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Ana María Ortega (@AnitaOP) y José M. Jiménez Guardeño (@JoseMJG_).
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Dos jóvenes figuras de la ciencia española han vivido en primera línea la virulencia de la pandemia en Reino Unido. José Manuel Jiménez Guardeño y Ana María Ortega Prieto son investigadores del Departamento de Enfermedades Infecciosas del prestigioso King’s College de Londres, unas de las grandes urbes donde el COVID-19 ha causado más estragos y que en los últimos tiempos asiste a la calma que sigue a la tempestad. Tras una tercera ola devastadora, la capital británica y el resto del país ya notan los efectos de la vacunación.

Licenciado en Biología por la Universidad de Málaga, Máster en Biomedicina Molecular y Doctor en Biociencias Moleculares por la Universidad Autónoma de Madrid, José Manuel Jiménez realizó su tesis doctoral en el laboratorio de coronavirus del Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC) bajo la dirección de Luis Enjuanes, donde obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado.
“La tercera ola en Reino Unido ha sido más bien un tsunami en toda regla que ha arrasado parte del país”, explica el investigador a este periódico. “La principal razón parece ser la variante B.1.1.7, conocida como la variante inglesa. Todo indica que se transmite más fácilmente que las anteriores y algunos estudios señalan que podría ser más letal y que provoca que el virus permanezca más tiempo en nuestro cuerpo”.

Esfuerzo investigador

El trabajo desempeñado por Jiménez Guardeño en estos meses está ligado al de Ana María Ortega. Con una formación muy similar a la de su colega, Ortega llevó a cabo su tesis doctoral en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBMSO-CSIC). Allí estudió el mecanismo antiviral de diversos tratamientos frente a la infección por el virus de la Hepatitis C. Después de un periodo postdoctoral en el Imperial College de Londres, en septiembre de 2020 se incorpora al King’s College para estudiar los mecanismos moleculares que contribuyen a la patogenicidad del SARS-CoV-2.

Desde entonces, trabaja en el desarrollo y caracterización de nuevas terapias antivirales. “La situación en Reino Unido está ahora mucho más controlada que hace unos meses. Hemos asistido a los primeros días sin ningún fallecido por COVID-19 en Londres desde que empezó la pandemia. Sin duda es una buena noticia, pero no hay que confiarse. En cualquier momento, una nueva ola puede ponernos contra las cuerdas otra vez”, asegura la investigadora.

Antivirales complementarios

La colaboración en el King's College entre ambos investigadores es constante. La irrupción del nuevo coronavirus les llevó a volcar los esfuerzos en la búsqueda de tratamientos efectivos mientras entendían cómo nuestro sistema inmune lucha cuando se produce la infección. “Además, estamos caracterizando la infección en pacientes con cáncer u otras patologías para analizar comportamientos específicos del virus y el modo en que responde a distintos tratamientos”, detalla Ana María Ortega. La investigadora considera que, si bien el desarrollo de las vacunas supone “un avance imprescindible”, es importante dar con tratamientos antivirales complementarios.

En esta línea, los investigadores publicarán próximamente en ‘Nature’ un trabajo en el que identifican un compuesto ya aceptado clínicamente para tratar otras dolencias. “No solo tiene potencial en la inhibición del virus, sino que también podría minimizar parte de los efectos perjudiciales provocados por el COVID-19 en el organismo”, detalla la investigadora del King’s College.

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Nuevas variantes y evitar males mayores

José Manuel Jiménez Guardeño establece una diferenciación entre variantes de interés –“aquellas que hay que tener bajo vigilancia”- y variantes de preocupación (identificadas en Reino Unido, Sudáfrica o Brasil), que presentan un mayor peligro. “En este caso existen evidencias de un cambio importante en el virus que puede afectar a su forma de infectar -aumentando su transmisibilidad o letalidad- y a la efectividad de las vacunas”.

