Ignacio Martinez Mendizabal

Ignacio Martínez Mendizábal (Madrid, 1961) estudió biología. Más tarde, hizo la especialidad de zoología y, por último, su tesis doctoral la hizo sobre el campo al que debe toda su fama: la paleontología. Concretamente, la paleontología humana, aquella que estudia nuestros antepasados más remotos. Una rama que habla de los años que tiene nuestra especie como si fueran lo que en realidad son, y no los que imaginamos. Dos millones y medio de años desde nuestra aparición técnica, doscientos mil desde la llegada del homo sapiens, 60.000 desde que el hombre empezara a colonizar el continente. Un mareo de números, un tiempo mucho más complicado de entender que los 20 minutos que nos dan de entrevista.

“Poder estudiar Atapuerca es como si te tocara la lotería”, asegura Martínez Mendizábal. ”Es como que la persona que más te gusta en el mundo te diga que sí”. El paleontólogo entró en los estudios de Atapuerca cuando ya habían empezado, aunque apenas eran conocidos fuera de los círculos estrictamente académicos. “Era un círculo muy cerrado y yo tuve la suerte de ser alumno de la persona que dirigía las excavaciones, que luego me dirigió la tesis y que, a la postre, fue mi maestro: Juan Luis Arsuaga. He tenido mucha suerte, la verdad”, no se cansa de repetir. 

Suerte o no, gracias a estos estudios consiguió, con su amigo Arsuaga, el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica de 1997. Un galardón que, por otorgarse en nuestro país, podría tacharse de “premio chauvinista”. Pero nada más lejos de la realidad. La verdadera suerte de Martínez Mendizábal fue que, al final, resultó que en Atapuerca descubrieron el mayor yacimiento de fósiles humanos de la historia. Podían no haber estado. Podían haber tenido mala suerte. “¿Ves como tengo mucho que agradecer a la buena fortuna?”.

Martínez Mendizábal afirma que estudiando el pasado puede intuirse el futuro, pero no predecirlo. “Obviamente no se puede ver, es imposible. Pero cuando uno estudia el pasado digamos que hay cosas que puedes establecer. Hay ciertas regularidades. Tú sabes que, si se dan determinadas condiciones, la historia te muestra que suelen pasar, habitualmente, las mismas cosas. Cuando ves que esas condiciones comienzan a formarse, puedes estar alerta. No necesariamente tienen que ocurrir, pueden pasar otras. La historia es muy imprevisible pero digamos que tiene tendencias”. El mismo paleontólogo, parafraseando a Mark Twain, recuerda que “la historia no se repite, pero hay que ver lo bien que rima”. 

“Pero yo no sé cómo va a ser el futuro, francamente. Y no lo sé por una razón: porque nunca, como hasta ahora, ninguna criatura del planeta ha tenido tal poder sobre el planeta, sobre nosotros mismos, sobre nuestro futuro, como los seres humanos”, razona. Según él, ahora rigen cuestiones que son muy artificiales y muy aleatorias. “Todo depende de decisiones de personas muy concretas, de movimientos sociales inesperados. Pero, como hay mucho poder, cada una de estas cosas tiene efectos de gran alcance. Nos enfrentamos a amenazas muy grandes: la superpoblación mundial, el cambio climático. Al mismo tiempo, nunca la humanidad había estado tan conectada, nunca ha sido tan accesible el conocimiento, nunca hemos tenido tanta capacidad de actuación ‘los de a pie’ sobre los acontecimientos. Es un momento fascinante, solo por ver la de cosas que pueden pasar. Porque podrían pasar muchas cosas buenas”, explica, antes de recular. “Tanto buenas como malas”, corrige. 

En una charla donde el pasado, el presente y el futuro se entremezclan, Martínez Mendizábal aclara que, para hablar sobre nosotros, sobre el origen del hombre, se necesita saber qué es el ser humano. Y no puede entenderse sin la ciencia, al igual que sin la religión. “El padre jesuita Pierre Teilhard de Chardin, un paleontólogo muy famoso de los años 20 y 30 del siglo pasado, intentó conciliar la paleontología, la evolución, la religión. Y yo pongo una metáfora que sirve para la ciencia y la religión, y es la ciudad de Burgos. Por Burgos pasa un río, que es el Arlanzón. A un lado está la Catedral y al  el otro el Museo de la Evolución Humana. Uno no puede estar en los dos sitios a la vez, pero hay un puente. Se puede pasar de un sitio a otro. Nuestra psicología es mucho más compleja que  un sí o no. Podemos  y debemos conjugar las cosas”.

Como pasa con toda religión, la ciencia también plantea dudas. “Sí, es cierto, no sabemos por qué se extinguieron los neandertales o  qué pasó en la Sima de los Huesos pero manejamos varias hipótesis. En concreto, sobre el fin de los neandertales, nos movemos entre dos polos: el primero, que le da mucha importancia al clima, sostiene que se extinguen porque hay una sucesión de cambios muy rápidos de frío a cálido que desestabilizó sus poblaciones y les produjo una crisis demográfica que fue fundamental. El segundo, que quizá ahora está en minoría, opina que el factor desestabilizador de la población neandertal fuimos nosotros, el homo sapiens; que llegamos, competimos y ganamos. Luego hay otras posibilidades intermedias”.

Es la competición entre máquinas y hombres, entre la propia innovación, lo que trae de cabeza al ser humano en el siglo XXI. El mundo va muy deprisa y hay que adaptarse. Los paleontólogos ya no quitan polvo. “Hay dos herramientas muy innovadoras en la paleontología, y una en ciernes” –explica–. “Una es la genética, y gracias a ella ya sabemos descubrir y secuenciar el genoma de especies fósiles, algo fantástico. Otra son las técnicas de radiografía y de manejo de imágenes virtuales, la tomografía de los cráneos, los fósiles, verlos por dentro y por fuera antes de tocarlos y medirlos. La tercera, la que viene, son el big data, el machine learning, la capacidad de manejar datos muy complejos y abordar problemas que por su complejidad antes no éramos capaces de abordar”.

¿Y hay miedo? “¿Miedo? La domesticación del caballo potenció la movilidad de los seres humanos, no la limitó. Esto ha pasado siempre con la tecnología, lo que ha hecho es potenciar nuestras capacidades. Cuando descubrimos el uso del caballo dejamos de andar a pie, pero podíamos llegar más lejos, porque ya éramos jinetes. Yo creo que esto va a ser exactamente igual. Estas máquinas harán que dejemos de hacer algunas cosas, pero hará que nos concentremos en otras. Pero seguiremos siendo el jinete de este caballo”, afirma el paleontólogo. 

Martínez Mendizábal subraya que “todo lo que hemos hablado [en este entrevista] es desde el punto de vista casi social, ojo. Desde el punto de vista paleontológico, de las modificaciones anatómicas, a lo largo de millones de años, en las especies, tenemos la misma capacidad de predecirnos que una mosca adivine quién va a ganar la liga de fútbol”. Pero un pulpo adivinó quién ganaría el Mundial del 2010. El pulpo ha vivido desde hace 500 millones de años, frente a los 2,5 millones del ser humano. Cosas de la evolución.

Esta entrevista ha sido publicada en la edición impresa del Anuario de la Innovación en España 2018

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