Jesús Rodríguez Cortezo, Miembro del Foro de Empresas Innovadoras

Imaginar el futuro es una obligación

Por Jesús Rodríguez Cortezo, Miembro del Foro de Empresas Innovadoras

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Como todos los primeros de año, he seguido el concierto de año nuevo de la Filarmónica de Viena. En esta ocasión, el gran salón de la Ópera del Estado estaba sin espectadores por la pandemia que nos asola. Me impresionaron las imágenes al asistir a la destrucción de la comunicación directa cuerpo a cuerpo de los humanos. Si esto no es el fin de una civilización se le parece mucho. No sé cómo será el final de este túnel pero de lo que estoy seguro es de que las relaciones entre las personas nunca volverán a ser iguales. Con ayuda de la pandemia lo virtual está ganando la batalla a lo físico, lo analógico.

Naturalmente no se trata de ponerse triste, lo que importa es analizar el fenómeno con rigor, imaginar expectativas positivas y ponerse a trabajar. Ignorar la transcendencia del momento es sólo perder el tiempo. Para esta tarea los tecnólogos tenemos un papel que jugar, junto a psicólogos, sociólogos, políticos, filósofos y todo el que quiera apuntarse a hacer del mundo un sitio habitable. La pandemia está sirviendo de toque de atención sobre cómo estamos gestionando una riqueza de conocimiento aplicado como nunca hubiera sido previsible.

Lo que ha puesto de manifiesto la trágica experiencia que estamos viviendo es lo positivo y útil de tal conocimiento. Porque nada volverá a ser cómo antes, la necesidad de imaginar el futuro es una obligación. Ahora, al hilo de los acontecimientos, los poderes públicos intentan hacer frente con sus políticas, a la universalización de la llamada digitalización. Y ello no sólo es bueno sino obligado.

Ponen el acento en dos aspectos complementarios: la digitalización de las empresas e instituciones, por una parte, y la incorporación de habilidades digitales entre los ciudadanos, por otra. Ambas cuestiones son necesarias y urgentes. Pero demos un paso más. Procuremos no olvidar la vieja verdad de que la tecnología no resuelve, ni tiene por qué resolver, problemas que no son de ella. Si la estructura económica e industrial de un país como el nuestro, muestra debilidades profundas que la actual crisis ha hecho dramáticas, no es sólo porque esté insuficientemente digitalizada. Ésta no es la causa principal del hundimiento de cientos de miles de familias. Es la estructura económica e industrial lo que hay que revisar en profundidad, con políticas beligerantes y audaces que vayan más allá de incorporar técnicas digitales a la gestión. Que el fantasma que ahora nos aterroriza no oculte las insuficiencias que venimos arrastrando desde hace décadas, tantas veces denunciadas y otras tantas olvidadas.

Algo parecido sucede con la incorporación de habilidades digitales entre los ciudadanos. Lo primero que habría que hacer es desmitificar que esas habilidades ya existen. Es un espejismo. Hay que profundizar en ellas mediante mecanismos de educación colectiva que hoy brillan por su ausencia, y que desde luego, no residen únicamente en la permanente revisión de los planes de estudio y la incorporación de ordenadores a las escuelas.

Otra cuestión que hay que incorporar a esta reflexión es la desigualdad. El uso masivo de tecnologías digitales no ha contribuido a reducir las desigualdades, las ha incrementado. Si vamos hacia un mundo nuevo, no puede ser más desigual que el que dejamos atrás. Empezando por las formas de trabajo, las relaciones laborales, y siguiendo por los mecanismos colectivos de relación y asociación. Es tarea de todos, las entidades de la sociedad civil y los poderes públicos, en una lógica de colaboración constructiva que hoy no acaba de vislumbrarse. Y sin embargo, de ello depende en gran medida la salud moral de nuestra sociedad.

No hay tiempo que perder, pero tampoco son de recibo las precipitaciones voluntaristas, ni mucho menos las oportunistas. Hay que pensar y trabajar con seriedad y dedicación. Es cosa de todos, los que ahora estamos y los que vendrán después.

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