Las complicaciones detrás de los 'bodycams' para policías
Las complicaciones detrás de los 'bodycams' para policías

Por Mauricio Bastién – Esta entrada fue publicada originalmente en el Blog Sin Miedos del Banco Interamericano de Desarrollo.

En un reciente taller en el BID para comunicadores en seguridad ciudadana, se largó una discusión sobre el uso de las llamadas “bodycams“, es decir, las videocámaras corporales, para policías. ¿Es la vara mágica que todos queremos y esperamos, la tecnología innovadora de comunicación que va a cambiar la manera en que la policía y la ciudadanía interactúan?

La intuición nos dice que las videocámaras deberían tener el mismo efecto que los niños pequeños que saben que están siendo vigilados por un adulto severo. Todos se portan mejor. Los uniformados actúan con más responsabilidad y profesionalidad, y los ciudadanos evitan provocaciones y desmanes que, al quedar grabadas, podrán ser usadas en su contra en los tribunales, o incluso ante la opinión pública.

Pero el asunto es más complicado de lo que puede parecer. El uso de las videocámaras plantea difíciles interrogantes en temas como costos-beneficios, privacidad de todas las partes involucradas y el reto tecnológico de almacenar y gestionar cientos de miles de horas de video generadas día tras día, mes tras mes, año tras año.

Un experto que sabe del tema es Frank Straub. Hasta fines del año pasado fue jefe de policía del condado de Spokane en el estado de Washington. Ahí implementó el uso del sistema de cámaras corporales y habló del tema durante el “Taller para Especialistas Senior en Comunicaciones en Seguridad Ciudadana en América Latina y el Caribe”, organizado conjuntamente por el BID y John Jay College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, a través de su Centro de Medios, Crimen y Justicia.

“¿Pensó que llegaría un momento en que la gente desconfía tanto de sus policías que exigirían que se grabara todo su día y que todo quedará inmediatamente disponible para el público?”, plantea y desafía que cómo eso cambiaría la vida de uno mismo. “¿Cómo se sentiría?”

Pueden ver un video de parte de la ponencia de Straub donde habla de las videocámaras corporales. El video es en inglés pero sus ideas centrales están resumidas en este blog. Es la idea de tener “vigilado al policía”. Incluso, la nota periodística de diversos medios internacionales ha sido “cámaras corporales para vigilar policías”. A lo anterior, se suma la contrapropuesta de por qué el policía debe de ser el único funcionario público con una cámara en su cuerpo, y no así otros servidores públicos o incluso aquellos miembros de los parlamentos.

Desde luego, uno puede argumentar que el policía es un caso especial, que puede portar armas y usar la fuerza, por lo que debe de estar sujeto a una mayor vigilancia. Además, si el policía no está grabando, como ha quedado demostrado, hay otros que sí pueden estar haciéndolo con sus celulares.

Straub, en todo caso, cree que vale la pena usar las cámaras, que la experiencia inicial en Spokane fue positiva. Ayudó a que la ciudadanía entendiera mejor el trabajo del policía.

Pero, advierte, “no hay que anteponer el carro al caballo”.

La privacidad es un tema complejo. ¿Hasta qué punto se estarán haciendo públicos los momentos más vulnerables de las personas? Acaso, ¿se utilizarán para los cientos de programas de televisión, como las persecuciones policiales grabadas desde las cámaras instaladas en las patrullas? ¿Qué regulación será válida en materia de transparencia y acceso a la información?

La identidad de algunos involucrados, incluyendo personas que aparecen en los videos sin participar en la interacción con el policía, debe ser resguardada. En Spokane, una persona debía trabajar por tres horas para “limpiar” una hora de video antes de poder divulgarlo al público, según Straub. A ese costo en capital humano se debe sumar la compra de las videocámaras (típicamente, US$500/unidad), el software y el espacio para almacenarlo en la nube de manera segura. Ni hablar de las actualizaciones que, como todo poseedor de un teléfono inteligente bien sabe, ocurren con frecuencia en una tecnología que evoluciona a pasos agigantados. Tema nada fácil para policías con presupuestos limitados.

Si bien significa una inversión inicial alta, se tiene que considerar que tras el paso del tiempo, al generarse una mayor confianza entre la policía y la ciudadanía, disminuyan en el número de denuncias o el tiempo que llevan las investigaciones.

Asimismo, resulta interesante analizar el papel desempeñado por el sector privado en esta área y ver quiénes han apostado por la fabricación de este tipo de tecnología, que, contrario a lo que se podría pensar en que las empresas especializadas en comunicaciones acapararían el mercado, son las empresas de seguridad quienes han tomado la delantera, no solamente para en lo que concierne a las cámaras sino también en lo relativo al software seguro que se necesita para el almacenamiento y análisis. Lo anterior, podría abrir el camino para buscar diversas alianzas público privadas en materia de seguridad.

En suma, este tema resulta de especial importancia y es uno en el que la región de América Latina y el Caribe no puede quedar rezagada. Los cuerpos policiales deben de aprovechar de una mejor manera la utilización de todos los recursos tecnológicos a fin de mejorar la actuación de sus oficiales y sus relaciones con la ciudadana, en pro de una  cultura de la legalidad y de respeto a los derechos humanos.

El manejo de este tipo de aparatos ha generado un debate que bien vale la pena señalar a fin de fomentar el uso responsable de los nuevos avances tecnológicos en favor de la seguridad ciudadana.

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