José de la Peña, autor de ‘El año en que salvé a Einstein’

“El ser humano por naturaleza es curioso y la ciencia no es más que sistematizar la curiosidad”

jose de la pena

Historia, misterio… y física cuántica. Estos tres elementos son los que integran El año en que salvé a Einstein, una novela que nos adentra en la Europa de entreguerras. Su punto de arranque es el quinto Consejo Solvay de Física que tuvo lugar en Bruselas en 1927, o lo que es lo mismo, una de las reuniones científicas más importantes de la historia. A ella acudieron gente de la talla de Einstein, Marie Curie, Heisenberg o Schröedinger, pero su éxito peligra debido al fanatismo nazi que en esos momentos comienza a emerger en Europa.

“La reunión en la que se basa la novela es un momento muy importante en la historia de la física y lo que se estaba debatiendo era la nueva interpretación de la física cuántica y que ya entones estaba dando resultados muy sorprendentes”, explica José de la Peña, su autor. Tras 30 años ligado a la innovación y la gestión empresarial, actualmente como socio y asesor estratégico de la agencia de comunicación Neolabels, este físico de formación ha retomado su pasión por la ciencia para intentar divulgarla de un modo ameno y diferente, en forma de novela, ya que ese formato “da el tiempo suficiente” para ver el debate y el desarrollo inherente a la ciencia.

En su opinión, “lo que siempre he visto en la física y las ciencias es que ya te dan los resultados definitivos: te dan la ley de Ohm, por ejemplo, pero como algo hecho y que es verdad. Y te pierdes todo lo bueno de la ciencia, cuando había una discusión sobre ello, cuando había reuniones, la experimentación, la investigación y el debate. Porque la ciencia es un constructo social, se crea porque mucha gente debate, se realizan experimentos, se comprueba, etc pero te tiene que dar el visto bueno la comunidad científica y hay mucho debate”.

Basada en una cita decisiva para el desarrollo de la ciencia, que sí existió, y a la que personajes históricos, la novela incluye elementos ficticios que, con un importante poso realista y de verdad, dan ritmo a la obra y la hacen apta para todos los públicos. Así, el policía encargado de velar por la seguridad de los científicos reunidos, será un personaje inventado que “no tenía ni idea de física ni de quiénes iban a asistir ni por qué era importante” resalta de la Peña. De este modo, el propio lector puede ir descubriendo de la mano de este personaje los principios de la física cuántica y “qué reunión es, quién viene, qué peligros puede tener… Te permite hacer un fresco de la física, los personajes como Einstein y también de la época”.

CIENCIA AMENA Y COMPRENSIBLE

portadaEn total, 6 meses de investigación sobre una cita y una época claves para el devenir de la ciencia y la historia contemporánea respectivamente. Un reto a nivel documental, si bien de la Peña reconoce que la mayor dificultad está en presentar contenidos científicos de un modo ameno y comprensible. “Una novela es algo muy complejo y requiere mucho más conocimiento que lo documental. Los ensayos son atractivos para un tipo de público pero si quieres llegar a más gente tienes que utilizar otro formato”.

Para ello, el personaje del policía recibirá lecciones de un físico en la que se incluyen metáforas. “En un momento, por ejemplo, le compara esa reunión de físicos con un concilio de la Iglesia que hubo en el año 400 porque, igual que en la reunión de físicos en la que se basa el libro se debatía que las partículas también se comportaban como ondas y tenían dos naturalezas, en ese concilio hubo un debate importante sobre si Cristo tenía dos naturalezas. Le intenta contar con una metáfora histórica lo que se está debatiendo y a qué conclusiones se está llegando” incide el autor.

“La agenda de la reunión, los personajes de la reunión, lo que se trató en ella, incluso la personalidad de los físicos, es todo real”. Sin embargo, lejos de hacer más denso el contenido, de la Peña opina que tanta documentación sirve para acercar la ciencia y la física a los lectores. “Lo que se ve durante la novela es que los físicos cobran vida porque son personas como las demás: los hay depresivos, optimistas, mujeriegos, bebedores… y todo eso va saliendo”.

