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De izquierda a derecha, Sebastián Shrady (Costa Sur), y de Norte Grande: Maria A. Sujkowska, Diana Bugueño y Diego Aranibar.

En el mundo el uso del agua ha aumentado en un 1 % por año desde la década de los 80. Se espera que esto no cambie hasta 2050, según datos de la Unesco recogidos por Maria Anna Sujkowska, de la ONG Corporación de Estudios y Desarrollo Norte Grande.

Esta ONG, a través de la iniciativa Más Agua, lucha desde hace unos seis años por proteger y optimizar los recursos de los bofedales del país (humedales de altura). La gestión del agua en estos, y en los humedales de Puna, trae consigo beneficios tanto culturales, como económicos y ambientales.

Esta es una de las organizaciones de la sociedad civil que se ha hecho escuchar este lunes en la COP25. Aunque no tienen la misma atención mediática, este y otro proyecto han llegado desde Chile a narrar sus experiencias y saberes en torno al cuidado del agua, y han inaugurado este lunes el Pabellón Chile.

Estos conocimientos han sido manejados durante “cientos de años” por las comunidades indígenas, asegura el ingeniero civil ambiental y director del proyecto, Diego Aranibar. Además, los bofedales generan “más del 60 % del alimento de la ganadería”, como ovejas, llamas y alpacas.

La minería es una de las principales amenazas de estos ecosistemas. “¿Por qué tenemos que ser nosotros la zona de sacrificio?”, cuestiona Aranibar, quien reivindica con orgullo ser indígena Aymara y se describe como “indigeniero”. “Defendemos nuestra forma de vida como pueblos originarios”, destaca quien asegura tener el desafío de mantener estas prácticas ancestrales. Y señala la urgencia de actuar. “La única variable que nunca se va a detener es el tiempo”, zanja.

Esta ONG tiene otros proyectos, uno de ellos es un programa de control de residuos de playas y educación ambiental, que realizan pescadores y sus familias, en algunas playas chilenas, entre ellas, la playa Amura.

Además del agua, la agricultura ha estado en el centro del debate. En concreto, la agricultura regenerativa, que busca paliar los efectos del cambio climático. “El sistema que diseñamos se nos ha ido de las manos (...) La agricultura industrial como modelo extractivista se basa en el monocultivo a unas escalas masivas, totalmente dependiente de insumos químicos”, detalla Sebastián Shrady, de la ONG Costa Sur. Este modelo reduce la capacidad de la tierra por absorber el carbono de la atmósfera. “Es un modelo insostenible”, añade. Un modelo que predomina en Chile (y en el mundo), y representa el 99 % de las prácticas agrícolas.

Frente a este, la agricultura regenerativa permite recuperar la salud del suelo, restablecer su materia orgánica y microorganismos para aumentar su capacidad de retención de agua. “Es necesario que el suelo tenga esta función de esponja”, subraya, lo que permite también que tenga mayor absorción de carbón.

Se trata de un sistema que apuesta por la “biodiversidad” y funciona mediante prácticas como la rotación de cultivos, el pastoreo rotacional y el diseño hidrológico. Este busca no somo anular las emisiones anuales y reducir los niveles de contaminación atmosférica, sino absorber ese exceso. “La agricultura regenerativa es una solución basada en la esperanza”, asegura Shrady, una práctica que retoma conocimientos ancestrales, resultado de aprendizajes que han surgido de “un constante diálogo con poblaciones indígenas”, precisa.

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