Eloy Herrero Gimeno

Trabajar en innovación hoy día es imprevisible, y también tremendamente excitante. Exige una visión y una capacidad de responsabilizarse mucho mayor que hace tan solo 10 años. Porque el ritmo de cambio es tan vertiginoso que quien crea hallarse en la verdad absoluta puede acabar estrellándose en la más absoluta de las equivocaciones.

Las consultorías no solo vivimos esos cambios. En la mayoría de las ocasiones, a través de nuestros clientes, los protagonizamos en primera persona. Participamos en proyectos que dentro de apenas un lustro revolucionarán (aún más) el mundo en que vivimos, pero también observamos al mismo tiempo que algunas empresas asfixiadas por el día a día que ignoran todo lo que viene de manera inminente.

Por eso nos sigue sorprendiendo el hecho de que muchas compañías se cierren siquiera a escuchar propuestas, o simplemente a compartir una hora de tiempo para alejarse  del día a día y comprender las circunstancias y el contexto sobre el que tienen que tomar decisiones en un presente cada vez más efímero para no condicionar su futuro. Creemos firmemente que las organizaciones deben fomentar la combinación de dos habilidades o hemisferios organizativos. Uno de ellos el intraemprendimiento, focalizado no solo acelerar retos sino en premiar a aquel talento latente que puede acabar marchándose porque no valores sus aportaciones. Y el otro es el oído no como sentido sino como actitud. Solamente escuchar. Recibir a gente. Tomar café con personas distintas. Asistir a conferencias que se salgan del ámbito laboral y por supuesto también del sector en el que nos movemos. Y plantearse que donde estamos hoy es muy factible que no podamos mantenernos en el un futuro demasiado próximo.

Google lidera la pelea por hacer al hombre inmortal. Mezclándolo con tecnología o accediendo a su código genómico. Pero, por primera vez en la historia de la humanidad, lo que nos cuentan sobre este tema podría ser verdad. Y aunque quizá no lo vivamos, o no tengamos el dinero para pagarlo, es muy factible que lo acabemos viendo. De una manera o de otra.

Si algo ha preocupado a los humanos desde el principio de los tiempos es lo irremediable de la muerte. Al lado de este sentimiento, el resto de problemas siempre han empequeñecido. Y sin embargo, mucha gente brillante ha dejado morir empresas que podrían haberse eternizado en el tiempo. Simplemente por no creer en la evolución que les está llegando.

Si podemos ser eternos, transmutando la ley uñas absoluta de la biología, no hay razón para que nuestro negocio no pueda serlo. Nada es más difícil en esta vida que no perderla, y se está librando una batalla para que eso ocurra. Pero mientras tanto, aquellos que leen las revistas a la espera de que el milagro cuaje, son incapaces de tener el mismo ancho de miras cuando se trata de actualizar su negocio.

 Si usted tiene una PYME que hoy factura 60 millones, quizá en cuatro años pueda haber desaparecido. Suena a ciencia ficción, pero es absolutamente real. Ese ciclo ya ha ocurrido en la última década con industrias consolidadas y a pesar de las demandas masivas y recurrentes, que hoy han pasado a ser residuales. La disrupción extingue pero también concede una nueva vida y esta puede estar en nuestra mano.

Las personas son capaces de pensar a lo grande cuando sueñan para ellas mismas, pero el entusiasmo puede decaer si el sueño lleva implícito cambios drásticos que pueden poner en riesgo el sentido confort que, como individuos, la mayoría de individuos buscan de manera congénita. Lo nuevo, siempre provoca incertidumbre y mucho miedo. Porque lo nuevo es desconocimiento y riesgo.  Pero no evolucionar no es una opción, porque tal cual están las cosas significa la muerte. Y hacerlo solo tampoco lo es, porque nadie (ni siquiera las consultoras de innovación) tenemos todas las respuestas. Pero escuche, inténtelo.

Pero algo es ya demasiado evidente como para cerrarle los ojos a la realidad: si queremos ser inmortales, debemos gastar dinero en serlo. Y si ese dinero no lo invertimos, únicamente nos servirá para aguantar un año o dos más, a lo sumo. Después no habrá servido para nada. Y deberemos volver a empezar. O certificar nuestra defunción empresarial.

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