robótica y trabajo

Por Julián Messina – Esta columna fue publicada originalmente en el blog Ideas que cuentan del BID.

En las películas de ciencia ficción, la inteligencia artificial y los robots son los malos de la película, puesto que nos reemplazarán y nos volverán obsoletos a medida que nos imponen su voluntad mecánica. Los avances en inteligencia artificial y las crecientes capacidades y adaptabilidad de los robots están de hecho cambiando radicalmente la sociedad: algoritmos que detectan el cáncer de piel mejor que los radiólogos; robots que llevan a cabo operaciones sin cirujanos; computadores que pilotan aviones. Visto en su conjunto, pareciera que el final del empleo está cerca.

Aunque menos apocalípticos, los economistas también están haciendo sonar las alarmas. En un estudio, el economista Carl Benedikt Frey y el experto en machine learning Michael Osborne analizan más de 700 ocupaciones en Estados Unidos. Según ellos, casi el 50% de estas ocupaciones, entre ellas los chóferes de taxi, los contables, las profesiones paralegales y los agentes de crédito podrían ser reemplazados por robots en la próxima década o dos. Para los responsables de las políticas públicas, los temores de lo que puedan llegar a hacer los rápidos avances tecnológicos en el mercado de trabajo ocupan un lugar importante. Argentina, por ejemplo, declaró el futuro del empleo como uno de sus tres problemas principales a estudiar durante su presidencia del G20 este año.

Temores exagerados

Aun así, hay numerosos motivos para creer que estos temores son exagerados. Puede que la automatización elimine categorías enteras de trabajo. Pero, como sugieren David Autor y Anna Salomons en un artículo reciente, es probable que cree efectos indirectos que aumentan los empleos en otros sectores e impulsan la demanda general, generando un crecimiento del empleo en toda la economía. La mayor preocupación quizá debiera estar en otra parte, a saber, en la creciente concentración de la renta en manos de los propietarios de los robots, que se enriquecen, en detrimento de los trabajadores. Analicemos pues los resultados del estudio de David Autor y Anna Salomons.

En primer lugar, las buenas noticias. La creciente productividad de los robots parece haber aumentado, en vez de disminuir el empleo. Para entender por qué, imagine que usted trabaja en un laboratorio que fabrica prótesis, como dentaduras, implantes y coronas- que los dentistas utilizan para reemplazar los dientes o partes de dientes que faltan. La producción de estos dispositivos utiliza máquinas, pero también las habilidades de un técnico, usted, que las calibrarla. Y, un día, su empleador adquiere impresoras de 3D. A partir de ese día, su oficina ya no necesita un molde para crear las prótesis. Los vectores de datos enviados por el dentista a las impresoras 3D son suficientes, y ya no se requieren sus habilidades como técnico.

Ese es el efecto directo del cambio tecnológico, y es posible que sea muy perjudicial para usted. Sin embargo, como sugiere el estudio, hay al menos tres canales indirectos por los cuales este aumento de la productividad impulsará el empleo en otros sectores. En primer lugar, las nuevas tecnologías pueden generar oportunidades de empleo y mejores salarios en sectores que utilizan como insumos productos producidos por robots. La introducción de las impresoras 3D, para seguir con mi ejemplo, reducirá los costos de las prótesis, aumentará la demanda de ellas y generará más empleos para los dentistas.

En segundo lugar, la mayor demanda de prótesis puede aumentar la necesidad de otros productos en fases anteriores de la cadena de producción. Por ejemplo, si las prótesis están fabricadas con cerámica, los productores de cerámica se verán beneficiados. Es decir, las mejoras tecnológicas en un sector pueden incentivar el empleo en sectores que producen los insumos necesarios para la producción en el primero. Por último, la nueva tecnología impulsará la demanda general. Volviendo a mi ejemplo, si el costo de las prótesis disminuye significativamente debido a las impresoras 3D, puede que no sólo pueda pagar mis tres implantes, sino que quizá también pueda tomarme esas vacaciones tan caras en Río de Janeiro.

Autor y Salomons describen estos efectos indirectos meticulosamente. Analizan 28 industrias en 19 países de la OCDE entre 1970 y 2007 y llegan a la conclusión de que, si bien el empleo ha disminuido en un 8,2% en las industrias afectadas por los avances tecnológicos, los efectos indirectos han generado aumentos totales del empleo de 17,8%. Desde luego, el pasado es un predictor imperfecto del futuro, pero estos resultados, como he mencionado, parecen ser noticias relativamente buenas.

El cambio tecnológico enriquece más a los ricos 

El aspecto quizá más preocupante del estudio es el resultado que muestra que esas mejoras en la productividad se han traducido en una disminución de la participación del trabajo en la renta. Históricamente, el trabajo se llevaba unas dos terceras partes del ingreso total generado en la economía, quedando la tercera parte restante para el capital, pero desde los años 80 esta participación ha ido disminuyendo en la mayor parte de los países desarrollados y en desarrollo. Autor y Salomons calculan que seis puntos porcentuales de dicha caída se deben a la automatización. En otras palabras, el trabajo tiene una parte cada vez más pequeña de la producción, una parte más pequeña de la torta. Entretanto, los propietarios del capital, los ricos, se están enriqueciendo más y volviéndose más poderosos.

Autor y Salomons no examinan la desigualdad entre trabajadores, aunque el propio Autor ha trabajado muchísimo en los últimos años en el análisis de los efectos directos de la tecnología en la distribución de salarios. De estos análisis también se desprende que los cambios tecnológicos de las últimas décadas han sido fundamentales a la hora de explicar la creciente desigualdad salarial en países desarrollados. Sobre lo que está pasando con el cambio tecnológico y la distribución de salarios en América Latina sabemos menos. Una reciente e innovadora iniciativa del BID se está encargando justamente de intentar entender estos aspectos, y de forma más general de analizar los diferentes ángulos del futuro del empleo.

Los robots y la equidad económica

Entre tanto, ¿qué se puede hacer? Hay quienes han sugerido un impuesto a la tecnología para desacelerar los avances en el uso de la robótica. Esto me parece dañino para la productividad y sólo retrasa lo inevitable. Pero no significa que no se deberían tomar medidas por el lado de la distribución para aumentar la equidad. Por ejemplo, los impuestos sobre la herencia podrían ralentizar la acumulación de riqueza entre las familias que son dueñas del capital, de modo que no estemos permanentemente empoderando a una oligarquía. Los ingresos provenientes de estos impuestos podrían servir para aumenten la red de protección social y ayudar con mejor formación laboral y otras compensaciones a quienes son perjudicados por el cambio tecnológico. Además, justo cuando la sociedad ha llegado a aceptar la educación como un derecho inherente, también podríamos pensar en garantizar un cierto nivel de riqueza mínima para igualar las condiciones de juego. Nos guste o no, la inteligencia artificial y los robots son el futuro. El reto para la sociedad consiste en cómo aprender a sacar partido de los aumentos de productividad para nuestro beneficio y garantizar una vida satisfactoria y justa para todos.

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