desee). Lo de jubilarse a los 40 (o nunca) lo podemos hacer cada uno de nosotros, en el fondo. Bueno, ya pasó, ya pasó, lo dejo. Vale.

(*) José A. Herce, @_Herce | www.jaherce.com, es autor del libro “A vueltas con las pensiones”. Ed. Versus

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