Gabriela González. / Álex Rosa, Fundación Cajacanarias
Gabriela González. / Álex Rosa, Fundación Cajacanarias

Gabriela González (Córdoba, Argentina, 1965) está asociada a uno de los más trascendentes hallazgos de la ciencia porque fue ella, como portavoz de LIGO, la física que anunció el hallazgo de ondas gravitacionales. “Es el comienzo de una nueva era”, dijo entonces en una rueda de prensa triunfal.

Después de eso, recibió “muchos mensajes de mujeres que son o que quieren ser físicas” y tomó conciencia de su papel como modelo, que es doble: mujer e hispana. En su opinión, “por supuesto” que hacen falta acciones positivas para combatir la desigualdad de género en ciencia. Ella, que no tuvo ni una sola profesora durante la carrera, se convirtió en 2008 en la primera catedrática de su departamento en la Universidad del Estado de Luisiana (EE. UU.), donde sigue actualmente.

Dos años y seis detecciones de ondas gravitacionales después del histórico anuncio de 2016, la ya exportavoz de LIGO está inmersa en la mejora de la sensibilidad del instrumento, que iniciará su tercer periodo de operaciones el próximo febrero.

“Para mí el sueño es tener muchas maneras de observar el universo: con ondas electromagnéticas, con partículas como los neutrinos, con ondas gravitacionales... –afirma en una entrevista de la Agencia Sinc–. En ese sentido ha sido un hito la detección de ondas gravitacionales tras la fusión de dos estrellas de neutrones, que detectamos con LIGO y con VIRGO, el detector situado en Italia. Eso fue impresionante”.

Gracias a los datos de VIRGO pudieron “localizar el origen de la señal en el cielo con precisión suficiente como para decirles a los astrónomos dónde mirar”. Más de 70 observatorios se concentraron en esa área y, “entre las decenas de galaxias que había, encontraron una donde se veía un puntito luminoso. Y ahí fue cuando los demás observatorios empezaron a tomar datos. Eso fue la misma noche que lo detectamos nosotros, apenas horas después”.

Ya se están preparando para la siguiente tanda de observaciones. “Estamos mejorando la sensibilidad, empezaremos a medir en febrero”, asegura. “Nos gusta medir la sensibilidad usando la distancia promedio a la que podemos ver fusiones de estrellas de neutrones. En la primera observación esa distancia era de 200 millones de años luz, en febrero esperamos llegar a unos 350 millones de años luz con los dos detectores de Ligo”. 

¿Se podría llegar a percibir en nuestro planeta el paso de la onda gravitacional que produce la fusión de agujeros negros? La respuesta es sí. “La primera detección se debió a dos agujeros negros de 29 y 36 masas solares que se fusionaron a 1.300 millones de años luz de la Tierra –explica la científica argentina–. Para que la onda gravitacional generada por un fenómeno así tuviera efectos de una parte por millón, apreciables en los sistemas de telecomunicaciones o los sismógrafos terrestres, la fusión debería ocurrir a 40 segundos luz de distancia. Más o menos unas 40 veces la distancia a la Luna”.

Claro que, de existir un agujero negro a esa distancia, “el sistema solar sería muy diferente. Para empezar, “todo orbitaría en torno a él”. “Pero no es que los agujeros negros sean peligrosos –continúa–. Si el Sol se convirtiera de golpe en un agujero negro su fuerza de gravedad sería la misma, y los planetas seguirían rotando a su alrededor sin enterarse. Ahora eso sí, ocuparía mucho menos espacio”.

El experimento LIGO es en la actualidad un éxito internacional dentro de la comunidad científica, pero en sus inicios despertó mucho escepticismo. “Hay que medir distancias con una precisión de milésimas de protón; necesitamos detectar diferencias de ese orden en cuatro kilómetros. El desafío tecnológico es enorme –apunta–. Yo pienso que en este momento a lo mejor no se aprobaría un proyecto como LIGO. Ahora hay que buscar mucho más la aplicación inmediata, no hay tanto anhelo de apostar por grandes réditos corriendo grandes riesgos”.

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