Haciendo alusión al título del libro de Viktor Frankl, “El hombre en busca de sentido”; me pregunto si es este el momento que vive España, una España que remonta la crisis con la misma precipitación que la de un estudiante que no lleva sus asignaturas al día. Pegándose el atracón en el último momento y buscando ese aprobado raspado, ignorando por su falta de experiencia, que aunque el examen no lo suspenda; será la sociedad quien lo haga si no cambia su estrategia de desarrollo…

Este es el momento que se vive en España relativo a la innovación: nos estamos dando un buen atracón, desde las instituciones públicas hasta las grandes corporaciones, pasando por los organismos científicos y académicos. Todos hemos sido cumplidores “asistiendo a clase”, “tomando apuntes”,…; pero no sé si todos hemos dedicado tiempo a interiorizar los contenidos que se nos han presentado, si hemos hecho una buena reflexión al respecto: en qué medida lo que me han enseñado contribuye a mi futuro y puede ayudarme a ser mejor.

No dudo en el talento o “predeterminismo genético” de España para la innovación. De hecho, creo que lo tiene y en dosis más que razonables. Nuestra comunidad científica y tecnológica es potente, 122.235 personas dedicadas a la investigación en el 2014, con una producción científica que equivale al 3,2% de la producción mundial, no está mal para nuestro tamaño poblacional. No puedo decir menos de nuestros profesionales, generamos propuestas de valor a la altura de las originadas en los llamados polos de innovación, como Israel o EEUU; especialmente en ciberseguridad, biotech o análisis matemático. Sin embargo, no terminamos por sistematizar nuestra capacidad innovadora. No hemos desarrollado la inteligencia operativa suficiente para construir sistemáticamente innovaciones, basadas en nuestro conocimiento o en el de otros, y que nos permitan sacar el máximo rendimiento de nuestro entorno. De hecho, nuestra transferencia científica / tecnológica es escasa en relación a la producción de su conocimiento equivalente: el número de spinoffs creadas en España en el 2014 fue de 134, escaso en comparación con Francia o Alemania que suelen superar el millar.

Dicho esto, está claro que un examen de innovación consta de dos partes, claramente diferentes, una es la teórica o de ideación (basada en el conocimiento) y la otra es la práctica o de conversión en valor (basada en el carácter emprendedor y el escalado comercial). Como nuestros graduados universitarios, las empresas e instituciones españolas sacamos con nota la teoría, pero solemos “pinchar” la práctica. En este sentido, perdonadme la expresión, todavía andamos a “cuatro patas” o como mucho “gateando”: no hemos liberado nuestras extremidades anteriores – las manos: recursos – para poner en práctica a través de ellas nuestro saber o dicho de otra manera: tenemos cabeza para innovar pero somos un tanto “manazas”.

Hoy, al igual que siempre, para empezar a dar sentido a lo que somos y hacemos, deberíamos tomar como estandarte en el curso de nuestra vida, la reflexión del autor que cité al principio, Viktor Frankl, y que inspiró uno de las citas más célebres de JF Kennedy y, a su vez a toda una gran nación: “Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos y después, enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros” (cambien “vida” por “innovación” y está todo dicho…).

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