Enrique Raviña, autor del libro ‘Las medicinas de la historia española en América’

“Los botánicos españoles entre los siglos XVI y XVIII llevaron a cabo una labor increíble”

Enrique Raviña, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela
Enrique Raviña, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela

El descubrimiento de América reveló a los científicos europeos una biodiversidad insospechada que en los siglos siguientes se iba a convertir en una formidable fuente de fármacos, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días. El papel que tuvieron los botánicos españoles y de otros países en la exploración de las nuevas tierras y el hallazgo de exóticas plantas y remedios es bastante desconocido. Sin embargo, Enrique Raviña, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela, ha decidido poner su grano de arena para solucionar este vacío publicando el libro ‘Las medicinas de la historia española en América’.

En general, la mayoría de estos remedios encontrados por los europeos en América “se han empleado como anestesia, pero también algunos como antimaláricos, especialmente hasta la II Guerra Mundial”, afirma Raviña en declaraciones a DiCYT.

Su obra se centra en las denominadas “drogas crudas”, es decir, sustancias naturales que se emplean como terapia sin pasar por ningún tipo de elaboración salvo la recolección y el secado. Por su importancia y sus aplicaciones destacan sobre todo tres, junto con innumerables derivados: la hoja de coca, empleada en anestesias locales; la corteza de quina, contra la malaria; y el veneno de las flechas llamado curare, en relajantes.

“Los indígenas usaban las flechas para la caza, a veces también para la guerra, y estaban impregnadas con una pasta venenosa realizada a partir de muchos extractos de plantas que variaba según los distintos lugares y tribus”, explica Raviña. Analizados sus principios activos y convertidos en medicina, se han transformado en relajantes musculares que en muchos casos se emplean como coadyuvantes en cirugías.

Al francés Charles-Marie de La Condamine le corresponde el honor de haber descrito la composición de ese veneno, el curare, y también el de haber determinado la especie de quino que contenía más quinina para utilizarla contra la malaria, el único remedio para esta enfermedad que se conoció durante dos siglos.

El catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela recoge en su libro el caso de muchos otros aventureros que se adentraron en tierras inexploradas en busca del conocimiento. “Es la historia heroica de botánicos españoles que llevaron a cabo exploraciones y probaron plantas entre los siglos XVI y XVIII llevando a cabo una labor increíble, con meticulosidad y descripciones pormenorizadas”, afirma.

Sin embargo, en su opinión, “ese trabajo no tuvo continuidad”. “El siglo XIX fue un desastre para España, perdió sus territorios, llegó tarde a la Revolución Industrial y dejó escapar la gran labor que habían realizado los botánicos”, comenta profesor. Con el desarrollo de la química orgánica serían los científicos de otros países quienes aislarían los principios activos, dando paso a la industria farmacéutica, que habría de desarrollarse sobre todo en Alemania. No obstante, como testimonio de la riqueza de la aportación española al conocimiento botánico, está el “impresionante” Real Jardín Botánico de Madrid.

Hoy en día, América sigue teniendo un enorme potencial para la farmacología, especialmente la Amazonía. “Muchos equipos científicos siguen explorando, estudiando la botánica y preguntándose si los nativos utilizan las plantas con alguna finalidad”, señala Raviña, describiendo lo que se conoce como etnobotánica. “En la actualidad, la Amazonía y el mar son los dos lugares que nos ofrecen un mayor campo de investigación en busca de nuevos compuestos”, agrega.

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