educación en zonas desfavorecidas

Por Gabriela Paz y Miño – Esta columna fue publicada originalmente en el blog Primeros pasos del BID.

A orillas del río Manzanares, en el populoso barrio de Timayui, al nororiente de la población de Santa Marta (Colombia), un grupo de gente creativa y optimista tomó cientos de bolsas plásticas desechadas y las convirtió en un enorme y colorido parasol que protege a cientos de cabecitas. Es el centro infantil “Ciudad de la Alegría”, fundado y operado por aeioTU- Fundación Carulla.

Esa misma mentalidad recursiva y emprendedora, aplicada en una alianza público-privada, ha permitido que desde 2010 el centro infantil “Ciudad de la Alegría” atienda a más de 700 niños y niñas, de cero a cinco años. En esta zona, conformada, en un alto porcentaje, por población desplazada, los niños son de estrato bajo y medio bajo.

Los aportes

El centro infantil de Timayui, con sus 8.200 metros cuadrados de extensión, es el mejor ejemplo de una obra en la que la comunidad se involucró, literalmente, desde la colocación de la primera piedra. En cada aspecto de la concepción y operación se ha logrado un papel activo de los moradores de este barrio. Amas de casa, desempleados, pescadores, obreros, comerciantes, artesanos se han involucrado y comprometido con la educación de calidad de los más pequeños. Y ese es uno de los aspectos que convierte este centro, donde los niños pasan entre las 07:30 a las 15:30, en un lugar tan especial.

La estructura de “Ciudad de la Alegría” se inspira en los bohíos de los indígenas Arhuacos que habitan en la Sierra Nevada de Santa Marta a propósito, para que los habitantes de Timayui se identifiquen con ella. Para la construcción, la Alcaldía de Santa Marta, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y la Fundación Carulla compartieron costos en la inversión en calidad.

La comunidad, protagonista

La cuarta pata de la mesa es la comunidad. Los padres y madres de Timayui, muchas de ellas jefas de familia, son el alma del centro. Ellos levantaron la estructura con sus propias manos –contratados como albañiles, pintores, plomeros-, y ahora contribuyen para mantener y operar el centro, en calidad de docentes (10 de los 43 profesores son del barrio), personal de limpieza, seguridad, administración, entre otros.

“Ciudad de la Alegría” atiende a un total de 730 niños: 300, entre 2 y 5 años, en modalidad institucional, y 430, entre 0 y dos años, en modalidad familiar.

Las familias reciben este servicio de forma gratuita, gracias a que este es uno de los centros que se beneficia con la modalidad del subsidio cruzado que aplica aeioTU en su estructura, en toda Colombia.

Pero no pagar no significa recibir un servicio de menor calidad. Las maestras están sujetas a una capacitación constante en la innovadora pedagogía de Reggio Emilia; los espacios están perfectamente adecuados a las necesidades de los niños, y los pequeños reciben cuatro comidas al día. En las doce aulas, se divierten, descansan, se alimentan, hacen deporte, exploran, desarrollan proyectos artísticos y aprenden jugando, mientras construyen un futuro distinto para ellos y su entorno.

Construir la propia realidad

Uno de los aspectos que hace de “Ciudad de la Alegría” un lugar innovador es, precisamente, la recursividad de las familias. Un ejemplo: con el apoyo de los educadores y aprovechando la habilidad para la costura, nació y se fortaleció el proyecto de un costurero ecológico.

La red de bolsas plásticas que sirve como cobertor en la entrada de la escuela fue uno de los primeros productos. A partir de allí, los padres y madres comenzaron a crear todo tipo de objetos: desde carteras hasta artesanías, que venden para tener ingresos extras. Ese talento manual se expresa también en la elaboración de materiales didácticos para el centro. Así, palos, tubos, maderas, troncos, semillas, envases, se convierten en “ciudades”, artefactos en movimiento, juguetes para los niños y más.

La filosofía

“Estamos acostumbrados a pensar en las personas que se encuentran en situación de vulnerabilidad como pobres”, dice María Adelaida López, directora pedagógica de la Fundación Carulla. “Pero en aeioTU creemos que nuestros niños, sus familias y comunidades son ricos. Ricos en creatividad, en destrezas, en competencias, en todas las habilidades que necesitan para tener una vida digna y con oportunidades”.

El trabajo de los adultos es empoderarlos y acompañarlos e invitarlos a usar esas habilidades en pro de su desarrollo.

Hay una idea que sustenta la labor en Timayui y en el resto de los centros de aeioTU. Es esta: todos los niños –también quienes han nacido en circunstancias difíciles– tienen derecho a una atención y a una educación de calidad; a aprender, a jugar, a experimentar, a reír, a explorar. Y tienen derecho, sobre todo, a soñar.

Si pudieras levantar un centro de atención para la primera infancia, ¿cómo lo harías? Comparte tus ideas mencionando a @BIDgente en Twitter.

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