Ana María Ortega señala que estas variantes obligan a adoptar medidas contundentes que reduzcan su transmisión. “Es necesario incrementar la secuenciación de muestras positivas para detectar lo antes posible la presencia de estas variantes. También conviene limitar y controlar la llegada de personas procedentes de países donde las nuevas variantes sean ya un problema. Por último, es preciso aumentar al máximo el ritmo de vacunación, la mejor arma de la que disponemos”.

“El problema es que percibimos lo que ocurre en otros países como algo muy lejano que nunca va a llegar”, añade Jiménez Guardeño. “Ya pasó cuando mirábamos las imágenes televisivas de Wuham o del norte de Italia. La mayoría de los países no tomaron medidas preventivas hasta que no se encontraron cara a cara con el virus. Con las nuevas variantes ocurre algo parecido. Si no estamos preparados las consecuencias pueden ser muy graves. Acabamos de vivirlo en el Reino Unido. En Brasil la situación es aún más grave: 100.000 casos diarios y la triste cifra de 4.000 muertes por COVID-19 cada jornada”.     

La buena noticia es que las farmacéuticas detrás de las vacunas que ya circulan aseguran que es posible adaptar en poco tiempo su formulación a las nuevas variantes. “Incorporar a las vacunas las distintas mutaciones de las nuevas variantes es un proceso muy sencillo y relativamente rápido”, confirma Ana María Ortega. “Lo más difícil de una vacuna es encontrar un buen sistema que sea seguro y eficaz”.

¿La vacuna perfecta? Aprendamos de la polio

“Ahora lo más importante es que la gente no muera de COVID-19, y las vacunas actuales han demostrado que son capaces de lograrlo”. Jiménez Guardeño admite que, aunque el objetivo es lograr vacunas que eviten la infección (Luis Enjuanes trabaja en esa dirección), no debemos desmerecer las capacidades de las que ya están en el mercado. “Aún no sabemos hasta qué punto previenen o no que nos infectemos. De hecho, ya están apareciendo los primeros estudios que indican que sí reducirían, al menos parcialmente, la infección y la transmisión del SARS-CoV-2”.

Para ampliar la perspectiva, los investigadores hablan de la existencia de dos tipos de inmunidad. La inmunidad funcional evita que se produzca la enfermedad y la inmunidad esterilizante anula la opción de infectarse y por tanto la posibilidad de contagiar a otros. Ambas son importantes.

“La primera vacuna contra la polio, desarrollada por Jonas Salk, utilizaba virus inactivados y aportaba inmunidad funcional. Más tarde, Albert Sabin logró la inmunidad esterilizante con una fórmula basada en virus atenuados y de administración oral. La segunda ha permitido erradicar casi al completo la enfermedad, pero la de Salk fue clave para reducir la incidencia”, detalla el investigador.

De hecho, hoy día se administran las dos, dependiendo de la situación de cada país. “En lugares donde la poliomelitis está erradicada y la probabilidad de infectarse es muy baja se administran vacunas con virus inactivados. Sin embargo, en países donde todavía hay brotes se utilizan virus atenuados para así evitar su transmisión. La principal razón es que en este caso el uso de virus atenuados podría estar asociado con ciertas complicaciones, como por ejemplo una posible reversión de la atenuación y activación del virus en casos muy puntuales”.

El verano de la prudencia

Con numerosas incógnitas en el aire, ¿qué sucederá en el medio plazo? “Las siguientes olas son completamente impredecibles, sobre todo con la aparición de nuevas variantes de preocupación”, apunta Ana María Ortega. “Por suerte contamos con las vacunas como nuevo aliado. Lo mejor que podemos hacer de cara a prepararnos para el futuro es no dejar ni una vacuna sin administrar. Para ello es preciso vacunar al mayor ritmo que podamos y hacerlo de día, de noche y durante el fin de semana”.

“Si algo hemos aprendido durante esta pandemia es que no se pueden hacer predicciones porque nadie sabe lo que va a ocurrir”, añade Jiménez Guardeño. “La mejor estrategia es prevenir y para ello toca ponerse en lo peor y prepararse como si la siguiente ola fuera a ser más fuerte que la anterior”, concluye el investigador del King's College.

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