Según de la Peña, “el ser humano por naturaleza es curioso y la ciencia no es más que sistematizar la curiosidad. Creo que si revives un poco la vida que hay detrás de la ciencia, seguramente interese porque puedes ver que esa gente era como tú pero ha trabajado mucho, le ha dedicado mucho tiempo y, aunque algunos tenían unas cualidades especiales, otros simplemente eran muy buenos trabajadores”. Ejemplos claros de buena divulgación científica, insiste, son Carl Sagan “con Cosmos, que hacía atractivo cosas tan abstractas como mirar el universo” o Asimov con sus novelas. Es decir, que el problema no es tanto el contenido sino el formato y que “por la forma en que se ha enseñado a veces la ciencia, nos han separado de ella”.

FÍSICA Y FANATISMO

A lo largo del libro se hace presente la eterna lucha entre el integrismo, en este caso el incipiente nazismo, y la ciencia. En este caso, “la trama es que alguien pone en peligro esa reunión, un fanático de algo que después será una tragedia mundial”. En este sentido, de la Peña defiende que su obra, “lo que tiene de novela negra es el encuentro de la física con el fanatismo. Las razones por las que alguien puede amenazar una reunión de este tipo solo pueden ser fanáticas porque realmente la ciencia es lo más universal que hay. La gente intercambia sin barreras su conocimiento”.

Y buena muestra de ello es cómo los avances en electricidad han sido el producto de una obra colectiva e internacional: “el primero que creó la pila era italiano, el que descubrió casi todos los principios del electromagnetismo era inglés, después el que transformó eso en ondas de radio era escocés, el que la descubrió primero era alemán el que hizo la primera transmisión de radio era italiano… Si vas viendo, la ciencia es realmente una construcción universal, es de la humanidad. Incluso en momentos difíciles, como en la guerra de Napoleón contra Inglaterra, los físicos sí que tenían correspondencia entre sí, se consideraba por encima de la guerra”.

CAMBIO DE RUMBO DE LA CIENCIA

Algo así ocurrió con el quinto Consejo Solvay de Física en Bruselas, donde la agenda la copó la física cuántica. “A veces la asociamos con la bomba atómica, pero también está relacionada con la microelectrónica y con la informática y por tanto con internet, el entretenimiento, etc. Es decir, que hay muchas cosas que salieron de esa reunión” relata de la Peña. En definitiva, casi una treintena de personas de las cuales “el 60% o tenían o ganaron más tarde el premio Nobel. Es una concentración de premiados en física o química como nunca la ha habido”.

Y, claro está, esa reunión cambió el curso de la ciencia. “Lo que en aquel momento se discutía no eran tanto los datos, sino qué es la realidad de verdad, para la ciencia. Para la clásica era algo que era objetivo, estaba fuera de ti y que podías conocer plenamente y la física cuántica te dice que no”.

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I+D+i, UNA “CUESTIÓN DE FE” EN LA QUE CREER

Los aspectos sobre los que Einstein y el resto de científicos debaten a lo largo de la novela tienen un nexo en común: su carácter innovador y disruptivo. Son, a juicio de de la Peña, el exponente del espíritu que debe regir la I+D+i.

Participante durante diez años en la elaboración del Informe de la Sociedad de la Información en España de Fundación Telefónica, el autor de El año en que salvé a Einstein considera que la I+D+i “impulsa muchas cosas”. Y pone como ejemplo la ciencia que estaban haciendo en la reunión en torno a la cual gira la novela: “entonces no se podía creer que tuviera ninguna importancia económica o tecnológica y, sin embargo, después se creó toda una tecnología y una rama económica alrededor de todo eso”.

“Entonces, concluye de la Peña, “creer que cualquier conocimiento hay que desarrollarlo porque después puede venir algo bueno de él es casi una cuestión de fe. Pero los países que han creído en ello durante al menos una década al final han encontrado sus frutos. Les ha ido bien y los países que racanean, compran tecnología de otros”. Y pone un ejemplo: “con el iPhone, la mayor parte del dinero se lo queda quienes lo diseñaron; quienes lo fabrican y lo montan no se quedan casi nada. Entonces hay que pensar si queremos ser un país que trabaja por obra o que trabaja en intangibles que se pueden multiplicar por 10, por 1000 o por 1000”.

Una apuesta por la ciencia y su divulgación como camino hacia la I+D+i, la que defiende en El año en que salvé a Einstein José de la Peña, quien ya trabaja en otra novela sobre la polémica “de quién inventó el cálculo diferencial. Hubo un debate entre Newton y Leibniz, pero todo eso tiene un entorno histórico muy apasionante. Entonces, dentro de esa controversia, de cómo se hacía ciencia en el siglo XVII”. Pero eso ya será otra historia.

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