Jordi Ochando, Patricia Conde, María González y Mercedes Rodríguez
El Laboratorio de Inmunología del ISCIII lo componen, de derecha a izquierda Jordi Ochando, Patricia Conde, María González y Mercedes Rodríguez.

Un grupo de científicos españoles, del Grupo de Inmunología del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII), liderados por Jordi Cano Ochando, desarrolla una nanoterapia para conseguir que el organismo receptor de un trasplante no reconozca al órgano en cuestión como extraño y que por tanto no se produzca una pérdida de su función debido a la toxicidad de los inmunosupresivos. Un trabajo, publicado en la revista Immunity, en el que Cano y su equipo han contado con la colaboración de expertos del Hospital Monte Sinai de Nueva York, la Universidad de Hardvard, el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center y el Weill Cornell Medical College.

El experimento se centra en el bloqueo de las células mieloides, cuya función principal es distinguir lo propio y lo extraño en el organismo humano, “como pueden ser virus o bacterias, pero también los órganos de otras personas”, explica Cano, que señala que también se fijaron en las precursoras de estas células, cuya diferencia está en la ubicación de ambas. Mientras las mieloides están en el torrente sanguíneo, sus precursoras son células más inmaduras que se hallan en la médula ósea.

La nanoterapia desarrollada desactiva ambos tipos de células para que no den la “voz de alarma” y no empiecen una lucha en el cuerpo del paciente. “Es como educar a tus hijos antes de que se vayan de casa, lo que probablemente es más efectivo que intentar educarlos después”, resume Cano.

Patricia Conde, coautora de este trabajo, señala que otra de las claves en la investigación ha sido el estudio de la inmunidad entrenada de las mieloides como mecanismo de rechazo. Esa actividad les permite, bajo ciertos estímulos que se producen en los trasplantes y gracias a una cierta memoria inmunológica, inducir ese rechazo del nuevo órgano.

El experimento aún se encuentra en su fase más temprana, y ha sido testado sólo en ratones. Aunque aún son lejanos los ensayos clínicos con personas, con sólo tres dosis de estas nanopartículas durante la primera semana del trasplante, la mayoría de los ratones aceptaron el nuevo órgano a largo plazo, lo que evitaría el uso continuado de fármacos inmunosupresivos, como sucede a día de hoy en este tipo de pacientes.

“La vida media, por ejemplo, de un trasplante de riñón es de diez años, lo que aumenta la probabilidad de que una persona de 50 ó 60 años necesite dos o más trasplantes a lo largo de su vida; con esta tecnología esperamos resolver este problema y que los órganos funcionen indefinidamente”, concluye Cano.

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